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23/09/2022
El Compás

La lección que el FMI no puede aprender

Fernando Molina
Fernando Molina

El FMI ha hecho una serie de recomendaciones a Bolivia. Algunas lógicas y otras disparatadas. Es lógico pedir que se priorice la lucha contra la pobreza. Es razonable que se haga votos porque el país disminuya progresivamente sus gastos corrientes en una situación de déficit fiscal. En cambio, resulta un disparate que, para lograr eso, Bolivia tenga que eliminar el aguinaldo de los funcionarios (algo que no se hizo ni siquiera en el ajuste de los 80, tras una grave crisis) o, peor aún, levantar el subsidio de los carburantes.

A primera vista, estas sugerencias de política económica parecen un resultado de esa peculiar forma de ignorancia que es la especialización exagerada en una sola rama del conocimiento. Los técnicos del FMI, economistas embebidos en sus números, ignoran a tal punto las leyes de la política, que llegan a tener tales ocurrencias, de la misma estirpe que aquellas que constituyeron los “graves errores” efemeistas del pasado –como la imposición de la política cambiaria argentina en los 90–; errores de los que este organismo se autocriticó, pero por lo visto nunca tuvo verdadera intención de superar.

¿Cuál es esa ley de la política que los especialistas del FMI ignoran? En países como Bolivia, un alza de los precios de carburantes produce tal reacción popular que la continuidad del gobierno que la ejecuta se pone en verdadero riesgo. Así ha ocurrido en estos meses –parcialmente por mérito del FMI– en Ecuador, Perú y Panamá. Por supuesto, señores del FMI, un gobierno caído NO puede aplicar políticas económicas ni otras medidas cualesquiera. Tal es la muy contundente razón por la que los gobernantes de los tres países mencionados debieran echar vuelta atrás y suspender sus proyectos de “saneamiento de las cuentas públicas”. Lo mismo pasó en Bolivia en 2010, si el lector lo recuerda.

Entonces, ¿a qué santo el FMI pretende que el país se meta en esta trampa, la de tomar una medida solo para que esta no funcione y haya que suspenderla, y, pese a ello, finalmente se inflija desorganización de la economía y la política nacionales?

Dando una segunda mirada, uno se da cuenta de que la ignorancia del FMI no solo es política sino también cultural. Suponen sus técnicos, pensado en el asunto mientras se trasladan de Starbucks en Starbucks, que la forma de reaccionar de los bolivianos a un aumento de la gasolina será el mismo que el de los neoyorquinos o los bruselenses con los que conviven. Y no, no es así, no solo por las obvias diferencias en el nivel de ingresos, sino porque nosotros tenemos muy metida en el alma nuestra condición de productores de hidrocarburos. Mito o no, está ahí y, junto con otras creencias, tiene un efecto irresistible en las tendencias del comportamiento nacional.

Cuando hablo de “ignorancia” me refiero por supuesto a algo más que a la falta de información o de conocimiento. Se trata más bien de eso que Zavaleta llamaba “horizonte de visibilidad”. La visibilidad para un sujeto de las cosas en el mundo depende de la forma de su inserción en el mundo.

Se trata de un tipo de posicionamiento, de una perspectiva que impide -en realidad, para no ser determinista, complica- la compresión integral de lo que está en juego. Una perspectiva siempre agiganta algunas cosas y excluye otras. El horizonte de visibilidad del FMI es el de las élites globales. Perspectiva que no toma en cuenta las necesidades de los pobres y tampoco las del ambiente. Que incorpora un conjunto de “bloqueos cognitivos” que en el pasado se solían llamar “conciencia de clase”. Esto es lo que explica la persistencia en el error. Él se descubre en las trágicas consecuencias que una medida tiene en la sociedad, y entonces se admite, pero eso no implica alterar el horizonte de visibilidad de la institución, su tipo de inserción en el mundo.

Ahora bien, estos bloqueos se podrían superar por medio de la empatía, poderosa habilidad cuya adquisición, empero, no garantizan ni Yale ni Harvard.

Fernando Molina es periodista y escritor.



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