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Quien calla, otorga | 30/08/2025

Huele a cadáver

Alfonso Gumucio Dagron
Alfonso Gumucio Dagron

Huele a cadáver, pero no está muerto. Quiero escribir “está muerto y no lo sabe” —una frase muy repetida para aludir a quienes ya colmaron su tiempo— pero no es prudente cantar victoria cuando la consigna del cacique del Chapare, ha logrado el porcentaje nada despreciable de 19% votos nulos en la primera vuelta, a lo que hay que restarle el promedio de 4% a 5% de votos nulos en elecciones precedentes. Entonces, obtuvo entre 14% y 15% de votos de sus seguidores más fieles, muy lejos del 53.6% que los ciudadanos logramos en 2017 para rechazar la elección judicial manipulada por el MAS.

Aquellos políticos que han usado y abusado del poder de manera autoritaria y absolutista, creyéndose monarcas nombrados por divinidades, suelen terminar en una caída vertical al olvido, en el mejor de los casos, mientras otros terminan decapitados, ahorcados o desterrados. Esto podría sucederle a nuestro reyezuelo local, el que gobernó más tiempo en toda la historia republicana de Bolivia, creyó que era intocable y actuó como señor feudal, con derecho de pernada y disponiendo a su guisa de recursos y vasallos.

“Si Evo no está en la papeleta, no habrá elecciones” hizo decir a sus portavoces. Jamás se había esgrimido de manera tan abierta y violenta un chantaje al proceso electoral. La desesperación del megalómano refugiado en la tierra de nadie del Chapare, se tradujo en acciones desesperadas que lo aislaron más. Al final no pasó nada grave y las elecciones del 17 de agosto transcurrieron bien, sin violencia.

El voto nulo (sin el descuento del 4%) fue mayor en Cochabamba (33%), su zona de influencia, y en Potosí (25%) donde lo apoyan grupos armados belicosos, pero menos notorio en los demás departamentos: Chuquisaca (19%), La Paz (18%), Oruro (18%), Pando (14%), Santa Cruz (13%) y Beni (11%).

Morales es hoy por hoy un fantasma que se refugia en el Chapare como araña fumigada, pero todavía hace berrinches y da manotazos de ahogado. Aunque ya huele a cadáver, todavía vocifera desde su madriguera, como una fiera herida gravemente, cuyo cuerpo está parcialmente gangrenado. Su círculo más cercano se ha apartado, ya no lo visita en la zona roja de Bolivia con la frecuencia de antes. Muchos están resentidos porque hasta hace pocos meses le creyeron cuando decía que tenía un “as” escondido en la manga y que el retorno al poder —del que abusaron durante veinte años—era posible. Poco a poco desaparecieron por arte de magia Juan “Camión” Quintana, Roberto Aguilar, Teresa Morales, “Tractor” Salvatierra, “Miss Molotov” Alanoca, el chascoso Chávez, el ojoso Romero, y otros dirigentes de rostro inconfundible. Ahora, en las fotos sólo aparece detrás de Evo un decorado de caras desconocidas, una pantalla de figuras mudas.

Para aferrarse a los titulares, el cacique persiste en disparar cañonazos verbales con la misma boca de escopeta, y cada vez que lo hace el culatazo le rompe la clavícula. Abre la boca y siempre dice alguna sandez que podría añadirse a la agotada edición del libro sobre sus “dichos y hechos”, que a estas alturas tendría varios tomos. ¿Puede alguien ser tan necio como para quemarse cada vez que abre la bocaza? Cada domingo predica en el micrófono de su radio privada, Kausachum Coca (creada y sostenida con dinero del erario, es decir del contribuyente), y ahí nos damos cuenta hasta qué punto no es consciente de su incontinencia verbal.

En los tuits o trinos se nota menos, porque no los escribe él sino su equipo de “guerreros digitales” pagados para simular que son frases de un estadista, y no de un hualaycho resentido, que se queja todo el tiempo y atribuye su desgracia al “racismo y discriminación”, y no a sus enormes limitaciones personales. Y cuando digo, generosamente, “limitaciones”, no me refiero sólo a su incapacidad de articular ideas con un mínimo de coherencia, sino también a su naturaleza como ser humano sin valores: violento, abusivo, violador de menores, chantajista, manipulador y mentiroso consuetudinario.

Sus fallidas “marchas del millón” hacia La Paz se convirtieron en chistes malos: se suponía que era el número de personas que iba a reunir, pero terminó siendo lo que gastó para reunir a muchas menos. En la marcha del viernes 16 de mayo no logró sumar ni 150 mil seguidores (con estipendios de 100 Bs o 200 Bs por día), y tampoco apareció esa vez, ni siquiera en una foto generada con inteligencia artificial. Sus seguidores proclamaron que la marcha conseguiría inscribirlo como candidato (sin sigla y sin legalidad), y que era una medida “pacífica hasta las últimas consecuencias” (contundente oxímoron), pero al cabo de unas horas no pasó nada. Apenas bajó la temperatura (ambiental, no política), los marchistas decidieron oportunamente “replegarse” y convocar a un “encuentro nacional” en Lauca Ñ, ese lugar de extraño nombre donde se esconde el mero-mero cacique rodeado de vallas de madera y carpas de incondicionales que pernoctan a sus pies.

