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La máquina de leer | 23/05/2021

Grandes ensayos bolivianos: “Bolivia: la revolución inconclusa” de James Malloy

Grandes ensayos bolivianos: “Bolivia: la revolución inconclusa” de James Malloy

Fernando Molina

“Bolivia: la revolución inconclusa”, de James Malloy, es casi la única obra dentro de los estudios bolivianos que cuenta con un enfoque estructural-funcionalista. Malloy teoriza uno de los principales procesos histórico-sociales del país, la Revolución Nacional, como un sistema de causas económicas y efectos sociales, de fuerzas que se movilizan o desmovilizan, y también define subsistemas de relaciones con lógicas propias, los cuales están mejor o peor integrados en el conjunto. Gracias a esta perspectiva, Malloy puede describir e interpretar la Revolución en términos de élites, sub-élites y contra-élites, de movilidad social, de situaciones prerrevolucionarias, revolucionarias e insurrecciones, etc. Es decir, puede escribir sobre la Revolución de una manera que es a la vez análoga y diferente que los numerosos análisis marxistas que existen sobre ella (los principales de los cuales pertenecen a un solo autor: René Zavaleta).

La tesis principal de Malloy es que la Revolución se originó en la descomposición de las élites de la Bolivia tradicional, que a su vez fue consecuencia, primero, del acelerado crecimiento de la economía en las primeras tres décadas del siglo XX y, luego, del parón de este crecimiento por la Gran Depresión y la Guerra del Chaco. El súbito empobrecimiento de una sociedad que comenzaba a acariciar más altos niveles de vida generó la fragmentación y finalmente la explosión del sistema de costumbres y valores que Bolivia había heredado del pasado.

Además de esta causa económica, Malloy menciona otras dos: la existencia de una “élite intransigente”, es decir, reacia a los cambios: la “rosca” minero-terrateniente, que no estaba dispuesta a perder sus bases de sustentación concediendo espacio a los grupos medios y bajos ascendentes. También identifica dos “aceleradores”, los cuales transformaron la situación prerrevolucionaria generada por la declinación de la minería del estaño en una situación revolucionaria: justamente, la Gran Depresión y la Guerra del Chaco.

“Bolivia: la revolución inconclusa” se investigó y escribió en los últimos años 60. No debe extrañarnos, entonces, que otro de sus puntos de vista sea el “desarrollismo”, la concepción sobre Latinoamérica que en esa época imperaba en esta región y en los Estados Unidos. En realidad, el objetivo de Malloy no es otro que echar luces al debate en torno a las pulsiones desarrollistas de los países que este académico denomina “en transición”, es decir, aquellos que no son ni avanzados ni totalmente atrasados, poseen muy intensas expectativas de progreso y pueden optar, o no, por usar la revolución como camino para llegar hacia donde esperan estar.

Las ventajas de la metodología de Malloy son manifiestas: la fuerza que emana de su libro proviene de las posibilidades que ofrece al lector de hacer inteligible y coherente una historia peculiarmente compleja y singular. Esto lo ha convertido en uno de los libros más importantes de la bibliografía sobre Bolivia. En esto también es análogo a las reconstrucciones marxistas, aunque no opere por medio de leyes económicas inexorables, sino de probabilidades y predisposiciones tanto económicas como políticas, aunque poniendo más peso en las tendencias económicas, igual que el marxismo.

Los defectos de la metodología de Malloy surgen del mismo lugar que sus virtudes. A veces su estructuralismo puede conducirlo a una visión determinista de los sucesos, como si, por ejemplo, la Revolución hubiera estado definida de una vez por todas cuando las tensiones y movimientos sistémicos se produjeron, en el momento en que las disfunciones económicas se sumaron a la decisión de la “élite del status quo” de no hacer cambios profundos, y también a la paulatina enajenación de la “sub-élite pequeño burguesa”, que fue abandonando su tradicional lealtad por la burguesía minero-terrateniente. Este tipo de reconstrucción solo funciona con tal sincronización y coherencia de manera retrospectiva, ya que la historia que se hace día a día depende mucho más de factores subjetivos e individuales.

Es cierto que Malloy habla de las alternativas hipotéticas que, en caso de ser tomadas, habrían conducido al país por la vía de la reforma y no de la revolución. Pero lo hace en los marcos de su esquema de explicación, que necesariamente es limitado, despojado, esencial, y por tanto no puede abarcar la complejidad del proceso revolucionario, que también respondió a factores culturales, étnico-raciales, ideológicos, etc. que Malloy no pretende introducir de manera detallada.

Lo que quiero decir es que ninguna revolución es inevitable en la práctica, pero un análisis de tipo estructuralista presenta el encadenamiento de sus causas de una manera tal, que la hace parece inevitable. Para librarse del determinismo habría que dar paso libre a la singularidad, al azar, a factores subjetivos como la inteligencia o la estupidez de los actores, lo cual no siempre es viable y, en todo caso, no tiene espacio en un ensayo de este tipo.

Otro rasgo de la metodología estructural-funcionalista es su carácter teleológico, es decir, el hecho de que introduzca un “para qué” al sistema, en este caso al sistema histórico. Como es típico en las ciencias sociales estadounidenses, el “para qué” de Malloy es la suspensión de las tensiones o disfunciones que se han creado en el sistema y la restauración del orden. Por eso, para él, si la Revolución de 1952 no había logrado salir de la economía de enclave y extractivista que frustraba a la nación y que la explicaba en primer lugar, entonces la revolución desarrollista debía continuar incluso después del proceso dirigido por el MNR, que se suele considerar terminado en 1964. Nuestro autor no parece creer en la posibilidad de un sistema inestable permanente o crónico. Parece albergar la esperanza de que algún momento la Revolución, continuando después de 1964, llegará a resolver el dilema socioeconómico que en primer lugar le dio origen, esto es, producirá el desarrollo. 

