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03/07/2021
Cartuchos de Harina

Bolivianos entre los Corleone y Los Payas

Gonzalo Mendieta Romero
Gonzalo Mendieta Romero

Brújula Digital|03|07|21|

Hace unos años, el abogado Jhasmani Torrico exhibía en su oficina las fotos de Vito y Michael Corleone, al lado de la del Tony Montana de Cara Cortada. Puesto que hasta Obama ama El Padrino, esas fotos podían indicar apenas el colmo de un cinéfilo semiletrado. Torrico no se limitaba, empero, a coleccionar fotos en vez de estampillas. Se especializó en una rama más bien heterodoxa, por ahora, del derecho (digo “por ahora”, por el distópico y tal vez profético lema de Tony Montana: “El mundo es tuyo”). En esa rama se apalea y electrocuta para “ejecutar” mejor a los deudores de los clientes.

Esas fotos de los Corleone como íconos fueron la versión negra de una película rosa de Tom Hanks (You’ve got Mail) de hace unos veinte años. Allí, el galán sostiene con chispa que El Padrino es el I Ching, la Suma Teológica, pero su código moral de fondo no es tan apacible. En esa película las secuelas son tiernas, pero no lo son las del Jhasmani, extasiado por los frutos de la moral Corleone al igual que algunos políticos.

Y ya no hablo de los que fusionan sin matices o filtros a Maquiavelo con Juego de Tronos. Es difícil poetizar el futuro con esas creencias. Leo Strauss anotaba ya en el siglo XX que el pensamiento estuvo tan confundido por esoterismos ideológicos y sensibilidades de dudosa sofisticación, que ni pudo diagnosticar las tiranías al verlas. Y ojo que aludía a Stalin y Hitler, no a nuestros generales o civiles en su laberinto que, en perspectiva, dan hasta para la mofa.

No nos dividimos pues ya entre creyentes y no creyentes, sino por creencias así, de cuyos efectos nos desentendemos. Nos sirve de coartada la ingenua idea de que el libre comercio de ideas promoverá un debate racional. Y que de él saldrán libradas las mejores ideas, alumbrando derechos y libertades. Dudarlo es arriesgarse a ser un “reaccionario”.

Pero el distopismo queda en parte corroborado por esos credos en boga, nietos del cine, a la vez que por el esnobismo intelectual y su desdén por la ética sencilla. Claro que es engañoso oponer a los valores de Cara Cortada los de un romantizado pueblo. Lo más probable es que ni el cosmopolitismo ni el futuro sean tan distópicos, ni el localismo o el pasado, ideales. Acaso simplemente precisemos reaprender qué deberíamos apreciar más.

Por ejemplo, en el más valioso ciclo de la televisión nacional de la última década, BTV Culturas entrevistó a varios músicos, entre ellos a Rolando Encinas, director de Música de Maestros e ilustre quenista. Sus premisas éticas no son de Netflix. La obra de Rolando habla por él, pues si no hasta dudaría de sus virtudes como propias de cuentos infantiles o de leyendas pías.

Encinas enseña para que aprendan los adoradores del éxito o la superioridad moral. Él repite, casi inaudible: “no somos de los que traen sus cosas para mostrar. No estamos para figurar, hacemos un trabajo silencioso”. Y lo prueba: recuperó en Argentina las partituras de Simeón Roncal, enterradas en las discográficas en que nuestros músicos grababan cuecas y bailecitos.

Sus mentores y modelos son el Cavour que le regaló su primera quena, la Chela Urquidi del ballet, el barítono Gastón Paz que lo becó en el conservatorio. También el padre Sabini, director de la banda del Don Bosco de La Paz o el padre Ariano, que lo llevaba a tocar quena para los presos de San Pedro.

Y justo cuando me embelesaba la historia de Encinas, me detecté un sospechoso anhelo de buscar santos en el presente. Me vacuné de ese apetito al oír a Encinas en esa bella tuntuna de Los Payas, que sonaba harto en mi infancia: “Sale el sol, siguen chupando; sale la luna siguen chupando; qué será de estos borrachos, tan queridos en todas partes.” Esa letra no es precisamente altruista; sublimarla se acercaría al personaje de Tom Hanks que descafeína el saber de El Padrino.

No obstante, tal vez la inocencia de Los Payas o la humildad de Rolando Encinas sean el modelo de una clave humana menos insegura y, por eso, menos necesitada de los arquetipos de rapacidad de los Corleone. Y mientras lo voy rumiando, silbo esa macanuda tuntuna de Los Payas, hasta que salga el sol.

*Abogado y analista 



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