Cada ultimátum es grandilocuente pero los resultados son risibles, como en las tres marchas anteriores, que fueron también un rotundo fracaso político por sus exigencias delirantes: renuncia del presidente Arce, de varios ministros, de vocales del TSE y del TCP, habilitación electoral de Morales, etc. Las amenazas explotan como cartuchos de harina, muestras de impotencia acumulada que luego quedan en nada, una y otra vez. A mediados de mayo proclamaban (sin noción de aritmética elemental) que hubo “más de 3.6 millones” de personas en la marcha hacia La Paz, es decir, la población entera de La Paz, El Alto y Santa Cruz, o la mitad de todo el padrón electoral de Bolivia. Hasta para mentir son torpes. Un estudio realizado mediante fotografías satelitales con la herramienta MapCheking, demostró que hubo 148 mil marchistas, según reportaron Bolivia Verifica y Chequea Bolivia. La seriedad que caracteriza a esas instituciones verificadoras está fuera de duda.  

Los marchistas portaban máscaras de Evo Morales, porque se suponía que detrás de una de esas estaba el “verdadero”, el genuino, el único e insustituible cacique chapareño. Mientras los guerreros digitales tuiteaban en su nombre, el abogado evista Marcelo Galván aseguraba que su líder había marchado hasta La Paz, pero resguardado por “un cuerpo diplomático”. Sospecho que si hubiese llegado de verdad a la ciudad, ese “puerco” diplomático tendría procedencia venezolana. Poco cuerpo para que se esconda el —cada vez más gordito— adicto a las quinceañeras. Se me ocurre que los dirigentes que hablan en nombre de su jefe no tienen una idea clara de lo que significa “cuerpo diplomático”.

Seis semanas antes, el 1 de abril (casualmente es el “Día Internacional de las Bromas”, como aquí el 28 de diciembre), tuvo lugar un hecho significativo: en el congreso de refundación (o refundición) del masismo en Villa Tunari (portal de ingreso a la zona de seguridad), la “comisión orgánica” decidió crear la nueva agrupación política “Evo Pueblo”, pero como se les ocurrió dar el paso fuera de los plazos legales (o lo hicieron a propósito), el jefazo acabó incendiando su castillo de palabras y cerrando las salidas de emergencia. En realidad, no estaban seguros de conseguir suficientes firmas para habilitarse como nuevo partido político (algo que Eva Copa y Manfred Reyes Villa lograron en menos tiempo que un suspiro).

Como dato gracioso, los colores de la nueva bandera partidista de Evo son azul y verde sobre fondo blanco, “representando los principios y valores del proceso de cambio” según una publicación en las redes virtuales. Quizás el verde es la selección nacional de fútbol, deporte que practica Evo Morales a rodillazos, y el azul, el mar perdido por su incapacidad y altanería. El blanco: el estado actual de su mente.

La megalomanía enfermiza de Morales lo lleva a fundar un nuevo partido político con su nombre, algo inédito aquí y en la cochinchina, que quedará como un mal chiste en la historia. Morales ya es símbolo de cuchufletas que le han costado caro al país, que no producen risa a pesar de la infinidad de memes que circulan como reacción a sus trinos y declaraciones estruendosas.

El evismo ha muerto pero el masismo vive. Las bases del MAS, la deforme masa masista, sobrevivirá todavía como sobrevivió durante años la base social del MNR, haciendo pactos de oportunidad y acomodándose como sea en los nuevos esquemas de poder. La fidelidad rural suele ser persistente, aunque ahora las noticias llegan más rápido y ya no es posible pecar de ingenuidad ni sentirse aislados. Esa base masista que estima que ser contrabandista, narco o dedicarse a otras actividades ilegales es como cualquier otro oficio, representa aproximadamente un tercio del país. Es oportunista y numerosa, se puede reagrupar espontáneamente, dando la espalda a los líderes visibles del MAS.

¿Hasta dónde lo van a seguir sus fieles exministros? ¿En qué momento gente oportunista como Juan R. Quintana, Carlos Romero, Leonardo Loza, Wilfredo Chávez, Roberto Aguilar, Teresa Morales o Wilma Alanoca apartarán sus caminos para acomodarse en otro nicho? Varios ya se han distanciado públicamente para construir sus propios proyectos, como César Dockweiler (que le debe hasta sus calzones a Evo Morales), y muchos otros que se han ido callados por la sombrita, para que no los vean en la calle. Otros de menor nivel están apareciendo ahora en las listas de desconocidos diputados y senadores de Rodrigo Paz.

