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18/09/2023
Desde mi barbecho

El delito del litio

Alfonso Cortez
Alfonso Cortez

A través de la Fundación Gabo pude obtener el libro Crónicas del litio: Sudamérica en disputa por el futuro de la energía global (2022), del periodista e investigador argentino Ernesto Picco. Este esforzado trabajo es fruto del Taller de Libros Periodísticos y fue escrito bajo la tutela de Martín Caparrós.

Picco escribe una larga crónica de todo el periplo que hace por el “triángulo del litio” (Argentina, Chile y Bolivia). El libro versa sobre el litio, pero, ante todo, muestra el contexto y las personas cuyas vidas son o han sido afectadas, de alguna manera, por lo que está ocurriendo con este recurso natural. Es un libro sobre la gente, las comunidades que defienden sus territorios frente a los intereses corporativos; sobre empresas extranjeras dispuestas a invertir y ganar cifras millonarias; sobre gobernantes que imaginan la posibilidad de cambiar el lugar que ocupan sus países en el mapa del poder mundial.

Es innegable que algo está pasando en los salares sudamericanos (52 en total, con el 80% de las reservas mundiales de litio: Uyuni, Atacama, Coipasa, Salar del Hombre Muerto, entre otros). Todos los días, en un enorme desierto, se evaporan millones de litros de agua para extraer litio, un mineral que se volvió objeto de disputa global. A diferencia del oro, que lo imaginamos en lingotes, joyas o monedas; o la plata, usada para fines industriales: armas, circuitos, compuestos para medicina y fotografía; o el cobre, en cables, alambres o monedas; el litio no se ve, porque se extrae en extrañas plantas futuristas perdidas en el desierto, muy lejos del ojo público. Sin embargo, está ahí, en la salmuera depositada bajo la superficie de los grandes salares, movilizando millones de dólares, euros y yenes entre países centrales y periféricos.

Este recurso natural –el más liviano de los metales–, gracias a la alta conductividad y capacidad de almacenamiento, es un componente esencial de diversos dispositivos electrónicos: baterías de celulares, tabletas o computadoras portátiles. El litio es un elemento clave para la transformación de la matriz energética, que ya está en marcha en el mundo, porque se usa en las baterías que almacenan la energía de paneles solares y molinos eólicos. Y, el mercado más grande e importante, las baterías de los autos eléctricos que, a mediados de este siglo, deberían reemplazar a los vehículos con combustibles fósiles.

Es una paradoja que la demanda de este mineral sea gatillada por un fin ecológico y de descarbonización. La industria del litio es todo menos sustentable, verde o ecológica. Para extraer el mineral se absorben miles de millones de litros de agua subterránea que luego se evaporan al sol en gigantescas piscinas, dejando a disposición los minerales que venían en la corriente. Luego, se separa el litio a través de otros procesos industriales. En definitiva, es una minería del agua, con nocivos efectos ambientales: aumenta la salinidad, modificando la biodiversidad (habrá menos flamencos, entre otras especies); las lagunas disminuirán sus volúmenes, con el peligro de agotar cuencas; la extracción de aguas subterráneas puede secar vegas y pastizales, obligando a los pobladores y animales a desplazarse.

Para dejar de contaminar el ambiente de las grandes ciudades del Norte, se sacrifican los lejanos ecosistemas del Sur: su fauna, su agua, el modo de vida de la gente. El costo ambiental de explotar litio en salares es altísimo. Los inmensos estanques de evaporación, que se pueden ver desde el espacio, son escenarios de extinción e impotencia. Habrá que reconocer que —en el caso boliviano—, las resistencias populares potosinas han sido menos en nombre de la defensa ambiental, que de una mayor participación en el negocio, a través de las regalías. La promesa de un futuro más verde y limpio no es para todos.

Si no nos conviene ver el daño ecológico y solo queremos aprovechar esta ventana de oportunidad, el gran tema a resolver es la cadena de valor, para “no vender cuero, sino zapatos”, como decía Belgrano. Una de las expertas, citadas en el libro, lo resume así: “Exportar litio como carbonato no es relevante. Si uno considera que el valor del carbonato de litio es uno, la manufactura de componentes de batería multiplica ese valor por cuatro. Las celdas lo multiplican por catorce. Ensamblajes por veinte. E integración en la batería para automóvil lo multiplica por cien”. Ese es el desafío.



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