24/10/2020
Articulista Invitado

El triunfo del MAS y la divina neurociencia

Joshua Bellott Sáenz
Joshua Bellott Sáenz

Muchos artículos se publicaron sobre el reciente triunfo del MAS, por el impacto mediático y por la contundencia de los resultados, que dejó a todos sorprendidos. Entre las ideas, acertadas respecto a sus causas, tenemos:

La mala gestión del gobierno transitorio, que enfrentando una pandemia y la paralización de la economía, cometió actos de corrupción. Todo se agravó por la postergación de las elecciones, la persistencia de las estructuras masistas en instituciones públicas, la Asamblea con mayoría parlamentaria y la torpeza de algunas autoridades con rasgos de discriminación y clasismo. Una conclusión importante es que no se diferenciaron del gobierno anterior.

La dispersión de la oposición y la estrategia electoral deficiente. En lo principal, la estrategia era atacar a Evo Morales, ir contra el fraude, el autoritarismo y la corrupción, aunque sabíamos que eso ocurrió el año pasado. La coyuntura en medio de la pandemia indiscutiblemente era otra. El discurso estuvo acompañado de soberbia o por lo menos, de exceso de confianza, pensando que el masismo no iba a volver porque ya lo habíamos botado una vez, por lo que no pensaron siquiera en acuerdos o convenios con organizaciones sociales y regiones.

Por último, el candidato del oriente; por supuesto tenía todo el derecho de participar, pero contribuyó a la victoria del masismo porque dividió de manera importante el voto de la “oposición democrática”, sabiendo que no contaba con posibilidades de ganar, a más de contar con alguna participación parlamentaria. El abanderado de las luchas del 2019, se convirtió en el villano del 2020.

Habiendo hecho ese repaso, veamos ahora algunas explicaciones que nos da la “divina” neurociencia:

El cerebro es un órgano social. Ello hace que la evidencia no cambie lo que pensamos si vivimos en sociedad y todos piensan de una forma, por lo tanto, buscamos personas que piensen o sean igual a nosotros, somos tribales. Se debe tener en cuenta, además, que recordamos las cosas que coinciden con lo que pensamos, por lo que el contexto y nuestro grupo, influye en lo que actuamos y pensamos, según las experiencias vividas. Para nuestra especie es más importante la sobrevivencia que la verdad.

A finales del 2019 la población salió a las calles porque estaba cansada del autoritarismo, la corrupción y en general, de 14 años de engaño. En ese entonces, se unieron los bolivianos, incluidas las organizaciones sociales, formaron todos un grupo (una nueva tribu).

Entramos al 2020 y era evidente que el fin del MAS estaba cerca, sin embargo, nos sorprendió la pandemia y paralizamos la economía, nos dimos cuenta de los problemas de la salud y muchas otras que citamos con anterioridad. La unidad que se logró el año pasado se rompió. El discurso de la oposición democrática se estrellaba contra Evo y los masistas y sólo provocó mayor división.

Los problemas económicos nos recordaban los años pasados y nos decían que era culpa sólo del gobierno de transición, y aunque dudábamos, queríamos pensar que todo podría volver a ser como antes. Por otro lado, el bloqueo del oxígeno por parte de violentos masistas y el desabastecimiento en las ciudades nos hizo recuerdo a octubre y noviembre de 2019 y no importaba de quién era la culpa, valió más la experiencia que la evidencia. Preferimos refugiarnos (sobrevivir) en lo viejo conocido, el “mal peor”. El voto oculto se convirtió en una nueva clase de “voto útil”, y el MAS acrecentó su adhesión aceleradamente las dos últimas semanas.

“No me digan qué creer”. A la mayoría de la gente no le gusta que le digan qué creer y cualquier cosa que sienta como presión para pensar de cierta manera hace que la gente quiera hacer lo contrario. Hay un aspecto profundamente tribal de la naturaleza humana que reacciona negativamente cuando un mensaje como de este tipo llega a nuestro cerebro.

La gente divide naturalmente el mundo en “nosotros” versus “ellos”. Como ya nos habíamos dividido, no podíamos creer que la derecha vaya a ser mejor, porque además, nada los diferenciaba del anterior gobierno. Los discursos se oían amenazantes y con tanta presión preferíamos creer que antes todo era mejor, la pandemia hizo lo suyo. El plano emocional se superpuso a lo racional, siendo el miedo y la incertidumbre lo que determinaría la decisión en las elecciones (emociones básicas del cerebro). 

La empatía y la idealización de los líderes. Por un lado, el líder opositor (Carlos Mesa) que podía ganarle al MAS ya no representaba la recuperación de la democracia (dado que Evo Morales ya se había ido), ya que sus iguales del gobierno de transición lo hicieron mal. Mesa menos podía unir a los bolivianos, porque nos volvimos a dividir y ni su discurso ni el de sus iguales iban en esa dirección (incluido el del gobierno), sino más bien acrecentaban la división.

El discurso del líder que ocupaba el tercer lugar (Fernando Camacho) cumplía la misma función, pero en mayor grado, exacerbando el sentimiento del poderío regionalista de Santa Cruz, dejándonos a los demás en la indefensión. El candidato del MAS (Luis Arce) pasaba desapercibido ya que representaba viejas consignas y tenía a lado una voz dominante desde Argentina, que con su discurso hacía recuerdo de la división, de la discriminación y la dominación de los unos por los otros.

Es así que todo confabuló para que el pueblo actúe sin la necesidad de líderes, ya que con ninguno se sintieron identificados, y por supuesto, tampoco pudieron idealizarlos. Sólo pudieron identificar a sus iguales, a los de a lado, a todos esos que preferían la paz, la certidumbre y con los que se sentían bien durante 14 años. Los partidos políticos y sus líderes no fueron capaces de cambiar esta realidad y de unir los intereses de todos los bolivianos, incluido el virtual ganador.

La realidad de aquí para adelante es otra, el 20% de indecisos apoyó a última hora al MAS, pero prestó su voto de manera condicionada, sólo por una parte de la torta del poder. Ya no se sienten identificados, y, por lo tanto, ahora tendrán exigencias por sus propios intereses que en cualquier momento producirán una implosión del llamado “instrumento”. Para colmo de males, deben enfrentar la crisis provocada por el MAS y ahondada por la pandemia, y debe quedar claro que sus estructuras fueron acostumbradas al prebendalismo y a la corrupción durante 14 años, por lo que es muy probable que no puedan frenar el fin de su modelo, ni corregir su manera de ver el mundo.

Por todo lo expuesto, es ahora que estoy dispuesto a cambiar el título de este artículo: “El triunfo del MAS y la Divina Providencia”, lo que implica, no sólo la ineptitud y ceguera de la “oposición democrática”, sino también la suerte de los que se sentían perdedores y ganaron.

Joshua Bellott es economista.