La paradoja es brutal en Bolivia, un país con marcos legales avanzados como la Constitución laica y leyes contra la violencia de género (243 y 348). Candidatos como Chi Hyun Chung, con procesos judiciales (2003-2018) por deudas salariales, negligencia y calumnia, proponen un capitalismo cristiano excluyente que vincula desarrollo económico con estereotipos de género y valores religiosos. Su discurso, que califica a las madres solteras como “anormales”, incurre en violencia psicológica, mediática y simbólica (Ley 348), según denuncian organizaciones como CAMEBOL y como lo hizo en años anteriores la Defensoría del Pueblo.
Las entidades estatales, con su silencio, podrían convertirse en cómplices de discursos discriminatorios. Bolivia, pese a conquistar leyes históricas, enfrenta un sistema partidario árido y patriarcal que normaliza la impunidad de figuras como Chi, cuya candidatura viola incluso el artículo 167 de la Constitución al nacer en Corea del Sur. La esperanza radica en que la crisis del Tribunal Electoral no repita los errores del pasado, aprovechando vacíos legales y polarización social para frenar retrocesos en derechos humanos.
Ojalá la escena política de este periodo electoral dejase brillar la fuerza arrolladora de mujeres como Judyth Rivero Burgos, presidenta de la Confederación Nacional de Mujeres Indígenas de Bolivia (CNAMIB), quien lidera la resistencia contra megaproyectos hidroeléctricos que amenazan a más de 40 comunidades indígenas y campesinas en la Amazonia y tierras bajas. Una lucha que no solo defiende territorios, sino que cuestiona un modelo extractivista que sacrifica vida por ganancia, como lo refleja el medio digital La Región.
Como ella, Ruth Alipaz Cuqui, quien a los 12 años dejó su comunidad en San José de Uchupiamona (La Paz) buscando oportunidades, hoy encabeza, cuatro décadas después, la defensa de la Amazonia frente a empresas y gobiernos que ven bosques como mercancía. Su historia es la de extraordinarias mujeres indígenas: desplazadas por necesidad, transformadas en guardianas de su territorio por convicción.
En Santa Cruz, desde Yumao, una de las zonas más olvidadas de Tatarenda, surge la voz de Ely Zarate. Dirigente guaraní que participó en 2018 en un encuentro internacional de comunidades afectadas por represas y hoy, como asambleísta del Gobierno Autónomo Indígena Kereimba Iyaambae, construye la segunda Autonomía Indígena de la Nación Guaraní. Su lucha no es solo local, es un faro potente de autodeterminación en un país que insiste en la centralidad patriarcal del poder.
A sus 72 años, Felicia Barrientos, la “Capitana Grande” del Territorio Autónomo Guaraní Charagua Iyambae, que junto a su hermano Bonifacio Barrientos y otros líderes consagraron su vida para preservar no solo su territorio, sino sus cosmovisiones y su historia. Su liderazgo no es un título, es el legado tejido con la resistencia de un pueblo, de su hogar, que se niega a desaparecer.
Y en la Tierra Comunitaria de Origen - TCO Mosetén, Wilma Mendoza, quien a los 27 años asumió sus primeros cargos rompiendo estereotipos machistas, libra una batalla doble: contra el extractivismo que devora su territorio y contra el patriarcado que silencia a las mujeres indígenas. Heredera de la lucha de su padre (dirigente por tres décadas), Wilma no solo protege conquistas ancestrales: abre caminos para que más mujeres lideren sin pedir permiso.
Y claro, figuras como Eva Copa, la alcaldesa de la ciudad de El Alto, cuya proyección nacional es saboteada por excorreligionarios, ejemplifican cómo el sistema traga y escupe a mujeres que osan pensar o actuar fuera del guion impuesto; así como su antecesora Soledad Chapetón, otra mujer alteña, que paradójicamente también sufrió los embates del equipo de su sucesora.
Además, están las mujeres de la Asamblea Legislativa, como las mujeres de Comunidad Ciudadana, que demostraron que, incluso en un partido marcado por la inoperancia, el liderazgo femenino brilla por mérito propio. Cecilia Requena se plantó contra la minería que devasta áreas protegidas; Luisa Nayar, Andrea Barrientos o Luciana Campero, que desde sus diferentes trincheras defendieron derechos indígenas en medio de la desidia estatal.
Pero sus esfuerzos chocan contra un sistema que premia la ineptitud y castiga la coherencia, pero que venturosamente no ha podido frenar a otra notable figura como la de Toribia Lero Quispe, que ha venido impulsando la resistencia territorial indígena, con más de tres décadas defendiendo derechos colectivos, desde asesorar al CONAMAQ exigiendo autonomías territoriales y justicia intercultural, la reconstitución de territorios ancestrales y la denuncia de extractivismos que amenazan la Amazonía, como el TIPNIS.
Y en ese panorama, al margen de toda la parafernalia del sistema político tradicional, irrumpe con fuerza la figura subversiva de María Galindo, quien desde sus barricadas cotidianas y Radio Deseo desestabiliza el lodazal de la política partidaria. Con una escoba bajo el brazo -símbolo de limpieza ante la corrupción-, expone la ineptitud de funcionarios públicos, desnudando su mediocridad gestora y colocándolos en el banquillo de los acusados. María no pide permiso, actúa desde afuera del sistema fangoso, desafiando el patriarcado y el colonialismo con acciones radicales que van desde la redacción de una Constitución Feminista hace más de una década, con la propuesta que exige disolver ejércitos y partidos políticos, hasta protestas callejeras que claman contra la violencia machista. Potencia que reside en fusionar descolonización y despatriarcalización, usando el arte callejero, la radio autogestionaria-feminista y la escritura como armas para visibilizar opresiones y desmantelar estructuras de poder.
Ojalá el panorama político partidario estuviese liderado por mujeres de esa talla, comprometidas no con el poder, sino con la defensa de la vida y los territorios. Mujeres cuyas historias y luchas encarnan una fuerza colectiva global que protege los bienes naturales del planeta y se planta como primera trinchera contra la minería predatoria, el narcotráfico, la tala ilegal y otras amenazas. Ellas no esperan permisos: construyen futuro desde la resistencia.
Ojalá estas mujeres
figuren en las candidaturas y no sujetos de baja talla o chatura política que
lo único que le añaden a la democracia son discursos divisivos, odio y
polarización.
Patricia Flores Palacios es magíster en ciencias sociales y feminista queer.