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Ortodoxias y heterodoxias | 04/04/2025

El hombre arancel

Juan Antonio Morales
Juan Antonio Morales

El presidente Donald Trump se califica a sí mismo como “tariff man” (hombre arancel) y añade que arancel es la palabra más bella del diccionario. En lo que él llama grandilocuentemente “Día de la Liberación” ha anunciado aranceles que varían entre 10% y 54%, con la amenaza de que pueden aumentar más.

Los aranceles (impuestos a las importaciones) son instrumentos típicos de comercio exterior y todo parece indicar que es la finalidad última que tiene Trump, preocupado como está por el alto déficit comercial de su país (importaciones mucho mayores que las exportaciones de bienes). Ricardo Hausmann en Project Syndicate (25|03|25) hace notar que si bien hay un alto déficit en el comercio internacional de bienes, el superávit en la balanza de servicios y las inversiones, más que lo compensan. Trump emplea aranceles también para objetivos políticos y policiales, como combatir el tráfico de fentanilo o la inmigración ilegal.

La fijación de aranceles por el gobierno norteamericano es muy errática. La incertidumbre resultante está preocupando sobremanera a los mercados financieros, que están experimentando desplomes sustanciales. Existe además el temor de que la imposición de altos aranceles cause inflación. En sí mismos los aranceles pueden hacer dar un salto a los precios, pero la continuidad de su subida, que sería la verdadera inflación, dependerá de los efectos de segunda vuelta, en el sentido de que los fijadores de precios y, sobre todo, los sindicatos obreros aumenten sus pretensiones salariales. Si hubiese presiones inflacionarias el Banco Federal de Reserva reaccionaría aumentando su tasa de interés, la tasa de fondos federales. A esta reacción del Banco Federal es que los mercados financieros le tienen mucho temor. El presidente Trump que no se queda en chiquitas ejercerá una máxima presión sobre el Banco y sus autoridades para que no lo hagan, lo que podría empeorar la situación.

Estados Unidos se ha financiado tradicionalmente con los ingresos de capital provenientes de los países con balanza comercial superavitaria. Los dólares que reciben los superavitarios los invierten en bonos del Tesoro norteamericano y en bonos y acciones de empresas con buena calificación crediticia. Todo hacía suponer, hasta hace algunas semanas, que las barreras arancelarias harían subir el dólar con relación a las monedas de los socios comerciales. Por razones todavía no aclaradas, si algo ha pasado ha sido una depreciación del dólar, bienvenida por otra parte por las autoridades económicas de EEUU, que quieren un tipo de cambio más competitivo.

Los defensores de la política de altos aranceles que está aplicando el presidente Trump arguyen que ella ya comenzó con el presidente Biden, que los fijó para el comercio con China, y que no pasó nada malo en la economía. Es cierto que la fuerte expansión de las exportaciones chinas de automóviles eléctricos y de paneles solares ha estado creando preocupación, no sólo en EEUU sino también en la Unión Europea. El argumente sería de que el gobierno chino subsidia fuertemente a su producción y, por ende, a sus exportaciones. Si fuera el caso, que no está enteramente comprobado, se lo debiera tratar en la Organización Mundial del Comercio y no con aranceles de represalia.

Los altos aranceles eran típicos de los países en desarrollo hasta fines de la década de los 70. Se pensaba que la industrialización vendría detrás de las barreras arancelarias, lo que sucedió en muy pocos países. En los años 60, los Chicago boys chilenos instrumentaron aranceles chatos y uniformes para ganar eficiencia. La mayoría de los países de América Latina replicaron esta política.

La segunda globalización, que ocurrió después de los años 50 del siglo pasado, se produjo por una caída de barreras naturales, con la fuerte reducción de los costos de transporte gracias a la rebaja de barraras artificiales tales como aranceles y otros impedimentos administrativos al comercio exterior, así como por mayores movimientos de capitales. Globalización es una mala palabra para el presidente Trump. Prefiere aplicar políticas ineficientes, que hacen perder las ganancias del comercio exterior.



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