13/09/2020
Articulista Invitado

Me alegra que se haya suspendido la vacuna de Oxford

Aleix Echauz
Aleix Echauz

La pandemia de ese virus Voldemort al que ya no me atrevo a nombrar ha conseguido algo inédito: que un porcentaje elevadísimo de la población mundial se conviertan en epidemiólogos, neurólogos y médicos de cabecera en un tiempo récord. Me van a disculpar, pero yo me sigo considerando de esa capa ya marginal de la sociedad que se ha quedado atrás. Razones no me faltan. Nunca fui bueno en ciencias puras. Recuerdo con mucha frustración el día en que las matemáticas empezaron a tener más letras que números –algo que hasta consideraría una contradicción, puesto que soy eso, un hombre de letras y no de números–. Y por supuesto no hablemos de mi ineptitud, torpeza y hasta oscurantismo en asuntos de biología y del cuerpo humano. Soy de esos bobos que le fascinan los misterios del cosmos pero que necesita que se lo expliquen en un bonito tutorial con imágenes bien ilustrativas y vocabulario para tontos. Y, sin embargo, con que jolgorio y alegría he recibido la noticia de la interrupción de los ensayos clínicos de la vacuna contra el coronavirus que están desarrollando la Universidad de Oxford y la farmacéutica AstraZeneca.

A más de uno le responderé como Forrest Gump ante la pregunta “¿Tú eres tonto?”. Tonto es el que hace tonterías, señoría. Yo solo me limito a hacer caso como un borrego a unos seres llamados científicos que al parecer, saben algo del tema. Por supuesto que no saben tanto como la clase política o los medios de comunicación. Porque claro, habrase visto. Un neurólogo sabiendo más que un ministro o que un diputado. Por favor, un poco de seriedad.

Mordacidades aparte, me disculparán si me tomo este tema así. No puedo evitar quedar atónito ante el poco respeto que reciben esos héroes con bata. Tras el anuncio de la interrupción de los ensayos de la vacuna, las acciones en bolsa de AstraZeneca han caído un 7%. Así pagan los mercados a un grupo de expertos por hacer correctamente y profesionalmente su trabajo. Contradicciones de esta economía-mundo globalizada en la que vivimos. Lo que es bueno para la ciencia y la investigación, es malo para el mercado.

Decía el neurólogo Estévez que es algo habitual. Y sí debería serlo cuando estás testeando una vacuna con decenas de miles de personas. Que una puede enfermar, ya sea por efectos secundarios de la misma o por una causa totalmente aislada. Por eso se detiene un procedimiento de tal magnitud. Para saber qué ocurre. Eso es lo maravilloso. Lo que sin embargo no debería ser habitual es esa presión que está ejerciendo el poder político sobre el poder científico. Seamos conscientes de una vez. Se trata de inmunizar a toda una población mundial con eficacia, no de ganar una carrera, apuntarse el tanto y hacerse una foto. Las vacunas las anuncian –o por lo menos las deberían anunciar– los científicos, no los políticos ni los gobiernos.

Toda esta controversia me lleva a pensar que definitivamente las conjugaciones verbales en condicional se hicieron para que los científicos pudieran explicarnos las cosas con su habitual cautela. Uno que quiere respuestas inmediatas escucha a un epidemiólogo hablar de la vacuna y puede ser víctima de un derrame cerebral ante la ausencia de afirmaciones inequívocas. “Podría ser”, “habrá que verlo”, “no podemos asegurarlo”, “depende”. Si a uno le estresa eso, que encienda la tele y que escuche a un político. O que se meta en internet y visite el primer medio sensacionalista que encuentre. Ellos les dirán lo que quiere escuchar. “Habrá vacuna en una semana”. “O a final de año”. “Esa vacuna americana es bárbara”. Por fin noticias que gustan leer o escuchar. Lástima que no sean verdad. Llámenme chalado, pero creo que sería mejor que dejemos que sea el bombero y no el pirómano el que apague el incendio y que nos avise cuando el peligro haya pasado. 

Aleix Echauz

La Paz, Bolivia