Está circulando un video que presenta un balance de la política exterior boliviana entre 2020 y 2025, describiéndola como un desfile de logros históricos y avances estratégicos. Sin embargo, más que un análisis objetivo, la pieza audiovisual parece cumplir un propósito esencialmente propagandístico de salida, enfatizando éxitos y adhesiones mientras omite las dificultades estructurales y las deficiencias de gestión que persisten en nuestra diplomacia.
La distancia entre el relato oficial y la realidad efectiva resulta, por ello, inocultable.
Entre los “logros históricos” que se destacan se menciona la adhesión a los BRICS y al Mercosur. El ingreso a los BRICS como miembro asociado, sorpresivo en su momento, fue más bien el resultado de un reemplazo apresurado tras la exclusión de Venezuela; su impacto en la proyección económica real del país todavía está por verse.
En cuanto al Mercosur, la narrativa oficial insiste en que Bolivia es ya miembro pleno, cuando en realidad seguimos en proceso de adhesión, con compromisos y requisitos pendientes que el gobierno no ha cumplido y que amenazan con frustrar una verdadera integración.
El video también subraya la erección de 478 hitos fronterizos como muestra de la preservación de la soberanía. La cifra, sin embargo, es engañosa pues la cifra es menor y gran parte del trabajo corresponde a las tareas rutinarias de las comisiones mixtas con los países limítrofes. Más importante es la atención a los hitos en zonas de aguas internacionales compartidas, donde el descuido de nuestros recursos hídricos es preocupante. Esto confirma que la política de fronteras exige una estrategia más profunda y sostenida, y que la Cancillería debe asumir un liderazgo activo, articulando a las demás instituciones del Estado para ocuparse de estas áreas críticas.
En el ámbito comercial y cultural, se destacan la diversificación de exportaciones y la promoción de productos como café, cacao, chía, carne bovina y singanis, así como la visibilidad internacional de la wiphala y el Año Internacional de los Camélidos. No obstante, la apertura de nuevos mercados ha sido limitada, y los reconocimientos simbólicos, aunque valiosos en lo cultural, tienen un impacto escaso en términos de desarrollo económico y posicionamiento internacional.
La participación de Bolivia en organismos multilaterales de derechos humanos, como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU u ONU Mujeres, también es presentada como un éxito. Sin embargo, se trata de una presencia en gran medida protocolar, sin que el país haya logrado liderar iniciativas de peso ni marcar una agenda propia en esos espacios.
En materia consular, la digitalización de servicios y la asistencia a compatriotas en el exterior constituyen uno de los pocos ámbitos donde sí se observan resultados concretos. Aun así, la precariedad histórica de la protección a migrantes en contextos de vulnerabilidad sigue siendo evidente, en gran medida por la improvisación y falta de preparación de quienes son designados en estas delicadas funciones.
La supuesta reapertura de la Academia Diplomática Plurinacional y los nuevos programas de formación en relaciones internacionales apuntan a profesionalizar el servicio exterior. Sin embargo, la calidad de la formación, la pertinencia de los contenidos y su impacto en la práctica diplomática efectiva están todavía por evaluarse. Antes que un salto cualitativo, estas medidas parecen contribuir más a la construcción de un relato de éxito que a resolver los déficits estructurales del cuerpo diplomático.
En conclusión, el video ofrece una visión maquillada de la política exterior boliviana, en la que se combinan hechos, cifras cuestionables y símbolos culturales dentro de una narrativa más promocional que realista. La Cancillería encara desafíos de fondo: avanzar en la adhesión al Mercosur con un análisis serio de ventajas y desventajas, proteger de manera efectiva los recursos hídricos en las fronteras, promover exportaciones de forma sostenida y atraer inversión externa.
Para que la política exterior deje de ser un relato aspiracional y se convierta en política de Estado, es imprescindible que las acciones se traduzcan en resultados tangibles y sostenibles, lo que solo será posible mediante una profunda reestructuración de una institucionalidad hoy destruida.
Javier Viscarra es diplomático y periodista.