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Cultura | 15/06/2024

|OPINIÓN|Kafka underground|Raúl Teixidó|

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Brújula Digital|15|06|24|

Raúl Teixidó

En este mes que marca el centenario de la muerte de Franz Kafka, uno de los escritores más influyentes del siglo XX, una serie de artículos de artículos conmemorativos escritos por Raúl Teixidó para Brújula Digital exploran su vida, su obra y su legado; se destaca cómo sus escritos, como La Metamorfosis y El Proceso, continúan resonando en la literatura y la cultura contemporánea. Este es el cuarto artículo publicado.

La presencia de animales en la narrativa kafkiana es manifiesta, sobre todo, en los tempranos años 20, que antecedieron a su fallecimiento.

En principio, dos textos del autor podrían considerarse “precedentes” de esta particularidad creativa, aunque stricto sensu, no lo son. El protagonista de La metamorfosis (1915) se transforma, de la noche a la mañana, en un gigantesco escarabajo, aterradora mutación que, sin embargo, no afecta a la identidad genética del sujeto que la padece. A todos los efectos, Gregorio Samsa continúa siendo el resignado viajante de comercio que, al día siguiente, debe levantarse temprano para ir al trabajo.

A su vez, el gorila de Informe para una academia (1917), superando su naturaleza simiesca, ha logrado hacer suyos lenguaje y comportamiento humanos, prodigio evolutivo del que da testimonio en su discurso de presentación ante una sociedad científica.

Resulta obvio, pues, que estos relatos no están protagonizados por animales propiamente dichos, justo lo contrario de lo que acontece en Investigaciones de un perro (1922), que transmite las vivencias de un cuadrúpedo callejero cuya lógica canina se esfuerza por discernir cuestiones trascendentales, por ejemplo el alimento o la vecindad de sus congéneres (y de los humanos) cuyo espacio vital comparte más bien azarosamente, o las de una hembra de ratón dotada de melodiosa voz (Josefina la cantante, 1924),  cualidad canora subestimada por la insensible comunidad ratonil.

Y en mayor grado aún, en La madriguera (1923), donde la identificación del autor con la materia prima de su trabajo es más elocuente y absoluta, si cabe. El relato pormenoriza la existencia cotidiana de un solitario morador del subsuelo (un topo o un tejón) que, tras esfuerzos sin cuento, ha logrado construir una guarida recóndita, amplia y confortable, impelido por su instinto de supervivencia: diez pasadizos, practicados a diferentes niveles, que confluyen en el punto neurálgico del hábitat, la “plaza del castillo”, utilizada como almacén de provisiones, “una labor laberíntica, la corona de todas las madrigueras”, el escondrijo ideal ante la amenaza del mundo exterior (en este caso, un entorno boscoso en el que se aventura periódicamente para recolectar alimentos, franqueando  una puertecilla disimulada bajo una espesa capa de musgo, indetectable a simple vista incluso para especímenes de reducido tamaño -liebres o ratones de campo- que recorren las inmediaciones.

Un roedor-arquitecto, un artista del mundo subterráneo que, como los de verdad, de vez en cuando se muestra insatisfecho de su obra,  consciente de que la posibilidad de sufrir el ataque de un enemigo a causa de la más “mínima imperfección” estructural (que este aprovecharía para colarse en la madriguera) nunca se puede descartar totalmente.

Con el propósito de reforzar la seguridad del sinuoso y oscuro ámbito que le rodea,  efectúa frecuentes inspecciones sobre el terreno, una verdadera “labor de mantenimiento”, de un extremo a otro de la morada, taponando grietas y pequeños orificios originados por la lluvia o retirando la tierra desprendida en algunas estribaciones del trayecto, etc.

El recelo ante la presencia de intrusos (y el riesgo que ello podía comportar) justifica su permanente estado de alerta, exacerbado, un día de tantos, cuando percibe un discretísimo siseo a lo largo de la galería principal, debido, sin duda, a la actividad de diminutos horadadores… o a la de un animal de mayor tamaño y mejor dotado, por lo tanto, para labores de excavación.

Pese a las infinitas precauciones observadas durante la construcción, ¿su refugio podía resultar vulnerable a la irrupción de un invasor?

Sintiéndose “como al principio pero peor que al principio”, el habitante de la madriguera se plantea la alternativa de excavar otro túnel, a un nivel más profundo, sin acceso a ninguno de los pasadizos de la antigua estructura, para no comprometer la seguridad del nuevo trazado.

Luego de un largo período de zozobra e indecisión, un signo alentador le disuade de emprender su desesperada iniciativa: silencio total, cuya razón no puede ser otra que un cambio de rumbo en la excavación: alguna piedra o quizá una veta calcárea imposible de sortear ha entorpecido el meticuloso avance del intruso, obligándole a buscar un terreno más accesible, lejos de allí.

Un respiro que, en vista de lo ocurrido (o de lo que pudo ocurrir de no mediar un favorable imprevisto) no le permite considerar el hecho como un incidente aislado. En lo sucesivo, se enfrentará a un dilema crucial:

¿acometer una nueva excavación, sin aguardar ninguna otra señal de peligro, por remota que pudiera ser, aunque sus fuerzas no fuesen las mismas de otros tiempos y podían no bastarle para culminar su propósito o, por el contrario, continuar viviendo en la madriguera, probadamente sólida y fiable desde el primer día, y cuyo grado de perfeccionamiento técnico era ya casi inconcebible?

Raúl Teixidó, nacido en Sucre, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Dio clases de filosofía. Ha escrito varios libros de cuentos y publicado ensayos y artículos varios.




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