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20/10/2023
Economía de papel

Las bondades del capitalismo; nada nuevo bajo el sol

Alberto Bonadona
Alberto Bonadona
Hoy se hace necesario hablar del discurso de Javier Milei, con certeza el próximo ganador de las elecciones argentinas de este próximo domingo, más no el seguro presidente de la República Argentina; no creo alcance la mayoría más uno. En el balotaje, o segunda vuelta, las fuerzas del peronismo y los seguidores de Macri (el expresidente que endeudo al vecino país con el FMI por algo más de 50 mil millones de dólares) se unirán, de facto, para asegurarse la derrota del Partido Libertario. Surgirá entonces, un gobierno que, si mi predicción de economista se cumple (tenemos fama de no acertar una), garantizará el camino a mayor desastre de esa ya alicaída economía.


No es Milei, por el otro lado, garantía de mejora o de freno al calamitoso camino en el que Argentina se encuentra rodando cuesta abajo desde hace más de 70 años. Pero, por ahí, “de taquito” acaba pagando la deuda externa de la hermana república.

Es por demás sugerente cómo de pronto Milei descubre ante el gran público argentino los logros del capitalismo. Milei los muestra como si fueran su gran descubrimiento bañado, además, de una aparente erudición acerca de teorías económicas, con una petulancia que se expresa con el insulto regado a mansalva a quienes lo merecen y a quienes no, y una expresión facial de bronca contenida. Para él, la historia humana comienza y termina con el capitalismo y todo lo generado bajo su égida es bueno por antonomasia. 

Y, para el humilde Milei, los capitalistas, los empresarios, son seres extraordinarios que han impulsado el desarrollo de la humanidad sin la necesidad del Estado. Tan solo han requerido de libertad, un talento exclusivo emanado de lo recóndito de su innata naturaleza individual de empresario y, por supuesto, el ingrediente principal: la magia del capitalismo que se hace carne, habita en ellos y ha dado esplendorosos y exuberantes frutos. La forma en que Milei ensalza al empresario hace pensar o que él es un empresario; que no lo es, o que trabaja a favor de uno o de muchos empresarios.

El capitalismo, se debe recordar, es una forma más de producir, y en su forma más completa, existe hace unos 300 años. En la antesala del capitalismo estuvo el mercantilismo, una forma de fortalecer los estados, o los reinos, por medio del comercio y la pirateria bajo la conducción de los estados. Consideraban la necesidad de un Estado profundamente autoritario que debería acumular oro, principalmente, comprando barato y vendiendo caro, y bajo la égida de la cruz y la espada. Sin ese Estado no hubieran nacido los empresarios. Hasta los viajes de Colón fueron subsidiados por el reino de Castilla y, por lo tanto, los grandes territorios conquistados formaron parte de ese Estado.

Milei, odia las entrañas mismas de lo que suena a “zurdo”. Para él, como para Von Mises, patriarca de la escuela austriaca a la cual el candidato reverencia piadosamente, toda intervención del Estado es socialismo y, por consiguiente, anatema que debe ser destruido por el bien de la humanidad. Así, considera a Marx como el enviado del maligno. Tal vez en su estulticia, Milei no llegó a leer afirmaciones como la siguiente: “La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas”. O esta otra: “La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario”.

El que dijo todo eso es el mismísimo Marx y lo escribió, junto a su gran amigo Engels, en un panfleto político con amplias evocaciones a la rebelión en contra del capitalismo; El manifiesto comunista. Así también afirmó acerca de la burguesía: “Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas”. Y, por cierto, no solo podía alabar a la burguesía sino también darle su efectivo lugar en la historia: “Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar”.

La libertad económica, exactamente, la misma a la que Milei y los autores que este candidato veneran y reconocen como la única libertad; la absoluta y verdadera libertad, especialmente en cuanto se relaciona a la propiedad privada. Muy cercano, mutatis mutandis, a lo que Marx decía hace 175 años y la aducía al credo capitalista. No hay muchas cosas nuevas bajo el sol ¿o sí?
Alberto Bonadona Cossio

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