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Con la boca abierta | 16/02/2025

Luisa Nayar: Aprender de las abuelas y callar a los abuelos

Sonia Montaño Virreira
Sonia Montaño Virreira

La diputada Luisa Nayar ha sido violentamente descalificada por un viejito –es de mi edad– de nombre Luis Vásquez, asesor de otro adulto mayor candidato a presidente en las próximas elecciones. Ella ha dicho lo que cualquier demócrata debería saber, más aún si ostenta el título de abogado y constitucionalista: los precandidatos del “bloque de unidad”, dice la diputada por Santa Cruz, debieran primero inscribir la coalición, ponerse de acuerdo en el programa y luego inscribir la candidatura.

El señor estalló como un cascarrabias cualquiera acusándola de buscar “cuotas de poder”. Y es que el grupo de candidatos incluye a personajes que al igual que los masistas creen que la democracia se limita al voto. Se trata de llegar al poder a cualquier precio. Ya dije que Tuto Quiroga no ostenta suficientes credenciales democráticas, fue vicepresidente de un exdictador y nunca, pero nunca, buscó que se juzgaran los crímenes cometidos por Banzer. Si hubiera mostrado el mismo interés que tiene para sancionar a Maduro, otro dictador que sigue impune, una podría pensar que sus principios son eso: principios. Pero no. Lo mismo pienso del otro anciano que se ha ido a visitar a Bukele para conocer el “exitoso” esquema de represión del crimen, que en realidad debió condenar si quiere ser presidente. Ambos precandidatos han erosionado el bloque de unidad desde el primer día al punto que si se leen sus escuálidas propuestas, no sería raro que pacten con Chi.

Las mujeres y las feministas jugaron un papel importante en la recuperación y en la construcción de las instituciones democráticas. Se jugaron en las calles, las movilizaciones, el Parlamento, los sindicatos, pero luego quedaron fuera de los pactos. El MAS abrió las puertas del poder a las mujeres indígenas aymaras y quechuas, especialmente las cocaleras a las que se sumaron unas feministas que sucumbieron pronto a las formas y a las tentaciones del poder. Entraron a los partidos cuando su deterioro era muy grande, les ofrecieron prebendas y muchas cayeron junto con el Fondo Indígena. Otras, muchas más, se arrimaron a la nueva élite para recibir pedacitos de la torta y muchas más callaron o miraron a un costado.

Lo que sí sabemos es que las que llegaron al poder lo hicieron gracias a la palabra, la voz y la movilización de quienes creyeron en la igualdad antes que ellas. Algunas fueron malagradecidas como ocurrió con las masistas, especialmente las del período de Evo Morales, aunque también de Arce, que se destacaron por callar o ser cómplices de los atropellos a los derechos humanos, que usufructuaron de la corrupción, que desprestigiaron al feminismo y a las mujeres porque lograron ser igualmente corruptas e igualmente inútiles; las más inocentes miraron a un costado cuando sus amigas reían ante las coplas machistas o se ponían velo para saludar al presidente de Irán. Son responsables de la derrota que es la invisibilidad.

En ese contexto, el papel de parlamentarias como Luisa Nayar, Cecilia Requena, Toribia Lero, Andrea Barrientos y Luciana Campero debe reconocerse como un papel gigantesco. Ellas lograron brillar en una Asamblea. Pero la guinda de la derrota fue que a pesar de que esas mujeres constituyen el capital político de Comunidad Ciudadana, el día que se anunció el último esfuerzo por la unidad, ellas estaban en un segundo plano; y cuando hace unos días algunas convocaron a la sociedad civil para sumarse, lo hicieron sin reconocerse a sí mismas, mostrando cómo la invisibilización de los cuerpos y las mentes femeninas es parte de la cultura política.

Muchas dirán que lo importante es ver la propuesta, pero una que no incluya el reconocimiento a su aporte, que busque acabar con el abuso y la prepotencia de personas machistas como Vásquez me hace ser pesimista.

El contexto es tan difícil que el ricachón que chauchita encuestas incluye justo a quien ha convertido las luchas de las mujeres en un circo. Al feminismo boliviano que data de hace décadas tenemos que agradecerle haber logrado implantar ideas de igualdad, que haya ganado el derecho al voto y la educación, que se aprueben leyes contra la violencia, la paridad, la lucha contra el acoso político, el reconocimiento de los derechos reproductivos y muchas más.

A esas abuelas debemos agradecerles que hoy las jóvenes tengan más libertad que sus abuelas, pero que quienes las antecedieron se enamoraron muy rápido del machismo de sus jefes, cerrando la boca a cambio de un lugar de confort. De las abuelas aprendimos a negociar, a ser rebeldes y a hacer callar a los abuelos que no cambian.



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