¿Tuvo razón Malloy al asignar este “para qué” desarrollista al devenir histórico de Bolivia? ¿Tuvo razón en considerar a la revolución desarrollista no solo inconclusa sino vigente incluso después de su caída formal en manos de lo que se llamó la “Contrarrevolución Restauradora? Es indudable que en los 70 años que nos separan de Abril el desarrollismo ha sido la ideología principal del país y, por tanto, el desarrollo, el gran objetivo nacional. Solo en los últimos años el puesto privilegiado de esta ideología ha sido cuestionado, aunque todavía de forma incipiente, por corrientes como el indianismo y el ambientalismo.

También es cierto que ha habido varios intentos de continuar la revolución hasta lograr sus objetivos primigenios. Los grupos socialistas pensaron que para lograrlo era necesaria una segunda etapa socialista; ellos también vieron a la Revolución Nacional como un proceso inconcluso, pero atribuyeron esta inconclusión a que la clase obrera no había podido llegar al poder. Intentaron un ataque socialista al Estado en 1969-1970, justo cuando se publicó el libro que estamos discutiendo, pero fueron aplastados por el ejército creado por la misma Revolución Nacional, con el apoyo de el núcleo del MNR. Quedó establecido así que la Revolución no iba a permitir pacíficamente una segunda etapa, un desborde por izquierda. Que, por tanto, se había creado una nueva élite del status quo, como la que había antes de Abril. Una élite sumamente fraccionada, como siempre han sido las élites bolivianas y que, como diría Zavaleta, por paradoja, había vuelto a mantener un dominio “señorial” sobre los grandes protagonistas de la Revolución, los obreros y los campesinos. El estudio de Malloy es clave para comprender la “paradoja señorial” de Zavaleta, pues asigna a la subélite blanca del país, las llamadas “clases medias”, un papel de una importancia que los marxistas generalmente se han negado a concederle. Este puesto de primera línea, junto con el necesario “blanqueamiento” de los sectores populares que la consumaron, explica el resultado paradójico de la Revolución.

En los años 80 y 90 pensamos –aunque quizá sea mejor que diga “pensé”– que los fenómenos revolucionarios se había disipado para siempre, gracias a una novedad política que Malloy, en el momento en que escribía, no tenía forma de prever: el afianzamiento de la democracia nacional y continental. Pensamos que la democracia habría de subsumir a la revolución y no que ocurriría lo contrario, es decir, lo profetizado por Malloy: que la revolución lo subsumiría todo y seguiría su marcha hasta que se resolviera definitivamente la contradicción fundamental (que en un momento especialmente simplificador él representa como el choque entre la necesidad de acumulación privada y la necesidad antagónica de consumo de las masas).

Desde la perspectiva actual podemos decir que él tenía más razón que nosotros. Los fenómenos revolucionarios volvieron en este siglo: nuevamente hubo situaciones prerrevolucionarias y revolucionarias, insurrecciones; un “movimiento popular nacional”, el MAS, que volvió a enarbolar el objetivo de la nacionalización de los distintos subsistemas bolivianos y que se desarrolló de acuerdo a la capacidad o incapacidad que tuvo en distintos momentos de constituir alianzas de clases; una “élite intransigente” neoliberal, una “contra-élite intransigente” reeleccionista, etc. Además, todos estos fenómenos estuvieron motorizados, en parte, por el choque entre la necesidad de acumulación privada y la necesidad antagónica de consumo de las masas.

Como profetizó Malloy, la Revolución Nacional continuó en marcha y terminó por alcanzarnos. Los bolivianos del último siglo hemos podido elegir estar en contra o a favor de la revolución, pero no hemos podido evitar estar en ella. 

¿Por qué ha ocurrido así ? ¿Por qué Bolivia tuvo una Revolución de las características que tuvo, a diferencia de la cubana que vendría muy poco después, y también a diferencia de los países que pese a tener problemas parecidos que ella –hablo por ejemplo de Guatemala o Ecuador– se quedaron sin revolución? ¿Por qué la nacionalización, la conquista nacionalista, sigue siendo el centro de la política boliviana en el siglo XXI, pese a que la separación entre el subsistema nacional versus el subsistema local se achicó gracias a las medidas de los gobiernos revolucionarios? ¿Qué tiene que ver en esto nuestra heterogeneidad étnico-racial? Y otra pregunta muy importante: ¿podrá la revolución (y la contrarrevolución) finalmente con la democracia o la democracia podrá al fin con la revolución (y la contrarrevolución)? ¿Desbordará las unas a la otra o viceversa? ¿O, en lugar de esto, como ha ocurrido en estas décadas, coexistirán democracia y revolución/contrarrevolución en un mezcla conflictiva y volátil? Estas son las grandes preguntas que deben responder las ciencias políticas y sociales bolivianas de hoy. Aunque yo personalmente discrepe de las respuestas economicistas que deberíamos esgrimir si intentáramos atenernos exclusivamente al esquema de “Bolivia: la revolución inconclusa”, considero que nadie que quiera pensar seriamente en esas preguntas, y por tanto en el devenir de la Bolivia contemporánea, puede prescindir de la gran obra de James Malloy.

*Periodista y escritor





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