30/04/2020
Al Contrario

La quimera del Estado laico

Robert Brockmann S.
Robert Brockmann S.

En la película “Contacto” (1997), la astrofísica Eleanor “Ellie” Arroway, interpretada por Jodie Foster, es candidata a astronauta en una nave espacial diseñada por una civilización alienígena con destino desconocido pero prometedor. Una comisión compuesta por toda la diversidad de la ONU le toma examen para verificar su idoneidad como representante de la humanidad ante un eventual contacto con una civilización en otra galaxia. Ella, mujer, científica, culta, altísimamente calificada. Cumple con todos los requisitos. No podía haber mejor candidata. Hasta que llega la pregunta: “Dra. Calloway, ¿es Ud. una persona creyente?” A lo que ella, dudando por un segundo, responde: “Me considero una persona moral”. Murmullos y movimientos incómodos del jurado. Luego de deliberar lo que pareció una eternidad, el comité emite su fallo: Debido a que el 95% de la humanidad profesa alguna clase de creencia religiosa, el tribunal decide que la persona que represente a la Tierra en esa travesía, debe ser una persona creyente. Y Calloway debe ver cómo otra persona, menos calificada, pero creyente, es elegida para “su” viaje. La película luego va por otros lados, pero ese es lo relevante para los efectos que hoy me interesan.

La presidenta Añez hizo en esta semana un llamado al ayuno y la oración ante el escenario de la pandemia del coronavirus y todas sus ramificaciones, que no necesitamos detallar. Más aun, aviones de la Fuerza Aérea sobrevolarán las principales ciudades rociando agua bendita sobre sus moradores, creyentes o no.

Hubo dos reacciones ante los anuncios: por una parte, gran parte de la población que, al menos en redes sociales, dio su esperanzada aprobación. Se diría que una mayoría significativa. Y en la otra esquina, aquellos ateos, agnósticos, deístas, escépticos –como yo, deísta– que pataleamos por la vigencia del precepto constitucional que declara a Bolivia un Estado laico.

La presidenta Añez es una persona creyente y, lejos de ocultar su adscripción religiosa, o la falta de ella, como hacían antes El Innombrable y su Número Dos, esos fariseos, ella lo proclama a los cuatro vientos y, es más, reintrodujo la Biblia al Palacio de Gobierno, para protesta de los laicistas.

Porque si hay un pasaje de la Biblia que marca una diferencia civilizacional entre el cristianismo y el islam u otras religiones que propugnan la teocracia, es aquel en el que, al ser consultado si era lícito para los judíos tributar al César, Jesús responde: "Dad pues a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios". Esta maravillosa declaración está en tres de los cuatro Evangelios: Lucas (20,20-26), Marcos (12,13-17) y Mateo (22,15-22) y es el principio según el cual, en el cristianismo, desde el Renacimiento, los Estados han quedado separados de la religión para bien de la humanidad.

Bien, la Constitución de 2009 declara al Estado laico, es decir, separado de cualquier iglesia, en contraste con la vieja Constitución, en la que el Estado profesaba la religión católica. Pero, ¿qué significa en la práctica que el Estado sea laico, en una sociedad cuya inmensa mayoría practica alguna creencia religiosa? Significa, ni más ni menos, lo mismo que esos carteles en las principales avenidas de las ciudades que dicen “Velocidad máxima, 10 km/h”. O sea, no significa nada.

Así, los Ellies Arroways de la sociedad boliviana, entre ellos incluso creyentes, pero partidarios de la separación de la religión y el Estado, somos una minoría insignificante que pide el cumplimiento de una ley que la inmensa mayoría, incluida la presidenta, están dispuestos a ignorar. ¿Es un dilema, es realpolitik? ¿Qué es?

Robert Brockmann es historiador.