INASET | 20/09/2018

Nuestra realidad, sin barnices

El discurso oficial ha destacado siempre la estabilidad macroeconómica y el crecimiento de la economía como triunfos que marcan la superioridad del Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP) frente al neoliberalismo que lo precedió. Pero son cada vez más frecuentes las opiniones en contrario, sea de investigadores y profesionales nacionales, o de los propios organismos multilaterales que apuntan a varias limitaciones del modelo o incluso, a sus fracasos.

Los “Ensayos para el debate” de INASET tienen como uno de sus objetivos el promover una amplia reflexión sobre estas posiciones con el propósito de identificar los cursos de acción más aconsejables –dentro o fuera del MESCP– que mayores posibilidades ofrezcan para construir las bases estructurales de una economía para la gente.

Pero ahora que el país ha sido lanzado a la vorágine electoral, los temas del crecimiento y del desempeño económico son particularmente vulnerables a la politización que siempre busca imponer subjetividades como verdades. Este ambiente fuertemente ideologizado constituye, sin duda, un serio obstáculo para realizar un debate democrático sobre la base de análisis técnicos y de consideraciones objetivas sustentadas en el pensamiento crítico.

Conscientes de ello y, además, de que el abruptamente impuesto nuevo escenario reduce los tiempos que habíamos estimado para introducir los temas de debate en una secuencia relativamente articulada a la evolución de las agendas políticas, iniciamos el ciclo de los Ensayos para el debate no propiamente con un ensayo, sino con afirmaciones puntuales sobre el desempeño de la economía boliviana respecto al de América Latina recurriendo a los cálculos y estimaciones de los organismos multilaterales para los países de la región.

Varios indicadores muestran que Bolivia ha tenido avances importantes respecto a sus niveles de referencia de hace 10 o más años, siendo los más frecuentemente citados, los de reducción de la pobreza extrema (NBI), de la desigualdad y, sin duda, las altas tasas de crecimiento logradas. Al margen que internamente surgen cuestionamientos a la calidad de los métodos para medir la pobreza, la desigualdad, o el propio crecimiento, lo cierto es que en el contexto regional otros países han logrado los mismos o mayores avances con enfoques y políticas muy diversas.

Por ello, en el balance final, no hay evidencia que sugiera un desempeño particularmente más eficiente del MESCP respecto a los modelos aplicados en los otros países. De hecho, se observa que, proporcionalmente, Bolivia ha sido la más beneficiada con el auge de los precios mundiales de las materias primas, pero las estadísticas de la CEPAL (CEPALSTAT) al 2017 muestran que no ha cerrado la brecha en el ingreso por habitante respecto al promedio regional y mantiene su ubicación de último lugar en Sudamérica y de los últimos lugares en América Latina y el Caribe (junto a Haití, Nicaragua y Guatemala).

En el mismo sentido, hace pocos días (17.09.2018), el Banco Mundial informa que “Bolivia lidera el ranking del hambre” en América Latina por ser el país con la mayor incidencia (20%) de población sub alimentada, y de tener también la mayor incidencia de anemia.

En el informe regional sobre la evaluación de los avances en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en 2015, la CEPAL afirma que en el ODM1 (reducción de la pobreza y la desigualdad) Bolivia no sólo que no avanzó hacia la meta, sino que retrocedió respecto a los años 1990. Otros informes regionales muestran el fuerte deterioro de la distribución del ingreso por la creciente presión tributaria que baja la participación de la remuneración al trabajo en la distribución del ingreso, y se traduce en la reducción de la capacidad de consumo de los hogares.

Finalmente, el FMI informa hace pocas semanas que Bolivia tiene la economía informal más grande de todo el planeta respecto a su PIB (62,3%) en tanto que otros estudios colocan en ese mismo nivel a la precariedad del empleo.

En resumen, el actual proceso no ha significado ningún cambio respecto a los diversos modelos económicos aplicados a lo largo de los últimos 70 años, en contextos políticos también diversos, pero que han insistido en las mismas formas de generar y mal distribuir los ingresos, por lo que naturalmente alcanzaron los mismo resultados.

Al enumerar indicios de un pobre desempeño, no se busca repetir el “tradicional lamento boliviano”, sino tener una mirada objetiva de nuestra realidad para evitar la frustración que resulta, inevitablemente, del optimismo infundado. Esta es la recurrente experiencia a lo largo de los últimos 70 años, en los que los gobernantes de turno creen poder revertir las frustraciones con sus soluciones “políticas” de coyuntura; pero, en la práctica, estas soluciones improvisadas y aisladas son las que adormecen a la sociedad e impiden crear las condiciones reales para el desarrollo con un crecimiento sostenido.

Una economía solo es saludable si responde a las necesidades y a las expectativas de la gente. Y en tanto Bolivia no cambie estructuralmente la forma de generar riqueza, ni adopte las prioridades correctas para distribuirla con equidad, los episodios de éxito “macro” serán eventos aislados que no tocan las causas de la pobreza y del atraso.

En particular, el crecimiento con desarrollo sólo será inclusivo y sostenible cuando se supere el extrativismo rentista –el origen de la desigualdad− con el empleo digno como la fuente de la creación de valor, y con el ser humano como el destinatario directo y final de los beneficios del crecimiento.

Lograrlo requiere de un “realismo cercano a la desesperación.”



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