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26/04/2022
De media cancha

La valentía de Marco Aramayo

Diego Ayo
Diego Ayo

¿Por qué no volví a hablar de él, Marcos Aramayo, el director del Fondo Indígena? No lo sé. Quizás por cobardía ante la persecución que el gobierno de Evo Morales hizo al breve ensayo que escribí La verdad sobre el Fondo Indígena. Recuerdo a quien se convertiría en la directora del Fondo Indígena, la señora Larisa Fuentes, asegurándome, con tierna y morbosa candidez, una visita por tiempo indefinido a San Pedro o Chonchocoro: “ahí debería estar usted señor Ayo”.

Me invitó como quien invita a bailar a su pareja en la fiesta de promoción de la hija bachiller: con la dulzura apacible con la que hablan los intrépidos sabiéndose protegidos por el poder de turno. Vaya, pues, antimaternal promesa de una mujer, encubridora de la más pérfida corrupción que tuvo lugar durante el oscuro evismo. ¿Extraño? Por supuesto que no. Son protagonistas privilegiados de una historia de la decencia contada al revés. Nemesia Achacollo, ex directora del Fondo Indígena, encarcelada por corrupción, debe estar durmiendo en una cama acolchada en algún rincón de Santa Cruz: libre, mientras el señor Aramayo acaba de fallecer. 

Sucedió lo propio con el señor José María Bakovic, el ex director del Servicio Nacional de Caminos, quien murió acorralado por más de un par de centenas de juicios en su contra, gracias a la colaboración eficiente de Patricia Ballivián, quien fue largamente mimada por su jefe y amigo, “don José María”. La contrató como su asesora principal y la damita, con una prolija indecencia, se trepó a los brazos de su nuevo mentor, el vicepresidente Álvaro García Linera, y acusó al ex director de cuanto el ingenio más venenoso pueda inventar.

El ejemplo más prominente de este tipo de sordideces es Jeanine Áñez. El narciso compulsivo, don Evo Morales, decidió re-postularse por cuarta vez haciendo oídos sordos a la Constitución que él mismo promulgó en 2009. Fue derrotado en la votación por un país, o una porción inmensa de éste, que se lanzó a las calles a defender su derecho a remover al engreído postulante sumergido patéticamente en la trampa más grosera: el fraude electoral. Hoy mismo, en abril de 2022, al menos 2/3 de la población boliviana cree que lo ocurrido no fue golpe, fue fraude. Lo sabe el presidente Luis Arce, quien lo confesó en algún programa radial: “hubo fraude”. Después se envolvió en esa palabreja, “golpe”, ridiculizando su presencia anegada chaplinescamente de ese vocablo. Jamás le escuché algo medianamente ético. Tan sólo esta vulgar mentira repetida hasta el hartazgo. ¿Resultado? El mentiroso, el mitómano de serie televisiva, está libre. Repitamos una y mil veces: si el señor admitía su derrota en aquel glorioso 21 de febrero de 2016 y convocaba a elecciones presidenciales para 2019 deseando la mejor de las suertes al “pueblo boliviano” sin inmiscuirse una vez más, por cuarta vez en la elección presidencial, nadie hubiese resultado muerto. ¿Senkata y Sacaba? No hubieran existido como episodio de tragedia. Repito: Evo Morales es el único culpable.

En un fantástico documental sobre Indonesia llamado “El acto de matar”, quienes hablan no son las víctimas del golpe de Estado perpetrado en las masacres de 1965 a 1966. No, quienes hablan son los asesinos. ¿Cómo puede ser que los criminales acabaran monopolizando la palabra solazándose con tanta desfachatez? Simple: vencieron. Los crímenes en este país en el tiempo descrito se desataron contra el Partido Comunista. Los ejecutores fueron mafiosos contratados por el Partido Islamista Ulama, encargado de hacer desaparecer de la faz de la tierra a los opositores. Tumbaron a Sukarno y subió Suharto y… ¡los maleantes homicidas fueron premiados! Sí, con cargos, embajadas, emolumentos privados y, vaya conclusión, la libertad de narrar sus “travesuras” frente a las cámaras 50 años más tarde. ¿Por qué hago recuerdo de un suceso tan lejano en el tiempo y de nuestras fronteras? Por la similitud: quienes detentan el poder político pueden matar y son premiados. Ese es el “costo” de la victoria política. Quiénes son derrotados deben pagar ese costo. Es el caso de Jeanine apresada gracias a las triquiñuelas ilegales y sucias de Iván Lima, un matón con cartón de abogado y el de Evo Morales, un personaje de miedo: por su impostura, su mediocridad, su ambición desmedida y, sobre todo, por el fraude cometido. Afortunadamente la gente lo reconoce. Militantes de su partido lo saben. Debería estar preso. No lo está.

Todo se invierte. Ahí estamos. Y en ese “ahí estamos” algunos van muriendo, con una enorme dignidad un tanto próxima a la estupidez. Se lo dije a Aramayo con absoluta convicción: “Marco, declarate culpable. Dale, dejate de cosas, tienes familia, ya todos sabemos que eres un hombre decente. ¡Di que tienen razón y sal libre!”. Se lo dije en noviembre de 2016. Se lo supliqué en lo poco que lo conocía. “No Diego”, me dijo, “jamás voy a negociar mi honra. Eso no tiene precio. Soy inocente y no se van a salir con su gusto permitiendo que me auto-humille”.

Salí de su celda y se me escaparon algunas lágrimas. Sentí esa misma emoción al escuchar al señor Bakovic, en un avión a Cochabamba: “yo hice lo que debía hacer”. Hoy siento lo propio por Jeanine quien jamás titubeó ante la verdad: “Evo Morales hizo fraude”. No defiendo su gestión. Por supuesto que no lo hago, como tampoco sé con certeza los detalles poco visibles de Aramayo o Bakovic. ¿Importan? Sí, pero no restan un ápice a su inmensa valentía. No en vano, debo confesarlo, he aprendido a admirarlos profundamente.

Diego Ayo es cientista político.



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