22/03/2020
El Tejo

Quien opina, opina por sí mismo

Juan Cristóbal Soruco
Juan Cristóbal Soruco

La parcial cuarentena en la que nos encontramos ha incrementado notablemente la navegación por las redes sociales. Ni bien uno termina de escribir algún comentario de inmediato aparecen decenas de ciudadanos, hombres y mujeres, que lo apoyan o critican, que cuestionan, insultan, dan línea, lo que, a su vez, genera más confrontación porque lamentablemente es imposible mantener un diálogo respetuoso.

De ese mundo que voy detestando, pero del que, al mismo tiempo, me voy volviendo adicto y en el que participo, hay algunas características que me interesa destacar en esta columna.

Una, la facilidad con la que buena parte de los comentaristas hablan a nombre de otros, con una fórmula mágica: “el pueblo quiere” o con una generalizada identificación: “todos somos (y luego anota el objeto de identificación): un equipo, una región, un atentado. Y eso sucede en todos los campos del quehacer social: política, deporte, desastres naturales, cultura…

Otra, que cuando aparecen críticas a un comentario, el autor original responde que se trata de “su” espacio, por lo que el criticón, en vez de criticar, no debe leer lo que escribió, olvidando que las redes sociales son un espacio público en el que lo que uno dice puede y, sobre todo, debe, ser comentado por quienes, a su vez, quieren hacerlo. Ese es el ideal de su funcionamiento: que emisor y receptor estén en las mismas condiciones para dialogar, por lo que es un disparate presumir que no se lo puede o debe hacer.

Una tercera característica es que si fuéramos lo sabios que creemos que somos al emitir opinión sobre cualquier tema, el país sería distinto. Abundan las sugerencias para el buen gobierno, la buena preparación técnica de jugadores, la gestión de la multiculturalidad… en fin. Alguna vez se dijo que la diferencia entre Dios y los periodistas es que Dios sabe que no es periodista. Esto se puede aplicar, plenamente, a quienes estamos enviciados con las redes sociales.

El insulto está a la orden del día. Pareciera que el negar el diálogo respetuoso ha ingresado en nuestra alma. Es casi imposible un diálogo sin que la agresión al contertulio aparezca con dureza y, generalmente, sin sustento. Ya les conté en una anterior columna que se me acusó de tener “estirpes banzeristas”; esta semana ha sido peor: seudo periodista, aburrido, inconsecuente, y a uno que le dije que lo retiraba de mi lista de amigos del Facebook me respondió, entre otros “piropos”, que le alegraba porque así ya no leería esta columna en la que una semana digo algo y en la siguiente me contradigo.

Y ni qué decir cuando la polémica es entre identificados militantes partidarios, particularmente entre masistas y antimasistas. No hay respeto y en ellos aparecen las peores descalificaciones (además, escritas, en todos los bandos, con recurrente errores de ortografía y sintaxis), dando cuenta de elevados grados de racismo, complejos, fanatismos religiosos y autoritarismo que existen en el país.

Y las “fake news”… que no sólo confunden o atemorizan a la ciudadanía, sino que permiten confirmar los vacíos de la formación que se da en el país, pues las falsas noticias, se puede presumir, son hechas por profesionales que no dudan en denigrar a personas concretas con informaciones mentirosas sobre ellas, sin remordimiento alguno en aras, por lo general, de una posición ideológico-política que se impone a principios morales y éticos necesarios para la pacífica convivencia social.

En fin, que estas divagaciones de cuarentena sirvan para insistir en que la opinión sobre algún tema corresponde exclusivamente a quien la expresa, y es una falacia adjudicarla a alguien abstracto; que quien decide opinar públicamente debe saber que puede generar polémica y lo que corresponde en aceptarla y participar en ella, y que el nivel de polarización en que se encuentra la sociedad boliviana es innecesariamente elevado incluso en un tema tan “unificador” de voluntades y esfuerzos como debería ser la invasión del corona virus.

Ahora, hay que seguir caminando solo por las redes, que felizmente no transmiten ese virus…

Juan Cristóbal Soruco es periodista.