Vivimos una coyuntura política compleja y difícil predecir lo que acontecerá en adelante. En lo concerniente al proceso electoral, es inadmisible que los protagonistas políticos contestatarios al MAS focalicen su actuación tomando como referente exclusivo las elecciones, cuando ni siquiera existe la certeza de que estas se realizarán y si se llegan a materializar, preocupa que los “opositores” permitan se soslaye la importancia y necesidad de que previamente se sanee el padrón y que se subsane la injusticia de otorgarle a las zonas rurales una representación congresal injusta y mañosamente sobredimensionada, en desmedro de una masiva representación democrática urbana.
La carrera electoral está caracterizada por un exacerbado protagonismo personal de lideres que exponen un doble discurso, porque por un lado hablan de unidad para lograr simpatía en la ciudadanía y por el otro, dan rienda suelta a su egolatría y en actitud mesiánica exponen su figura en el escaparate, como los únicos salvadores de la patria mirando despectivamente a sus eventuales aliados que conforman el denominado frente unitario.
En la otra orilla, con parecidas señales de mediocridad humana, los que gobiernan este país desde enero de 2006, se involucraron en una guerra interna disputándose no sólo el liderazgo en el partido, sino fundamentalmente los espacios e instrumentos que otorga el poder y que permite acumular el patrimonio hasta la cuarta generación, pese a la cuantiosa fortuna que obtuvieron dolosamente hasta ahora, parece que fue insuficiente. Están confrontados en este sector, exclusivamente por lo material. Evo y sus adláteres quieren seguir siendo ciudadanos de primera, con privilegios solventados con recursos de los bolivianos y, los que actualmente gobiernan no quieren perder similares condiciones. El control de las rutas del narcotráfico es vital para sus objetivos. En sus confrontaciones públicas no hay debate ideológico, aunque en el MAS eso nunca existió, por tanto, son las acusaciones mutuas de corrupción y otras miserias las que caracteriza su brutal enfrentamiento.
En ese escenario de distorsión absoluta del sentido altruista y bioético que debe tener la política, Bolivia cada vez más se hunde en el plano económico e institucional, encabezamos las listas de países más corruptos, más pobres, de menos atracción turística, pese a tener mucho que mostrar. La ausencia de lideres patriotas que decidan hacer a un lado su aspiración personal y su egolatría en función del interés de todos los bolivianos constituye, una de las causas del problema.
Vivimos un momento histórico crucial y se requiere asimilar en su verdadera dimensión el problema, no es que las cartas estén mal distribuidas, necesitamos cambiar la baraja y desechar viejos referentes ideológicos que en este siglo XXI quedaron obsoletos. Por ejemplo, la dicotomía Izquierda vs. Derecha ya no tiene sentido. Hoy es fundamental interpelar todo régimen autoritario y dictatorial mediante alternativas democráticas.
Entonces es importante generar las condiciones políticas para lograr este objetivo, si la vía exclusiva para alcanzar desarrollo es a través de un régimen democrático, la responsabilidad recae en quienes creemos en este sistema, toda vez que, las dictaduras de Venezuela, Nicaragua o Cuba demostraron que su modelo sólo genera miseria y vulneración sistemática de derechos humanos. Bajo ese contexto es imperativo entender que no es suficiente ganar en las próximas elecciones, ese es el primer paso. Necesitamos reconstruir el país, es una tarea que nos impone la coyuntura histórica. Ello implica tareas imprescindibles proyectadas por etapas: 1º Conformar un frente unitario subordinando lo personal al objetivo grande, sin doble discurso, 2º. Desplazar al MAS por la vía electoral instalando un gobierno verazmente democrático con una representación parlamentaria de similares convicciones. 3º Iniciar un serio proceso de saneamiento del sistema judicial y el Ministerio Público que viabilice por primera vez la independencia de estas instituciones. 4º. Desburocratizar la administración pública. 5º. Compatibilizar el protagonismo del Estado y la iniciativa privada. 6º. Sanear la Policía y las Fuerzas Armadas, hoy entidades corruptas y clientelares de los gobiernos.
Esas y otras tareas trascendentales, sólo podrán implementarse cuando los que hoy dicen interpelar al actual régimen, se desprendan de su ambición individual de llegar al poder en desmedro de un serio proyecto unitario. Es ahora, no tendremos otra oportunidad.
Waldo Albarracín es abogado, fue presidente de la APDHB, Defensor del Pueblo y rector de la UMSA.