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Política | 05/04/2025   04:24

|HISTORIA|El gringo que jugaba ajedrez con Lechín|Raúl Rivero|

Eric Kumar, un inglés de origen austríaco, llegó a Bolivia en los años 30 buscando a su padre, pero el país lo atrapó. Vendió mercancías en remotas aldeas, ganándose la confianza de la gente. Más tarde, como gerente minero, se negó a entregar estudios de un yacimiento a Juan Lechín, quien lo encarceló.

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Brújula Digital|05|04|25|

Raúl Rivero

Corrían los primeros años de la tercera década del siglo XX, cuando arribó a Bolivia el ingeniero austríaco Herman Kumar, contratado por Patiño para instalar generadores eléctricos a diésel en varios ingenios mineros. Esas máquinas eran unos monstruos de metal, traídos a su destino en grandes cajas, usando sucesivamente barcos, trenes y caravanas de mulas; entretanto, para su armado requerían de la precisión y paciencia de un excelente técnico.

Decidido a quedarse en Bolivia, a finales de esa década, en 1929, el ingeniero europeo anima a un grupo de industriales bolivianos a arriesgar capitales en un emprendimiento de exploración petrolera, la “Empresa Petrolera Águila Doble” –en la que Kumar aporta todo su patrimonio–, realizando diversas y pioneras prospecciones en el Valle Alto cochabambino y la región de Chapare, las que, lamentablemente, no tuvieron éxito.

En la Inglaterra víctima de la Gran Depresión, que no daba tregua al mundo luego de la estrepitosa caída de la bolsa neoyorkina de octubre de 1929, su hijo Eric –que había adoptado la nacionalidad inglesa– golpeado por la miseria y sin perspectivas de salir de ella, se entera con desaliento que su padre ha perdido toda su fortuna en la aventura petrolera de Águila Doble, por lo que se dirige en 1933 a la lejana Bolivia –que está inmersa en una contienda bélica con su vecina Paraguay; son tiempos duros para la nación sudamericana–, para convencerlo que regrese a Europa pues le aqueja un cáncer, del que fallece años después en su Austria natal.

Como afirmaría Eric Kumar a sus descendientes, él no conquistó Bolivia, fue Bolivia la que lo conquistó. Vino con el único deseo de buscar a su padre y repatriarlo a Europa; pero se quedó, enamorado del extraño y hechizante país. Buscando qué hacer, se presentó a un requerimiento de trabajo de una importante importadora de capitales anglochilenos. Impresionando bien a sus entrevistadores, éstos le ofrecieron que escogiera en qué ciudad quería establecer su base de ventas: “¿La Paz, Oruro, Cochabamba?”, respondiendo que “en ninguna de ellas”. Ante la sorpresa de sus contratantes, pidió y obtuvo la exclusividad de ventas en los pueblitos del altiplano boliviano, incluyendo Potosí y Sucre.

Pronto, Eric se convirtió en el vendedor estrella de la compañía; salía en tren desde La Paz cargado de valijas repletas de telas, hilos, tijeras, agujas para coser, botones, hebillas, dedales y otros productos de poco valor, los que ningún otro vendedor habría querido llevar a los miserables y perdidos pueblos del inmenso territorio que él mismo se había asignado. Llegado a las puntas del ferrocarril, Eric alquilaba un par de mulas, cargaba sobre ellas sus maletas y continuaba viaje.

Se convirtió en el hombre más querido y respetado de caciques y otras autoridades de los lugares que visitaba, pues en casi todos ellos nunca se había recibido la visita de un viajante de comercio, el que, además, se animaba a dejar a las pocas tiendas establecidas las mercaderías a crédito, con una expresión casi de indiferencia: “me cancela en mi próxima visita”. “Gringo loco este, ¡a ver si lo volvemos a ver!”. Pero, un tiempo después, la figura elevada, delgada y sonriente del gringo, aparecía en el horizonte, conduciendo la recua de mulas. Sus clientes nunca le fallaron, pagándole puntualmente lo dejado en la anterior visita; bien que valoraban el empeño del único proveedor que se atrevía a llegar hasta esos lares.

