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17/04/2024
De media cancha

Bolivianos del MAS, ¡viva la pobreza!

Diego Ayo
Diego Ayo

Acabo de ver un video de TikTok en el que se observa al expresidente Evo Morales corriendo detrás de una pastora. La está persiguiendo con un objeto redondo entre manos. La alcanza y le entrega el mentado objeto: un pancito de Arani. La señora Jacinta recibe el pan que se asemeja más a una cauca que propiamente a un pan –tengamos en cuenta que de Arani a esos lares chuquisaqueños dista un trecho enorme, capaz de endurar el alma misma– y agradece. Prosigue con el cuidado de sus ovejas. ¡Qué lindo!

Paso velozmente a la siguiente sección: los comentarios: “Él si ve al humilde”, “esa humildad lo destaca a Evo, vivir y estar con la gente de los pueblos”, “Evo el único que nunca se olvidó de los más necesitados y sigue con la misma humildad”. ¿Por qué, pues, parece relevante mirar este videíto y comentar sobre el corazón de oro de don Evo “siempre acordándose de los humildes”? A ver: tengamos por seguro –tesis básica de partida– que a este socialismo del Siglo XXI no le conviene que los “pobrecitos dejen de ser pobrecitos”. Ese es el meollo. Si dejan de ser pobres ya no votan por los “corazones de oro”. Tan simple como eso. Ya dos presidentes de esa graciosa izquierda sacaron a relucir sus dotes discursivas versando sobre este tópico: los señores AMLO y Gustavo Petro. AMLO, Andrés Manuel López Obrador, se mandó una de campeonato en palabras del columnista Juan Ramón Rallo: “Ayudando a los pobres va uno a la segura, porque ya sabes que, cuando se necesite, se cuenta con su apoyo. No así los sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad”. ¿Y qué dijo el presidente colombiano? “Cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen (propiedades), entonces se vuelven de derechas”, afirmó sin avergonzarse.

¿Síntesis? La transferencia de platita hacia los “más humildes” no tiene que ver con el anticucho presidencial latiendo a granel cada que ve un pobre. Tiene que ver con un hecho numérico: hay hartos pobres, por lo tanto, inventemos un discurso electoral que los atraiga y acabemos conformando la “democracia de mayoría” que nos ha bendecido con recursos públicos, pegas para los cuates, licitaciones para los amiguitos. Así da gusto ser “pobre”. Tengamos, pues, claro el eje que conduce estas líneas: las transferencias públicas hacia las personas más pobres no tienen que ver con la “justicia social”. Tiene que ver con la necesidad de tener una estrategia política.

¿Se imaginan si nos hubiéramos ahorrado los 280 millones de dólares que costó el satélite Túpac Katari que hizo llorar a las autoridades masistas? Hubiéramos comprado 448.000.000 pancitos de Arani y al Evo le faltaría vidas para repartir la carga. He calculado a cinco pesitos el pan tomando en cuenta información de Facebook: “Llegó el genuino pan de Arani, pan chama y empanada a cinco bolivianos, además hay quesillo fresco cochabambino a 10 bolivianos y frutilla, el kilo a 30 bolivianos”. O sea que, encima, el tacaño del Evo regala lo más baratito. Prefirió quedarse con el quesillo y la frutilla en el jeep. De todos modos, con el mismo monto solo del maltrecho satélite, hubiéramos comprado 224.000.000 quesitos y 74.666.666 frutillitas.

¿Impresiona? Asusta. Tengamos en cuenta que el Gobierno se jactaba de haber sacado de la pobreza a millones de bolivianos que hoy pertenecerían a la clase media. Sí, el repartidor de caucas vuelve al redil. La izquierda se enseñorea. Como decía Rallo: “Si los pobres se mantienen pobres, pero asistidos mediante las dádivas clientelares de la izquierda, entonces los pobres serán rehenes electorales de la izquierda; si, en cambio, escapan de la pobreza y se vuelven autosuficientes (o parcialmente autosuficientes) gracias a su ahorro, entonces esos pobres se volverán ‘de derechas’ y dejarán de votar a la izquierda; si la clase media, que vota a la derecha, se descapitaliza y necesita de las transferencias estatales para sobrevivir, entonces esa antigua clase media volverá a votar a la izquierda”.

Ya la victoria de Arce tiene que agradecer el empobrecimiento (o la sensación de ello) de 2020, el gobierno de Jeanine Áñez.

Diego Ayo es cientista político.



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