En vísperas de celebrar las elecciones generales, el frenesí político incrementa su intensidad notablemente, poniendo en máximo estrés a las formaciones políticas en competencia. Es la primera vez en casi veinte años que tanto oficialismo como oposición buscan intensamente un candidato de unidad. A la luz de los hechos, esta búsqueda es más compleja y dificultosa de lo que propios y extraños suponen.
En principio, convengamos en que el candidato ideal es solo eso, una idea; vale decir, no existe, por lo menos no por ahora. ¿Qué se juega en esta elección? Desde el Movimiento al Socialismo (MAS), la sola idea de perder el monopolio del poder les produce incredulidad o escepticismo. No creen que vaya a suceder, o lo que es peor, quizás no permitan que suceda. Es natural: se acostumbraron a beber de la fuente de los privilegios, considerándola inagotable e infinita, pero sobre todo, como un derecho de reivindicación.
La rendición de cuentas se extinguió, en consonancia con la frase que acuñó Evo Morales, espetada sin rubor: "Hemos llegado al palacio para toda la vida". O sea, somos dueños del poder porque somos los auténticos propietarios de esta tierra; no debemos rendir cuentas a nadie. Este pensamiento fracturó el tejido social, polarizó al país y nos introdujo en una vorágine de odio y temor.
Los que no forman parte del esquema de poder tuvieron que asentir, sin consuelo, la impronta envenenada e irracional del régimen. La Constitución boliviana fue desmantelada; se impuso un totalitarismo secante, cargado de odio y resentimiento, cediendo el paso a un poder ilimitado e hipercorrupto. Un contrasentido digno de una contrarrevolución: un retroceso impregnado de decadencia y putrefacción moral.
En esas condiciones, la idea de perder el poder no forma parte de su esquema mental. Está en juego demasiado: los intereses son gigantescos, apenas logramos divisar su verdadera escala, pero es groseramente inmensa. Nunca, desde la fundación de la república, hubo tanto dinero. Paradójicamente, ahora estamos en la insolvencia, endeudados hasta el cuello, los dólares se han esfumado del sistema bancario, los carburantes escasean y el colapso energético es una realidad.
En medio de este desbarajuste, la subvención de la gasolina y el diésel podría ser un negociado obsceno nunca antes visto. Existe la sospecha (por comprobar) de que nos han estado timando durante años. Cuesta creer que los probables autores sean aquellos que siempre se ufanaron de ser luchadores sociales, defensores de los pobres e indígenas. No son más que una cáfila de impostores disfrazados de revolucionarios.
El proceso de cambio terminó con la pobreza, sí, pero con la pobreza de los jerarcas y la nueva casta de oligarcas sindicales. Por tanto, activarán cuantos recursos puedan para preservar el poder. No hay medias tintas: la pelea no tendrá cánones convencionales. La circulación del poder no es una opción para ellos.
Esta no es solo una pelea de barrio, como alguna vez mencioné. Los movimientos tácticos del MAS no se planifican en la Casa del Pueblo; trascienden fronteras, están apalancados por la "Corporación Política Transnacional". Mientras los precandidatos opositores buscan quién es el mejor (o el menos malo), los otros ya activaron una poderosa maquinaria continental. Juegan en otra liga y disfrutan viendo la fragmentación de sus rivales.
Pero algo cambió, y esa es la variable central: el MAS está en problemas. El liderazgo histórico se debilitó; no tienen recambio. Evo Morales demostró que es más que el MAS. Los "arcistas" lo despojaron de la sigla, el partido, la jefatura y la candidatura, pero su candidato, Luis Arce, ni siquiera alcanza el 2% en intención de voto.
Sin embargo, hoy, Evo y Lucho constituyen la "kryptonita" del MAS. Desde sus bases, los ven tóxicos y perjudiciales, a pesar de las multitudinarias concentraciones que Morales convoca. Ya no es lo mismo, y todo por la enfermiza actitud del "jefazo". Está conteniendo un dique cada vez más pesado; algún momento le rebasará. Si no promueve una transición interna concertada —que le permitiría conservar una cuota razonable de poder—, perderá todo.
En medio de este complejo entramado, surge Andrónico Rodríguez como tabla de salvación. Tanto arcistas como evistas lo ven como un prospecto competitivo. Tan carente de renovación está el MAS que Andrónico parece el único viable. Hasta parece un buen candidato, aunque en esencia no cuenta con credenciales de buen legislador o talante democrático. Es producto de la temible escuela cocalera (no de los chapareños).
Andrónico es probablemente la versión recargada de Evo Morales, pero con una impronta más dura. Que su juventud no los engañe: jubilará a Evo, seguro. Por eso, Evo le tiene "celos" —o, en el fondo, terror—, porque representa su fin político definitivo.
Del otro lado, los opositores ven con angustia una reedición del MAS (arcistas o evistas). Es como si ahora estuvieran conscientes de que el salto a la "cubanización" es una amenaza real. Pero hay cuestiones cruciales: Bolivia ya no es próspera. Quien herede el poder recibirá un país fracturado socialmente, insolvente económicamente y desordenado institucionalmente.
En esas condiciones, no se trata solo de vencer. Deben comprender que su tarea es inviable sin una correa de transmisión efectiva con la Asamblea Legislativa Plurinacional. Si eventualmente hubiera segunda vuelta —lo cual parece ser la tendencia—, necesitarán una robusta representación parlamentaria en primera vuelta, blindada de tránsfugas: un piso del 40% mínimo.
De lo contrario, solo tienen que ver cómo el actual gobierno está neutralizado: no puede aprobar ni un crédito más. ¿Se imaginan lo que pasaría con un gobierno débil no-MAS? Uno que deba hacer ajustes estructurales, reformas constitucionales y una reingeniería estatal multinivel. Estaría pulverizado de entrada.
Ningún opositor será capaz de cumplir lo prometido. Las encuestas son poco efectivas; tienen al frente un monstruo gigantesco que no juega con reglas, sino que las hace. Por eso, es casi cuestión de sentido común: las alianzas de dos o tres son insuficientes. La derrota es posible, o una victoria pírrica: un camino al infierno.