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La Escaramuza | 02/04/2025

Freud en la Casa del Pueblo

Renzo Abruzzese
Renzo Abruzzese

Una entrevista a un alto funcionario de YPFB, responsable directo del abastecimiento de gasolina y diésel en el país, nos permitió presenciar un evento inédito hasta entonces. Mientras la entrevistadora le mostraba las inmensas colas de automóviles y vehículos de todo tipo, surtidor tras surtidor, el funcionario sostenía obsecuentemente que la situación era absolutamente normal, como si nada de lo que se veía estuviese pasando.

Una observación detenida de este episodio real nos obliga a identificar los mecanismos psicológicos que se manifestaban en aquello que parecía un acto de cinismo ilimitado. Quizá Freud hubiera encontrado que aferrarse a una imagen de normalidad absolutamente desconectada de la realidad era una manifestación inconsciente de la rigidez unipolar del caudillo al que obedecía, psicológicamente hablando, la imagen sublimada de la figura del padre. Probablemente presenciábamos el accionar de esa barrera subconsciente por la que no es posible pensar diferente ni contradecir al jefe (encarnación sublimada del padre), aun si lo que él sostiene fuera un absurdo total. Freud decía que los mecanismos de defensa del sujeto, cuando a su alrededor suceden eventos abrumadores y la situación se muestra inmanejable y dolorosa, son la negación, la proyección o la racionalización.

En el episodio que comentamos, al funcionario gubernamental no le era posible racionalizar positivamente la falta de combustibles, las inmensas colas ni la protesta ciudadana de manera lógica: el único recurso era negarlas. A ciencia cierta, las inmensas colas y las trifulcas que se veían en pantalla nunca llegaron a su esfera consciente. Esto es lo que sucede cuando la ideología logra doblegar la racionalidad y enceguecer la razón, de manera que los psicoanalistas dirían que el funcionario no pecaba de caprichoso; negar las imágenes era —inconscientemente— la única manera de sobrevivir al peso de la realidad y al yugo de dependencia incondicional al jefe. Esto suele suceder cuando el caudillo, el monarca o el mandamás ha influido de tal manera en el inconsciente de sus afines que estos transfieren, en cada acto de la función pública, las relaciones emocionales con quien los tiene doblegados. Ese jefe no acepta nada diferente a su propio relato, es el hombre dueño del pensamiento único, el propietario de la verdad, el caudillo que funge de presidente, dictador, semidiós y sustituto de la figura paterna: el jefazo.

Nada de esto sucede en el vacío. La mentira política también puede ser entendida a través del prisma de las relaciones de poder. Los políticos, al mentir, pueden intentar mantener el control y la dominación sobre sus seguidores. Freud diría que tal comportamiento está relacionado con la libido, esa invisible fuerza que impulsa muchas de nuestras acciones y comportamientos, incluyendo el amor, el odio, la ambición y el deseo desenfrenado de poder.

Vistas así las cosas, no resulta del todo sorprendente que los funcionarios del gobierno acepten y reproduzcan mentiras que, de otro modo, rechazarían. Esta identificación con el jefazo puede ser un proceso defensivo que les permite evitar el conflicto interno y la disonancia cognitiva, lo que no los libera de culpa, porque, ciertamente, hay un momento en que la realidad se impone de manera tan contundente que ningún mecanismo psicológico de defensa resulta eficiente. Los psiquiatras llaman a este momento el “principio de realidad”.

Cuando el “principio de realidad” es sistemáticamente evadido, como sucedió en los últimos 20 años de gobierno del MAS, el conjunto de la sociedad, más allá de sus posiciones políticas, ideológicas, religiosas, de género o lo que fuese, busca desesperadamente a alguien capaz de reconstruir la verdad y dotar al ciudadano común de una dosis suficiente de certidumbre y confianza. Así pues, reconstruir la verdad después de dos décadas de mentira patológica se impone como la primera gestión de cualquier gobierno democrático en la era postmasista.

La mentira, el engaño, la triquiñuela, la actitud mañosa y sinvergüenza han minado la capacidad social de creer en la política y han generado la certera impresión de que cualquier político es la encarnación del engaño o su equivalente más próximo: una encarnación del mal.

Probablemente, el mayor daño que el MAS ha dejado en la historia de la sociedad boliviana ha sido minar la certidumbre social al punto de arrinconarla al borde del abismo de la incredulidad radical, esa incredulidad que devora la esperanza y oscurece el horizonte, llenando de temores el alma de los ciudadanos. Ese es el fruto de estos hombres que, durante 20 años, le mintieron al país e intentaron fabricar una retórica y un relato más allá de la abrumadora realidad de un país que hoy paga dolorosamente las facturas del engaño, la mentira y la corrupción.



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