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06/05/2021
El Compás

Ocho tesis sobre la reconfiguración del MAS (2019-2020)

Fernando Molina
Fernando Molina

1. Para entender la reconfiguración del Movimiento al Socialismo en el período que va de octubre-noviembre de 2019 a octubre-noviembre de 2020, debemos partir de una definición de este partido antes de este periodo. El MAS 1997-2019 era un partido que juntaba al redencionismo nacional-popular de los sindicatos campesinos con los residuos etapistas y foquistas de la disminuida izquierda tradicional boliviana (precaída del muro de Berlín), el indianismo culturalista de grupos de indígenas letrados y el posmarxismo y el neoprogresismo de ciertos grupos intelectuales de clase media.

Así constituyó, por primera vez, la unidad de la izquierda boliviana dentro de un movimiento político con una ideología que, aunque diversa, era hegemonizada por el proyecto nacional-popular: estatismo, redistribucionismo, uso del voto como método de transformación, desarrollismo, antiimperialismo light, etc.

En este conglomerado, la izquierda tradicional (soviética, castrista, nacionalista, etc.) ocupaba un papel subordinado aunque no insignificante. La línea ideológica y el estilo organizativo los marcaba un caudillo, Evo Morales, y su grupo de adláteres, el “entorno”, que repetía, operaba y ejecutaba las decisiones del jefe unificador. Si sumamos Evo a su entorno, obtenemos el “evismo”. El evismo era la dirección efectiva del MAS “ampliado”, es decir, como adición de los sindicatos (donde primaba una parte del entorno directamente ligada a Evo y su lucha sindical, como Leonilda Zurita, Hugo Salvatierra, Silvia Lazarte, etc.), los intelectuales urbanos (donde primaba el entorno vinculado al vicepresidente Álvaro García Linera) y los funcionarios gubernamentales (donde primaba la parte del entorno ocupada y disputada por los ministros y parlamentarios más destacados, Juan Ramón Quintana, Carlos Romero, Alfredo Rada, Gabriela Montaño, Susana Rivero, etc.).

2. Luego del derrocamiento del 10 de noviembre, el evismo quedó neutralizado por el exilio, la prisión, la persecución policial y el repudio de la población urbana acomodada. Por las razones antedichas y por su poca disposición a la lucha, la parte más campesina y sindical del entorno fue desplazada por nuevos dirigentes. La vieja guardia fogueada y formada en la lucha contra el neoliberalismo, en especial en cuanto a sus miembros de clase media, fue sacada de en medio por la acción combinada de los pititas y Arturo Murillo. Como resultado final, el MAS se quedó prácticamente sin dirección en Bolivia.

3. Este vacío de dirección efectiva fue llenado por dos grupos que dieron un paso adelante en condiciones de fuerte adversidad. Por un lado, una camada de dirigentes sindicales de segunda línea o recién llegados y de parlamentarios que no se habían destacado hasta entonces. A diferencia de los anteriores, muchos de estos dirigentes no se habían formado en la lucha contra el neoliberalismo, sino en los días mullidos y tentadores del ejercicio del poder, y tenían un estilo de pensar y actuar más parecido al de los “partidos tradicionales” contra los cuales el MAS se enfrentó a principios de siglo. Entre ellos se destacan Eva Copa, Sergio Choque, Segundina Flores, Rolando Cuellar, etc. En general, se los podría calificar como “oportunistas”.

Por el otro lado, el grupo conformado por los exfuncionarios de los gobiernos de Morales que habían ocupado la segunda y tercera líneas y que por eso no eran procesados ni habían tenido que escapar del país. Por ejemplo: María Nela Prada, Eduardo Del Castillo, Marcelo Montenegro, etc.

Cuando el MAS elige a sus candidatos a la presidencia y vicepresidencia, ambos grupos se hallan representados (o se alinean con cada uno de los miembros del binomio): la nueva burocracia plurinacional especialmente con Luis Arce, largos años ministro de Economía de Evo, y la nueva dirigencia oportunista de los campesinos especialmente con David Choquehuanca, líder aymara expulsado del entorno evista en 2017 por sus aspiraciones presidenciales.

