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23/06/2021
Vuelta

Nos quedamos sin izquierda

Hernán Terrazas E.
Hernán Terrazas E.

Brújula Digital|23|06|21|

Hubo un tiempo en que la izquierda era una esperanza genuinamente democrática y hubo también liderazgos que permitían pensar en la construcción de proyectos políticos amplios y abiertos a la necesidad de repensar su rol, en momentos en que los referentes tradicionales de ese extremo político se hacían pedazos.

El Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, por ejemplo, inspiró a toda una generación. Fue un partido que representó a la mayoría de los jóvenes bolivianos precisamente cuando recién comenzaban a familiarizarse con el vocabulario democrático, cuando la palabra voto todavía no tenía un sentido claro, ni se establecía como una posibilidad el que cada uno pudiera ser protagonista de las decisiones que afectaban a todos.

En ese aprendizaje/enseñanza participaron también líderes como Marcelo Quiroga Santa Cruz, a quien se deben los primeros ejemplos de lo que significaba la palabra en acción. Histórico defensor de los recursos naturales e intelectual de cepa, Quiroga Santa Cruz fue parte de esa emocionante aurora de la democracia en la que había más razones para la esperanza, que acumulación de historia para el desaliento.

Eran tiempos de reivindicación democrática de los héroes. Se hablaba del Che, claro, de Inti Peredo y su inmolación urbana, y de otros que habían participado en movimientos armados a fines de la década de los  sesenta y principios de los setenta, cuando la torpeza de la “derecha” no le daba para pensar en que era posible vivir en un país donde se podía pensar diferente y la democracia se abría paso “a tiros”.

Y estaban los sindicatos, bajo intimidación permanente, pero vigentes en el espacio de su reivindicación sectorial, en lucha quizá no por recuperar un orden constitucional que ellos tampoco habían conocido, sino por hacer respetar el derecho de poder plantear sus demandas sin exponerse a la represión reiterada y a la persecución.

Entonces las universidades eran el espacio de discusión y de propuesta no solo de las formas de lucha, sino sobre todo de los temas alrededor de los cuales debía construirse lo que hoy podría llamarse la “narrativa” de la transición de la dictadura a la democracia, las nuevas palabras que revolucionaron el lenguaje político: derechos humanos, participación, voto, partido político, militancia, libertad, inclusión, entre otras.

Bolivia era un reflejo de lo que ocurría en la región y el mundo. La recuperación de la democracia fue un proceso que tomó largos años. Y no fue propiamente una recuperación, porque el orden constitucional prácticamente había estado ausente durante gran parte del siglo XX. Así que lo que ocurrió en esa primavera de 1982 fue un gran salto político hacia un nuevo tipo de convivencia, sin imposiciones y con orientación hacia los acuerdos y los pactos.

La izquierda de entonces jugó un papel determinante. La conformación de la Unidad Democrática y Popular (UDP), que agrupó a partidos históricos, como el MNRI, que a su vez era una desmembración ideológica del MNR, el Partido Comunista Boliviano (PCB) y el MIR, permitió abrir, por primera vez, una canal de participación democrática para organizaciones políticas que habían buscado el poder por otras vías.

Agobiado por presiones sociales contenidas por años y por el crítico camino hacia un irreversible cambio del modelo económico, el gobierno de don Hernán Siles Zuazo, sin embargo, priorizó la tolerancia, el respeto a las diferencias y, a riesgo de ser estigmatizado como un ejecutivo débil, tomó la decisión de garantizar la vigencia irrestricta de las libertades en un escenario de dificultades multiplicadas.

La historia, al cabo, recordará a Siles Zuazo como el líder idóneo para un período complejo, como un hombre de  consensos  y el principal promotor de una nueva cultura de paz y diálogo que parecía haber arrinconado por buen tiempo al autoritarismo.

La izquierda resignó el poder en aras de encontrar una salida a la más profunda crisis económica que vivió el país, después de haber abierto el espacio democrático para la gran catarsis social post dictaduras. Tal vez fue una derrota temporal de las banderas del progresismo y acaso una frustración para la generación que empujó las transformaciones de fines de los setentas, pero sin duda se trató de un extraordinario avance en términos de la consolidación de las nuevas instituciones.

El gobierno del MIR, entre 1989 y 1993, fue resultado de una alianza política inédita entre una de las organizaciones más representativas de la izquierda y Acción Democrática Nacionalista, el partido creado por el ex dictador, Hugo Banzer, que resumía el pensamiento y posición de una derecha que había dejado de lado los complejos y que ratificaba con su presencia en el espacio de la democracia su decisión de convertirse en protagonista de las definiciones políticas.

La gestión de Jaime Paz Zamora (1989-1993) impulsó la continuidad del proceso de redefinición del rol del Estado, consolidó la estabilidad económica recuperada luego de los años de la hiperinflación, puso a Bolivia nuevamente en el mapa de las relaciones internacionales y generó las condiciones para las radicales reformas que vendrían después en el segundo gobierno democrático del MNR, con Gonzalo Sánchez de Lozada a la cabeza.

Primero el MIR y más tarde el Movimiento Bolivia Libre, que fue parte del gobierno del MNR,  fueron los partidos que contribuyeron a generar los equilibrios y a dar un contenido social al vendaval de cambios que experimentaba el país al influjo del predominio doctrinal de lo que se conoció como el neoliberalismo.

La izquierda representada por el MIR, el Partido Socialista 1, el Movimiento Bolivia Libre y otras organizaciones menores, fue clave para recuperar la institucionalidad, asegurar acuerdos que garantizaron la gobernabilidad en los primeros, difíciles años, de la democracia y perfilar el rumbo de eso que se podría llamar la Bolivia moderna. Fue su último, trascendental aporte, antes de la llegada de las primeras turbulencias del populismo autoritario.

Hasta fines del siglo pasado, uno de los méritos de la clase política y de las elites en general en el país, fue haber respetado las reglas del juego. Que hubieran atendido o no las demandas sociales, que hubieran descifrado la naturaleza del malestar acumulado en dos décadas, es un debate relevante y es muy posible que haya más culpas que aciertos, pero es indiscutible que nadie trabajó para  dividir, confrontar y  polarizar como estrategia para llegar al poder, y que nadie osó, nunca, destruir la democracia para prevalecer.

38 años después de haber establecido la democracia, de haber cambiado el lenguaje de la política, de haber aprendido el abecedario del respeto a la pluralidad,  vivimos el tiempo del regreso a los días oscuros de la intolerancia y una vez más, como hace medio siglo, el vocabulario vuelve a incorporar las palabras malditas: persecución, censura, exilio, abuso, atropello, terrorismo judicial y otros términos semejantes que han puesto a Bolivia en el radar de la vergüenza.

Nos quedamos sin izquierda responsable, tolerante, democrática y ante todo respetuosa de los derechos humanos y ahora vivimos las consecuencias trágicas de esa falta. Es casi como volver a empezar y esperemos que pronto aparezca la generación que tome nuevamente la posta de la causa de la libertad.

*Es periodista y analista




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