19/10/2018
El Compás

“No hay motivo para renunciar” y otras perlas de Rodríguez Veltzé

Fernando Molina
Fernando Molina
Fernando Molina
En 2005, cuando Eduardo Rodríguez Veltzé era presidente contingente del país y todos teníamos de él una buena impresión, tuve la oportunidad de cubrir como periodista la denuncia del entonces diputado Evo Morales sobre la entrega de 22 misiles tierra-aire bolivianos, donados por China, a Estados Unidos, para su destrucción. La reacción de Rodríguez ante la denuncia fue contundente: “Los misiles no se han entregado”, dijo, mientras su Ministro de Defensa y pariente explicaba que estas armas eran viejas y se habían tornado peligrosas, por lo que debieron ser desactivadas.

Inmediatamente después se filtró un informe de los militares que habían llevado estos misiles a un hangar operado por la embajada de EEUU, desde donde habían salido del país. Esto significaba dos cosas: que el Ministro de Defensa falseaba la información y, además, que el Presidente había mentido al país. Así nos pareció entonces en la redacción del semanario Pulso y así lo dijimos.

Pese a las múltiples pruebas de que Rodríguez había mentido y tratado de engañar sobre este asunto, el país quiso perdonarlo. Su imagen de apuesto y bien estudiando funcionario internacional impuso su carga seductora sobre las clases ilustradas. Rodríguez abandonó el cargo sin desprestigio social, pero enemistado con el MAS, que inició una investigación que debía incluirlo en un juicio de responsabilidades por lo ocurrido.

Durante los años siguientes, Rodríguez obtuvo un refugio en una universidad privada, desde donde operó intensamente para reconciliarse con el MAS y librarse de esa acusación, lo que finalmente logró. Sus halagos al gobierno y su utilidad política para este, como expresidente y líder de las clases medias, lo libraron del juicio que en cambio encontró culpables a las autoridades de Defensa de su gobierno.

Lo curioso de esta salida fue que si bien aliviaba a Rodríguez de sus culpas, al mismo tiempo suponía que éste había ignorado la decisión más importante que se había tomado durante su gobierno, supuestamente a sus espaldas. Entonces, si no se había subordinado a Estados Unidos, de todas formas había sido un Presidente traicionado y tonto, ya que ulteriormente no había hecho nada contra los subordinados que supuestamente lo habían engañado.

En mi opinión Rodríguez no tiene un pelo de tonto, pero sí la desfachatez de no hacerse cargo de sus propios actos para no tener que verse con las consecuencias de los mismos.

Esta opinión ha quedado plenamente confirmada ahora, luego del terrible fracaso en la demanda de La Haya, en la que el expresidente dirigió el equipo jurídico y diplomático boliviano. Él era, por decirlo así, el general a cargo de esta “guerra” que perdimos estrepitosamente.

Podía esperarse y desearse que lo reconociera y que, en consecuencia, renunciara a su cargo, dejando que fuera el presidente Evo Morales quien lo ratificara o no en su puesto en La Haya para dirigir la próxima batalla, que es la demanda chilena por el Silala. En lugar de esto, Rodríguez ha insultado la inteligencia de los bolivianos que, sin embargo, siguen siendo muy tolerantes con él, al sumarse a la estrategia comunicacional oficialista que busca mostrar el fiasco como una insospechada “victoria” boliviana, confundiendo a los incautos. Dijo que no veía ningún motivo para renunciar. La peor derrota diplomática frente a Chile desde 1904, al parecer, no es suficiente motivo.

Mostrando su talante y sus mañas, en su comparecencia ante los medios, Rodríguez levantó una sola vez la voz: para rechazar airadamente la declaración del expresidente chileno Frei sobre la necesidad de contar con un Presidente diferente a Evo en Bolivia. Al parecer, lo único que saca de quicio al agente en La Haya son las afrentas a nuestro Presidente.

Es el mismo hombre que el pasado 28 de noviembre, cuando el Tribunal Constitucional falló por suspender las cláusulas que prohíben la reelección de Morales, tuiteó un galimatías redactado exprofeso para que el gobierno lo entendiera como un respaldo y el público, como una crítica. Un verdadero prócer de la “pega”, en un país lleno de estos prohombres.

Fernando Molina es periodista.



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