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En este periodo electoral, cuando el nuevo Zar ve menguadas sus fuerzas como en las recientes elecciones en Moscú, este columnista se entrega jubiloso a diseccionarlo. Y que no se me malinterprete. Esta columna no busca, solapadamente y como quien habla de Rusia, que usted piense también en los imitadores baratos de Putin. Eso jamás.
Aunque a ratos con la distancia de un sajón colonialista, el excorresponsal del New York Times en Rusia, Steven Lee Myers, saca a flote un libro excedido en páginas y que pinta a Vladimir Putin. De inicio un epígrafe de Dostoievski describe al pueblo ruso –tan parecido a otros– “de alma resignada, abrumada por el trabajo y los pesares, y sobre todo por la injusticia y el pecado continuos, propios y ajenos. Su consuelo más dulce es hallar un santuario o un santo ante el cual caer de rodillas y adorarlo”.

Putin es ese santo, educado en la KGB, la que entre sus máximas enseñaba a “tener un corazón tibio, una cabeza fría y manos limpias”. Lo de las manos no es siempre compatible con la política, pero eso se aprende luego. Igual Putin revitalizó la autoestima de la mamita Rusia, mirando a los ojos a los norteamericanos. Si Bush padre fue director de la CIA y luego Presidente, nada impide que lo emule un exagente y después primer civil en dirigir la FSB –sucesora de la KGB–, argüía Putin. Y su amigo Kissinger se lo ratificó pronto: “todas las personas respetables empezaron en inteligencia. Yo también”.

Para Putin no era chiste que Rusia fuera “una versión de pesadilla de Occidente”. Ya en 1995, Putin elaboró un informe en pro de una economía basada en los recursos naturales, sobre la base del libre mercado. El partido de Putin aduce que “rompe la gastada ideología de derecha o izquierda y abraza el patriotismo de la unidad, no la división.” El Estado pretende así estar por encima de las disputas y el Zar sobre la política, con una visión “diferente” de las libertades, buscando en los roperos esqueletos (los Kompromat) que apacigüen o intimiden a los opositores.

Para los incautos que lo creen un devoto de Lenin, Putin usa este aforismo: “quien no lamenta el colapso de la URSS no tiene corazón y quien quiere verla restituida a su antigua forma no tiene cerebro.” Putin repudia “el gobierno de la muchedumbre” y ama la “dictadura de la ley”.

Uno de sus estrategas fue Vladislav Surkov, genio publicitario de unos banqueros rusos. Shakespeare es para aquél una inspiración política. De ahí salen trucos cuya influencia llega a otros lares, aunque aguadita (por suerte). Unos trucos son hardcore, como una brutal explosión en un edificio familiar, atribuida –¿falsamente?– a los servicios secretos para justificar la guerra en Chechenia, a cuyos terroristas se culpó del atentado (me suena conocido). Otros trucos son más benignos, como hacer de Putin un héroe de telenovela. Toda aparición televisiva lo exhibe como un campeón, macho imbatible. En calculadas puestas en escena, Putin ajea a un ministro, purga a un corrupto de sus filas o humilla en vivo a un oligarca. Vean en la red cómo Putin intima a un potentado a firmar por segunda vez un acta con sus trabajadores, y a sumisamente devolverle la puntabola.

A un periodista francés, del talante testosterónico de Macron, que le inquirió por unos muertos civiles, Putin le espetó: “Si estás decidido a ser un islamista radical y estás listo para una circuncisión, te invito a Moscú. Somos una nación multiconfesional. Tenemos expertos en esa esfera también. Voy a pedir que la operación se te realice de manera que no vuelva a crecerte nada.” Sarkozy salió también destemplado de una reunión con Putin. Se ignora qué lo aterró tanto.

En Rusia, los otrora plutócratas no enfrentan solo las confiscaciones o la cárcel siberiana impuesta al petrolero Khodorkovsky. Extirpando el poder que ostentaban con Boris Yeltsin, a los magnates asustados Putin les ofrece un trato humano: multipliquen su riqueza, pero fuera de los asuntos de Estado. Me recuerda a algo, pero esta columna acaba y al libro le sobran caracteres.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.



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