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12/03/2022
Posición Adelantada

¿Debemos ayudar a los pobres?

Antonio Saravia
Antonio Saravia

Los amables seguidores de esta columna sabrán que una de mis grandes preocupaciones es la desmitificación del problema de la desigualdad económica. Como espero haber mostrado en varios artículos y debates, preocuparse por la desigualdad económica, o achacarle a ella la suerte de mucha gente con carecimientos, es perder la mira del objetivo. La desigualdad económica no importa, lo que importa es la pobreza. ¿Por qué debería importarnos que Bill Gates tenga 10, 100 o 1.000 veces más plata que nosotros si el proceso por el cual se hizo rico (la creación de Microsoft) hizo que todos los demás logremos avanzar nuestros objetivos? La economía no es una torta de tamaño fijo o un juego de suma cero. Los exitosos empresarios como Bill Gates hacen que la torta crezca y nuestro pedazo sea cada vez más grande.

Si lo que importa es la pobreza, y no la desigualdad económica, se concluye que la redistribución forzosa del ingreso a través de impuestos no es el camino a seguir. Eso lograría más igualdad económica, pero reduciría los incentivos de los potenciales Bill Gates a incrementar el tamaño de la economía. Terminaríamos siendo todos iguales, pero con ingresos cada vez más chicos. Como muchos de mis contertulios esgrimen, sin embargo, el proceso productivo e innovador del capitalismo que permite incrementar el tamaño de la torta, no es instantáneo ni lineal. Muchas ideas toman tiempo en producir un efecto significativo en el bienestar general y en crear empleo. Otras ideas no funcionan nunca. Los recursos van moviéndose entonces de empresas o industrias que no resultaron hacia otras más prometedoras (lo que el economista austriaco Joseph Schumpeter llamaba “destrucción creativa”). Aunque este proceso terminará incrementando el tamaño de la torta en el mediano y el largo plazo, mucha gente puede quedar atrapada en la pobreza en el corto plazo. ¿Cómo atacamos la pobreza hoy?

Es muy tentador responder a esta pregunta volviendo al paradigma redistributivo. Mucha gente bien intencionada y, por supuesto, los políticos, argumentan que el cuento de la torta y Bill Gates tiene sentido, pero que la pobreza es urgente y no puede esperar. Inevitablemente, por lo tanto, necesitamos políticas públicas que cobren impuestos y ayuden a los pobres hoy. Me temo que ese es, sin embargo, otra vez, el camino equivocado.

En términos generales, los pobres no necesitan ayuda, lo que necesitan es que se les permita ayudarse a si mismos. Esto es importantísimo de entender. La gran ironía social es que una gran parte de la pobreza que observamos sucede porque las políticas públicas no dejan que los pobres se ayuden a si mismos y salgan de ella. Déjeme darle algunos ejemplos.

Regulaciones laborales. Una empresa que quiera contratar a un trabajador en el sector formal tendrá que navegar un sinfín de trámites burocráticos y regulaciones que harán que sea muy costoso hacerlo. A un trabajador se le debe pagar un salario mínimo, beneficios sociales (aproximadamente 17% del salario), aguinaldo y, en muchos casos, doble aguinaldo. La empresa debe además pagar impuestos y justificar el despido del trabajador si quiere terminar la relación contractual por alguna razón. El resultado es obvio: las empresas no contratan, o solo lo hacen temporalmente, o se mueven al sector informal donde reina la precariedad. Estas regulaciones generan, entonces, no solo un perjuicio para el proceso productivo, sino una traba enorme para que los pobres puedan conseguir un empleo y salir de la pobreza. Las regulaciones laborales que los políticos diseñan para “proteger” al trabajador, terminan condenándolo al desempleo.

Aranceles, impuestos y otros cobros fronterizos. Los gobiernos están empeñados en “proteger la industria nacional” porque piensan que así protegerán la generación de valor dentro del país. Lo único que consiguen con esta política, sin embargo, es encarecer los productos importados. Esto afecta a las familias más pobres que deben destinar un mayor porcentaje de sus ingresos a la canasta básica lo cual les permite ahorrar menos y aspirar a un mejor futuro. La respuesta lógica es la ilegalidad, i.e. el contrabando. Hay que entender de una vez por todas que la generación de valor no se protege con barreras a la importación, se protege haciéndole la vida más fácil a las empresas nacionales (menos impuestos y regulaciones, y mayor seguridad jurídica) para que así estas puedan competir con las de afuera.

Cupos de exportación y controles de precios. Estas políticas también tienen la intención de ayudar a los pobres, pero también terminan perjudicándolos. La idea es que las empresas (sobre todo las de alimentos) no puedan exportar a menos que satisfagan primero el mercado interno a un precio que el gobierno considere “justo.” Pero si a una empresa se la obliga a renunciar a ganancias legítimas vendiendo afuera, pues entonces se le quita los incentivos a producir o se la incentiva a desviar su producto afuera de contrabando. Esto genera desabastecimiento, mercados negros y menos empleo. Otra vez, por lo tanto, le hacemos la vida más difícil a los pobres que no podrán abastecerse y encontrar trabajo. Otra vez, les negamos la posibilidad de ayudarse a si mismos.

Déficit público. Cuando los gobiernos gastan más de lo que recaudan se generan déficits y deuda. Bolivia lleva 9 años de déficits consecutivos a un ritmo de 8% del PIB. Nuestra deuda ha pasado ya todos los límites aconsejables. Esto ocasiona varios efectos que le hacen la vida más difícil a los pobres. Primero, la mayor demanda por financiamiento público hace subir las tasas de interés. Esto significa menos inversión por parte de las empresas y, por lo tanto, menos empleo. Segundo, la deuda se tiene que pagar en algún momento y, por lo tanto, o los impuestos subirán o el Banco Central imprimirá plata causando inflación. En ambos casos, los que pagan los platos rotos son, otra vez, los pobres.

Esta claro, entonces, que la ayuda en realidad perjudica. Hay una larga lista de políticas públicas que solo ponen trabas a que los pobres alcancen su propia superación. El combate a la pobreza será mucho más efectivo cuando dejemos de tratar de generar igualdad económica y dejemos que productores, consumidores, empresas y trabajadores, encuentren libre y voluntariamente condiciones de mutuo beneficio.

Antonio Saravia es PhD en economía (Twitter: @tufisaravia)



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