Eric pronto salió adelante y logró hacerse de unos ahorros; pero, era un ritmo agotador. Así que, en busca de sosiego, aceptó hacerse cargo de la supervisión de una explotación minera norteamericana en Bolivia y, el 3 de septiembre de 1939, día de su cumpleaños y a horas de comenzada la Segunda Guerra Mundial, contrajo matrimonio con una bella dama cochabambina, Carmen Rosa Vargas.

Indignado con el Anschluss –la absorción de Austria por parte de la Alemania nazi– y dispuesto a apoyar a su patria adoptiva, Eric Kumar viajó a Canadá y se presenta voluntario en la Royal Air Force británica. Con la excusa de que su elevada estatura –el gringo medía 1,93 metros– lo descalificaba para ser aviador, fue rechazado y, más bien, la inteligencia británica le advirtió: “Usted, vuelva a y cuide que esos minerales no caigan en manos alemanas, que el Tercer Reich tiene agentes y seguidores en toda América Latina y, en especial, en Bolivia”. Para su tranquilidad, hasta el final de la guerra nada extraño tuvo que reportar a sus mandantes.

El 9 de abril de 1952 estalló la revolución y el MNR se hizo del poder. Seis meses después, el régimen nacionalizó las minas, incluyendo la que Eric Kumar administraba. Como gerente de la empresa minera, Kumar tenía en su poder los estudios y evaluaciones de un importante yacimiento minero, cuya ubicación sólo él conocía. Juan Lechín Oquendo, el poderoso dirigente sindical movimientista y creador de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), el ente estatal fundado para administrar las minas nacionalizadas, conocía de esos estudios, por lo que visitó al gringo y le exigió se los entregara, recibiendo una contundente negativa como respuesta.

Decidido a hacerse de esos papeles y, sobre todo, de la exacta ubicación del prometedor yacimiento, Lechín ordenó el apresamiento de Kumar. Ante la desesperación de su esposa y sus hijos, que no supieron a dónde era llevado, a Eric lo recluyeron en el panóptico de La Paz. Decidido a presionarlo, Lechín visitaba con frecuencia al preso, quien se mantenía en su obstinada negativa a entregar los valiosos estudios.

Aunque con inicial reticencia, dada la situación que ambos tenían en ese drama personal, poco después se estableció un singular lazo de amistad. Como Eric Kumar era un excelente jugador de ajedrez, pasatiempo que también atraía a Lechín –quien, como buen descendiente de árabes, gustaba de los juegos de mesa y, más, de los de azar–, pronto sus encuentros eran frente a un ajedrezado tablero. Conociendo a su rival, que no gustaba de perder una sola partida, el gringo se dejaba ganar, cosa que no pasaba desapercibida al astuto político y dirigente sindical quien, ya cansado de esa pantomima, encaró a su víctima: “¿Bueno, qué es lo que quieres, gringo?”. “Quiero que avises a mi mujer que estoy vivo y dónde estoy. Como no te va a creer, haz que ella venga al panóptico y vea cómo me dan baldazos de agua fría en el patio”. Juan Lechín cumplió con el pedido.

Pasadas varias frustrantes semanas, al fin el carcelero se rindió: “Gringo, creo que jamás me darás esos papeles; es más, ahora tengo un problema adicional, tanto la embajada inglesa, por ser tú inglés, como los gringos de la empresa minera, porque eres empleado de ellos, están reclamando tu excarcelación”. Días después, Eric Kumar fue puesto en libertad, no sin antes escuchar estas amenazantes palabras del poderoso político: “Usted está libre, pero no olvide que su familia es boliviana”.

Empero, gracias a los contactos y las apuradas gestiones de parientes y amigos de Carmen Rosa, ella y sus hijos partieron en un flamante DC4 de Panagra rumbo a Lima; unos meses después, y luego de arduas negociaciones, Eric Kumar, con escolta diplomática, pudo también salir al Perú. Los exiliados tardarían varios años en volver a Bolivia.

Nota del autor: Estas verídicas anécdotas, pero con nombres cambiados, forman parte de mi novela Sanders, publicada en 2019. 





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