Después del éxito de su novela El mago del Kremlin, el politólogo italiano Giuliano da Empoli ha publicado el libro que lleva el título de esta columna. Es un texto inquietante. Podría ser distópico, pero es sobre el presente del globo. Y en esta nuestra remota provincia ese es un factible porvenir.
La feligresía modernizante no puede más del éxtasis por la IA, pero Da Empoli muestra cómo las clases bajas están ya a merced de las órdenes y evaluaciones dictadas por la tecnología. Las aplicaciones definen cuánto cobra el chofer de Uber o si el motociclista de entrega rápida cumple su tarea, según la calificación inapelable de un algoritmo. La vida de las clases altas está, mientras, llena de cuidados personales de las empresas de servicios. Los de abajo simplemente acatan. Intente usted una queja contra una línea aérea de bajo costo.
Los políticos tradicionales se congracian con los señores de la tecnología para contar con algún proyecto cibernético que pueda esperanzar a los votantes y a sus hijos. Los tecnofeudales descreen de las reglas locales y apenas tienen paciencia con las autoridades. Cuando esos señores del futuro se contrarían, pierden sus mendrugos tecnológicos las poblaciones sin importancia.
La aplicación Waze de Google indica súbitamente que la vía principal de un pequeño pueblo francés ahorra minutos a miles de urbanitas en automóviles. La localidad se torna invivible por el tráfico. El alcalde de esa aldea francesa no puede acudir a Google porque es apenas una dirección en internet, pero recurre a la prensa. La empresa tecnológica detecta allí un riesgo reputacional. Un pelotón de sus funcionarios desembarca y visita el pueblo; ensaya un protocolo minimalista de atención de reclamos. Oye al edil y a los vecinos. Luego, los de Google parten de regreso, pero nada se resuelve, nunca.
Aunque bajo el riesgo de terminar como humillados suplicantes, los tecnofeudales congenian, en cambio, con los nuevos César Borgia. Estos tampoco se atienen a la timidez de los vacilantes políticos convencionales.
Sin conocer a Carl Schmitt, pero en un eco de sus tesis, los nuevos Borgia corroboran que todo postulado político deriva en el fondo de uno teológico. Los Borgia están cómodos al intervenir en la política al modo de Dios. La religión admite milagros y las decisiones de estos nuevos soberanos se les parecen. Por fuera de los cánones del Estado moderno, Trump anuncia una tercera presidencia o se estornuda en los tratados que impedirían el alza unilateral de aranceles. Bukele opera un milagro personal en la seguridad de su país.
El régimen constitucional refleja el deísmo de sus autores, como los padres fundadores de Estados Unidos. Para el deísmo, Dios no interviene en el mundo una vez que lo ha creado. Sobre ese modelo, del monarca soberano pasamos en Occidente a los gobernantes atados por instituciones y reglas; limitados por los derechos de los otrora súbditos, al menos en teoría. Pero el gobernante borgiano no es más ese remedo deísta: para desplazar a los migrantes de Estados Unidos o controlar las maras en San Salvador, pone las normas en suspenso. Estos nuevos soberanos actúan en la sociedad con la audacia de sus “milagros”.
Uno de esos césares es el príncipe saudí Mohammed bin Salmán (MBS en la abreviación anglo). Es un mes y medio mayor que nuestro vicepresidente Edmand Lara, nacido en 1985. Arabia Saudita nunca fue una democracia, pero ahora tiene visos de estado policíaco. Por ejemplo, en 2017, príncipes y multimillonarios fueron citados por teléfono al hotel Ritz Carlton de Riad, la capital saudí. No sospecharon nada, pero el hotel sería su cárcel. No pudieron abandonarlo en tanto sostenían, con sus captores oficiales, “amistosos” diálogos sobre sus trampas y pecados.
El Gobierno saudí finalmente los persuadió: recobraron su libertad a cambio de devolver millones de dólares e inclinarse ante MBS. Cesar Borgia retornó, con turbante. Igual puede hacerlo con el atuendo de un empresario joven -Bukele- o de un caudillo emocional.
Es como para parafrasear a ese gran pesimista, Joseph de Maistre: estos no son meros acontecimientos. Estamos errados: se trata de una época.
Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
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