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15/06/2024
Cartuchos de Harina

Seguimos en la justicia del inca

Gonzalo Mendieta Romero
Gonzalo Mendieta Romero

El libro La justicia del inca de Tristán Marof cumple 100 años este 2024. Fue concluido en la comuna francesa de San Juan de Luz, cerca de España. Marof se fue a Europa en 1921 como cónsul de Bautista Saavedra en El Havre. En su Historia de mis libros, Marof cuenta que el belga Víctor Orban (homónimo del actual primer ministro húngaro) lo alentó y publicó ese libro que el autor tenía guardado.

Parafraseando a H.C.F. Mansilla, en ese texto Marof es voz fidedigna –y pionera–  de los prejuicios políticos o del sentido común de gran parte de la población. El ideario expreso o tácito prevaleciente en Bolivia hace cerca de un siglo está allí, casi sin excepciones. Y no es solo su famosa consigna: “tierras al pueblo, minas al Estado”. La justicia del inca fue un manifiesto radical que acabó por ser predominante.

Ya en la dedicatoria a su hijo Tupaj Valentín se hallan rastros de nuestro presente. Como el Mallku, pero en tiempos del pongueaje, Marof profesa admiración milenarista por Tupaj (Katari), “que impasible sufriste el bárbaro castigo del conquistador cuando te arrastraban en la cola de un potro furioso; (…) tu raza se alzará de las ruinas y volverá a saciarse de sol y de abundancia”.

La reglamentación estatal absoluta, como en el incario, es para él garantía de pan y porvenir. No había crimen entonces, añora Marof. Y en un paralelo al arielismo, apunta que, si en Europa todo ocurre en siglos “porque es el continente de los egoísmos”, en nuestra América la impaciencia gana porque somos audaces, valientes y desinteresados.

Renovando el anhelo de una identidad nacional propia, Marof critica querer hacer de este país de indios un pueblo europeo y se estrella contra el falso liberalismo: “una ideología abstracta e inútil”. La libertad está bien para naciones débiles y desorganizadas; en su nombre se asesina a razas indefensas y se hacen guerras feroces. La libertad es un privilegio “de escogidos, de capitalistas, de aprovechadores…”.

Como católico cultural, pero sin saberlo, el capitalismo le indigna: es fruto de un individualismo atroz y desenfrenado. Como el Che, Marof no cree en estímulos económicos, sino en premios morales a los trabajadores, que gozan de laborar en grupo. A contrapelo de Daniel Sánchez Bustamante y su “interesar al yanqui y (…) enseguida atraer al europeo” (1919), para Marof el capitalismo solo nos dejará atados de pies y manos a los gringos. Progresar con capital extranjero nos haría perder nuestra independencia. Los foráneos nos impondrían su voluntad: “no necesitamos de yanquis para transformarnos”.

Por eso hay que nacionalizar las minas, el petróleo y los ferrocarriles. Los déficits del Estado provocarán la revolución. Las minas serán el capital del desarrollo boliviano. El Estado comercializará minerales con agentes en las principales ciudades de Europa y Estados Unidos. Ese Estado propietario del capital se librará de la corrupción aplicando “las más fuertes penas” (como en la Ley Marcelo Quiroga).

Consonante con el saavedrismo que lo hizo cónsul, para Marof Chile es un país prusiano, militarista y conservador, alerta a las riquezas vecinas. Su existencia es un atentado a la paz americana, pero una revolución comunista podría cambiar a Chile.

Marof se aparta del sentido común mayoritario en su estima por los expresidentes Tomás Frías, Narciso Campero y Aniceto Arce. Pero vuelve rápidamente, al opinar de Alcides Arguedas. Lo sindica por pesimista, triste, hosco, mudo en el Parlamento, tímido hasta la prudencia: “su manía es la decencia. La sombra que no lo deja dormir, la plebe”.

Marof aboga con visión por caminos que integren el país, para aprovechar el agro oriental y vencer regionalismos. También descubre agudamente varios de nuestros atavismos políticos: llamar a la “reconciliación nacional” o aprobar una nueva Constitución. Para gobernar Bolivia, Cristo debería rodearse de esbirros y decretar estados de sitio perpetuos, añade. Y como los candidatos a outsiders de hoy, aspira la derrota del “político profesional”.

Mi duda es si la influencia ideológica de La justicia del inca celebra un siglo o solo sus primeros cien años.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.




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