Andrónico se apartó de Evo, bailando twist y resistiendo a los coqueteos de varios sectores populistas, y no le fue muy bien. Como cuando se produce el reboot automático de una computadora, así se está reseteando el masismo, independientemente de Evo y Arce. Por mucho que el cacique del Chapare, zapatee de rabia y baile flamenco, él ya no decide. Quienes lo rodean quisieron de convencerlo para que negocie con Andrónico y salve a su sector de adeptos, pero el joven senador ya no necesita la venia del padrino.

Otros dirigentes de medio pelo, sobre todo cocaleros, huirán porque tienen cuentas pendientes con la justicia, han estado involucrados en narcotráfico, secuestros y crímenes, como la tenebrosa familia Terán, tan cercana afectivamente a Evo Morales, sentenciada por narcotráfico e implicada en la salvaje tortura y asesinato de los esposos Andrade.

Quedó claro que se equivocaron los que seguían con la cantaleta de que “el MAS nunca estuvo dividido” y que al final se iba a unir. La división se reveló profunda, no tanto ideológica como personal (que es la peor, como la de los adenistas). Frente al descalabro se producirá un fenómeno similar al de los estorninos que hacen remolinos en el cielo. Esas figuras coreográficas no tienen a un conductor que marca el rumbo. Lo que se sabe es que la masa actúa de manera instintiva, y que cada ave sólo influencia a otras siete a su alrededor. Lo mismo sucede con el MAS: los oportunistas funcionarios evistas y arcistas, al verse desprotegidos y desorientados, siguen la corriente de manera improvisada, sin hacer ya caso a las consignas de sus jefes.

Lo que sí hemos visto, es una transfiguración humillada del jefazo, pidiendo indulgencias a Andrónico, después de haberlo acusado de traidor. El 21 de mayo los escribidores de Evo Morales (obviamente, por órdenes suyas), publicaron un largo tuit donde le ruega a Andrónico: “Por eso, escuchando a nuestras hermanas y hermanos, hacemos un llamado sincero al hermano @AndronicoRod: volvamos al seno de la familia revolucionaria, a esa cuna sindical y política donde fuimos formados, donde aprendimos que la lealtad al pueblo está por encima de cualquier ambición personal. Hermano Andrónico, naciste en una región de lucha. Tu historia está marcada por la dignidad de tus padres, de tus abuelos, que nunca se rindieron, nunca se arrodillaron ante sus verdugos, y nunca traicionaron al movimiento. Si hoy el pueblo clama por unidad, entonces reconstruyamos junto a él nuestra Bolivia digna y soberana”. Ese tuit era el canto del cisne.

Nunca se había visto a un Evo tan desolado y abandonado, pidiendo un poquito de simpatía. Su altanería se fue al tacho, quizás “le cayó el veinte” (como dicen en México), y se dio cuenta de que estaba debilitado políticamente y que su último recurso era conciliar.

Lo que queda en el Chapare, en una guarida protegida con ramas y arbustos, palos y picos, y adentro un cacique solitario que no tiene quien le escriba. Todavía le escriben sus tuits, pero cuando se acabe el dinero para mantener a los guerreros digitales, no tendrá nada. Se le acabará la voz cuando el próximo gobierno deje de financiar radio Kawsachum Coca, que Evo Morales creó con dinero del erario como si fuera propia, y que usa todos los días, en especial los domingos, para lanzar su verborrea delirante e infértil.

Luego de las elecciones de octubre, desaparecerá un buen día y aparecerá en México o Brasil, ya que no tiene pisada en Argentina, Chile, Paraguay y Perú. Los mexicanos ya metieron la pata una vez, lo alojaron con todas las comodidades (junto a su quinceañera), pero él rompió las normas de la Convención de Viena haciendo declaraciones políticas que no debía hacer por respeto al asilo. De pronto, sin decirles adiós, se fue a Cuba y luego a Argentina, hasta que pudo regresar a Bolivia sin riesgo de enfrentar a la justicia. A los cubanos no les interesa recibirlo, y Venezuela no es un destino que tiente al ciudadano de Orinoca, por la posibilidad de que su amigo (muy) Maduro caiga del árbol.

Estamos lejos del 29 de enero del año 2006, cuando —como en las películas de ciencia ficción donde a cierta hora se abre un portal mágico— apareció Evo Morales en la presidencia, esgrimiendo discursos y resentimientos. Por una vez, se alinearon los planetas cargados de buenos augurios para que empezara su gestión con todas las facilidades de pago y crédito ilimitado. El planeta de la economía mundial se acercó benévolo con su fuerza gravitacional propicia: altos precios del gas, de los minerales y de todo lo que producíamos, y las deudas del país fueron condonadas. Todo eso es ahora historia remota, aunque para los jóvenes menores de 30 años, es lo que vivieron (y no conocen nada más).

Evo Morales no desaparecerá, pero se levantará a ratos como un zombi que amenaza con su fealdad y sus andrajos, causando pavor (en los que creen en zombis). Será parte del decorado político durante una década más, pero disminuido y repudiado por la gran mayoría, incluso por aquellos sinvergüenzas que lo adularon y endiosaron servilmente durante tres décadas.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 



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