28/11/2018
Huella Digital

Irresponsable división opositora

Ricardo Calla O.
Ricardo Calla O.
Los platos han sido quebrados. Revelando una grave falta de sentido común electoral, la oposición política relevante al autoritario y abusivo gobierno de Evo Morales y su crecientemente anticonstitucional e ilegal accionar se ha inscrito dividida en dos frentes políticos para participar en las elecciones primarias de enero de 2019.

Por un lado, está Comunidad Ciudadana–la alianza que presenta a Carlos Mesa como a su candidato presidencial–, y, por otro, Bolivia Dice No, que se supone llevará como su candidato presidencial a Samuel Doria, a menos que las primarias desordenen esto y le jueguen alguna posible, aunque poco probable, mala pasada al titular de UN. 

La fractura opositora entre estas dos fuerzas es, para el análisis, la que interesa e importa: los restantes candidatos opositores aparecen desde un inicio condenados a un voto insignificante. 

Por lo tanto, tres son los bloques electorales que marcarán el destino político del país de 2019 en adelante: el MAS y las alianzas que lideran Carlos Mesa y Doria Medina-Demócratas.

A fines de 2018, de los tres bloques electorales relevantes, dos son mayores –el MAS y la candidatura de Mesa–, y uno menor, la alianza Bolivia Dice No, por ahora bastante por detrás de los primeros. En términos de postulaciones, a fines de 2018 el candidato que puntea es Carlos Mesa, empezando a sobrepasar el 30%, hacia el codiciado 40%, con un Evo Morales estancado en torno al 30% y pico y con un Doria con alrededor del 10%.

En un contexto democrático electoral normal, el cuadro no podría ser mejor para la oposición. Una campaña inteligente y vigorosa les permitiría a Mesa y su vicepresidenciable –Gustavo Pedraza–, avanzar hacia el 40% o más, polarizando el voto adverso al MAS y consolidarse así como el binomio ganador de una primera y segunda vueltas.

En un contexto de polarización electoral aguda, no sería descartable incluso la posibilidad de que Mesa gane su pase al gobierno en la primera vuelta, sacándole al MAS una ventaja de más del 10%. Eso produciría una debacle electoral de Bolivia Dice No, semejante al del MSM de Juan del Granado en 2014, cuando ese partido se derrumbó por debajo del 3% del voto.

Menos optimista sería el cuadro en caso de que la alianza de Mesa cometa errores de campaña, no logre consolidar un equipo político y electoral suficientemente fuerte y eficaz, y/o trastabille en alguno de los imponderables electorales siempre presentes en la competencia democrática. En tales casos, el binomio Mesa-Pedraza podría perder la posibilidad de polarizar el voto a su favor, estancándose presumiblemente en torno al 30% y pico. Eso abriría terreno para que el MAS recupere parte de su fuerza electoral de años anteriores y posibilite que la alianza UN-Demócratas superen la barrera del 10%. 

Una campaña muy bien encaminada y potente del MAS, una muy mala campaña de Mesa-Pedraza y una muy buena campaña de UN-Demócratas –en realidad falta un año para saber lo que puede pasar– podría abrirle al MAS la posibilidad de salir con el binomio más votado en una primera vuelta, aunque difícilmente darle una victoria de 10 puntos de ventaja como para obtener la presidencia.

Solamente un ascenso electoral muy fuerte de Bolivia Dice No –poco probable– a expensas del potencial de voto de Carlos Mesa, podría asegurarle al MAS el Gobierno en primera vuelta. 

En un contexto democrático electoral “normal”, las perspectivas de la oposición se mostrarían muy favorables a pesar de todos los sinsabores electorales propios de la democracia. Pero no estamos en un contexto democrático electoral “normal”. Este es el dato drástico que no se puede soslayar, que no se debe omitir. Vivimos en un contexto político y electoral anómalo, marcado por un gobierno que no cree en la democracia.

En ese marco, la fractura opositora en dos fuerzas principales amenaza con producir un desastre para la oposición, allanándole al MAS la ruta para continuar en el poder. El naufragio del potencial acuerdo electoral entre los bloques encabezados por Mesa y Rubén Costas –un naufragio que debió evitarse– ha dejado a la oposición en manos de la iniciativa política del MAS.

Y es que ahora que se ha producido la división de la oposición en dos alianzas, Morales puede buscar despedazar el voto opositor con la decisión de anular la por hoy poderosa candidatura de Mesa. Morales puede ordenar la inhabilitación del expresidente e intentar así hacer añicos a una oposición que no ha sabido unirse. 

El MAS, si se atreve a esa inhabilitación, jugará con fuego. Quien desestime esta posibilidad seguramente no comprende el carácter del actual gobernante, que busca quedarse al mando de Bolivia indefinidamente. La oposición relevante en Bolivia ha desestimado esa posibilidad y va dividida.

Ricardo Calla Ortega es sociólogo. 



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