4. Los dos grupos ascendentes coincidieron en su deseo y necesidad de bloquear el retorno del evismo a la dirección del partido y del gobierno, en caso de que el MAS ganara las elecciones. El discurso para posibilitarlo exaltó los valores de la “renovación” y la rotación, apreciados por los bolivianos de la ciudad, el primero, y del campo, el segundo. Los nuevos sindicatos masistas acordaron que el entorno no volvería a gobernar.

Choquehuanca, que había visto en el pasado cómo sus colaboradores y él mismo eran alejados del “instrumento político”, alimentó el rechazo interno al entorno, en particular contra la némesis del líder indígena, el exvicepresidente García Linera. Para los dirigentes oportunistas, el retorno del entorno era una puerta para que entraran al Estado cantidades de profesionales de la clase media blanca y ocuparan puestos que ellos ambicionaban. Además, hubiera sido un acto contrario a su concepción del servicio público como una oportunidad (de ahí el nombre que les hemos puesto) que debe compartirse por medio de una ciega rotación (que es la modernización adulterada de la tradición indígena de los cargos públicos rotativos). 

Para la burocracia plurinacional, que con el fin del entorno pasaba a la cabecera, también era una amenaza. Un hipotético retorno de sus antiguos jefes no le convenía. Estas pulsiones se enfocaron incidentalmente en el propio Evo Morales, pero pronto tuvieron que cejar en lo que a él respecta, pues la fuerza de este como caudillo unificador del MAS seguía –y sigue siendo– muy grande.

5. Al perder su dirección evista, el MAS pasó de una etapa posrevolucionaria, que había comenzado en 2014 con los acuerdos Evo-burguesía agroindustrial cruceña, a una etapa economicista (en el sentido de no política y no ideológica) y semioportunista. Tendríamos entonces la siguiente periodización:

Etapa formativa: 1997-2002.

Etapa pre-revolucionaria de masas: 2002-2006.

Etapa revolucionaria no hegemónica: 2006-2009.

Etapa revolucionaria hegemónica: 2009-2014.

Etapa posrevolucionaria: 2014-2020

Etapa economicista y semioportunista: 2020-…

6. En el gobierno de Luis Arce cohabitan los dirigentes sindicales oportunistas y la burocracia plurinacional. Ninguno de estos sectores, ni tampoco Arce o Choquehuanca, poseen las habilidades, motivaciones y apoyos necesarios para sustituir al evismo en la dirección del MAS, aunque probablemente Choquehuanca tenga esta aspiración.

Pese a ello, como ya hemos dicho, está en la lógica de la propia supervivencia de estos grupos impedir que el entorno retorne al gobierno. Al no ocupar el vacío de dirección en el MAS y “el proceso”, Arce consolida la inclinación economicista y semioportunista del movimiento y el gobierno en su conjunto.

El Presidente trata de compensar esto (la ausencia del evismo como dirección del partido) usando varios expedientes: a) repite medidas que fueron exitosas en el pasado (por ejemplo, el control de exportaciones), pese a la muy diferente situación que vivimos (en esto también tiene que ver su compromiso personal con el modelo económico vigente); b) mantiene su animadversión personal a la burguesía financiera y agroindustrial, ya exhibida cuando era ministro de Economía; y lo hace ahora sin el contrapeso de Evo y su instinto populista para establecer alianzas; c) despliega un discurso más ideológico, menos nacional-popular y más izquierdista (del siglo XX), recordando intensamente su pasado como militantes del PS-1 de Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Por eso se presenta esta paradoja: en ciertas áreas el actual gobierno aparece más a la izquierda que los de Evo (los empresarios deben acudir a éste para pedirle que modere a Arce), mientras que, en globo, se trata de un gobierno de índole burocrática –incluso tecnocrática– y semioportunista con muy pocas condiciones para abordar importantes transformaciones (por ejemplo, anunció la reforma de la justicia e inmediatamente se retractó).

7. El sistema de gobernanza del MAS siempre ha sido el personalista decisional o caudillista. Lo sigue siendo, pero en esta etapa, aunque Evo se mantiene como el caudillo principal, su poder ya no es indiscutido. Lo contestan los dirigentes “oportunistas”, los cuales también son contestatarios respecto al presidente Luis Arce (cf. el caso “soborno del Ministro de Desarrollo Rural” y la posición de los campesinos interculturales). De ahí que no sea Morales el que, con su idiosincrasia y sus decisiones, caracterice y defina esta etapa de la historia del MAS, sino la tendencia economicista y oportunista, como hemos señalado.=

Arce no es un caudillo natural, pero ocupa una investidura cargada de expectativas y mitología caudillistas, que lo ha convertido en un cacique fantasmal o en la sombra. Si su gestión es un éxito podría verse tentado a tratar de transformarla en algo más real. Choquehuanca, que en el pasado aspiró a ser el heredero o caudillo sustituto, actúa de forma demasiado contenida y lateral como para tener grandes chances de desbancar a Evo, pero sin duda ostenta, en la medida de sus posibilidades, un poder alternativo.

En suma, por primera vez en la historia, el liderazgo dentro del MAS no está concentrado exclusivamente en Morales. Hoy hay una mayor cantidad de figuras fuertes y algunas podrían complicar el monopolio político de este sobre su partido.

8. Más allá de cómo se definan, los acontecimientos que se produjeron en 2019-2020 fueron mayormente traumáticos para el MAS, partido derrocado del poder, perseguido judicial y policialmente, amenazado de proscripción, escarnecido por la población acomodada y educada del país y por los medios de comunicación. Este trauma fue especialmente fuerte para el evismo, que ejercía la dirección y la representación pública del MAS. Como resultado de ello, el evismo ha cambiado. Esto significa, en resumidas cuentas, que Evo Morales mismo ha cambiado (aunque el marginamiento de sus colaboradores del actual gobierno también puede estar cumpliendo un papel en este cambio).

Por supuesto, Evo no ha alterado sus rasgos esenciales: su voluntad de hierro, su enraizamiento en los sectores plebeyos, su intuición para leer en ellos, su entrega casi irracional a la política, su apetito insaciable de reconocimiento y figuración pública, su narcisismo y su intolerancia (que, entre otras cosas, le llevó a perder a Eva Copa, quizá porque la veía como una competidora, quizá porque la sentía poco digna de confianza).

Aparte de esto, Morales hoy se presenta menos como un líder nacional-popular boliviano que un líder del socialismo del siglo XXI. Un año de convivencia con la muy ideologizada izquierda argentina ha tenido su efecto. También ha tenido su efecto que la mayor parte de los Estados (entre ellos todos los europeos, inclusive la siempre importante España) hubieran reconocido la presidencia de Jeanine Añez. Y que Cuba y Venezuela hubieran respaldado al ex presidente con claridad en momentos muy difíciles.

Por otra parte, la necesidad de Evo de “ordenar” al partido, ya sea por buenas razones (la lucha contra el oportunismo) como por malas razones (evitar el surgimiento/crecimiento del choquehuanquismo y el arcismo), lo lleva a hablar de la adopción ciertos métodos burocráticos inéditos en su conducción del MAS. Ha organizado un congreso para el 3 de junio y, por primera vez en su biografía, está debatiendo cuestiones organizativas y estatutarias. (Falta ver en qué medida el citado congreso cambia las presentes tesis).

Hoy Evo aparece rodeado sobre todo de los miembros más radicales y/u ofendidos del evismo (Quintana, entre los primeros, y Romero, entre los segundos), en tanto que los más moderados salen como embajadores o se buscan la vida en el sector privado.

En suma, el MAS aparece escorado a la izquierda del siglo XXI y su gobierno a la izquierda del siglo XX, perdiendo ese equilibrio nacional-popular que le dio el éxito a este partido en numerosas ocasiones.

Fernando Molina es periodista y escritor.



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