29/01/2021
Articulista Invitado

No te metas con los Peaky Blinders

Carlos Armando Cardozo
Carlos Armando Cardozo

Rememorando a las afamadas pandillas (slogging gangs) de Birmingham-Inglaterra, Peaky Blinders narra la historia de la familia Shelby y su ascenso desde las clases obreras más populares hasta codearse con la “alta sociedad”. Thomas Shelby administraba una casa de apuestas clandestina junto a su familia a la par que se involucraba en otro tipo de delitos que se desarrollaban dentro de su territorio como el robo, el contrabando y la extorsión.

Los Shelby ejercían un poder oculto sobre la industrial ciudad de Birmingham en la etapa post Primera Guerra Mundial, donde las grandes factorías de hojalata absorbían filas y filas de obreros sin educación, de los estratos más bajos, empobrecidos, obnubilados por el alcohol y la prostitución. Proliferaban por las calles bajo la atenta mirada de los Peaky Blinders.

La cabeza de familia, Thomas Shelby, guía a sus hermanos Arthur, John y Finn, irlandeses de origen gitano, por los peligrosos rincones del crimen y nuevos “emprendimientos” y van escalando en peligrosidad por sus vínculos con la Policía, organizaciones criminales rivales locales y extranjeras, así como personalidades políticas de la talla del mismísimo Winston Churchill.

El código de honor y lealtad está muy presente a lo largo de las aventuras de Thomas Shelby, que ve su familia crecer no solo en fortuna sino también en miembros a medida que la historia va transcurriendo. Más allá de la narrativa superficial plagada de conflictos, conspiraciones y duelos por la supremacía de las bandas y sus intereses, el trasfondo hace hincapié una y otra vez en el valor del juramento de sangre de los distintos personajes hacia el liderazgo de Thomas depositando en él ciegamente su confianza.   

El escenario político nacional de cara a las elecciones de alcaldes y gobernadores ha desnudado la falta de lealtad y compromiso de una nueva ola de políticos “pragmáticos” que han cambiado su compromiso con una ideología o principios propios de un partido político, por el medio que les permitirá aterrizar en una alcaldía o en una gobernación.

Los que hoy te hablan de la “distribución de la riqueza” entre los ciudadanos, mañana no dudarán en convencerte de las bondades del mercado y la globalización; lamentablemente el colapso del sistema político y la fragmentación en pequeñas agrupaciones ciudadanas sin identidad, sin militancia, sin objetivos a largo plazo, dieron pie a una proliferación de políticos pragmáticos.

Enfocados únicamente en capturar algún espacio de poder con el cual especular y del cual exprimir el mayor beneficio posible, para nuevamente volver a competir en la próxima elección aprovechando la fugaz popularidad de alguna personalidad política o un “outsider” lastimosamente constituyen el ciclo parasitario político, siendo el hospedero perfecto la institucionalidad local y regional.

¿Qué podemos esperar de un sistema político plagado de pragmáticos sin identidad, sin compromiso y sin lealtad que delimiten el accionar de los actores? Lamentablemente, en ese caso, los políticos actúan a conveniencia y pueden codearse o abrazarse con aquellos que en el pasado inmediato criticaba, censuraba y hasta atacaba con fiereza. Es el caso de Creemos y de sus legisladores ahora negociando con el MAS. Es un escenario a gusto y medida del partido oficialista, que aún aquejado por fracturas puede llegar a sorprender en muchos municipios y departamentos este marzo próximo.

Tal cual se le consultaba a Thomas Shelby en un pasaje de su historia en Peaky Blinders ¿Cuál es tu límite? ¿Cuándo tendrás suficiente? El responde: Pararé cuando encuentre a un hombre al cual no pueda vencer. En el caso de los políticos pragmáticos bolivianos, no tienen límite, vienen haciendo las mismas cosas desde hace años.

No les importa perder si en el trayecto pueden arañar un pequeño botín, un premio consuelo que puede darles algo con lo cual mantenerse vigentes por los próximos cinco años. Eso se traduce en pegas, eso se traduce en favores, eso se traduce en el intercambio propio de los juegos de poder: el famoso “voto de oro” para dirimir entre dos bloques mayoritarios enfrentados en concejos o asambleas que curiosamente por sí solo puede marcar el ritmo a la gestión de los entes deliberativos.  

Para cerrar, nuevamente volviendo a los Peaky Blinders, apelo a una frase de Thomas Shelby: “Todos somos como una prostituta, solo que vendemos diferentes partes de nosotros”. A lo largo de la historia se ve como Thomas progresivamente va “vendiendo” partes de su vida, su felicidad, su tranquilidad, su vejez a cambio de cada triunfo en su lucha permanente por el poder y dinero.

Extrapolando esto a los políticos pragmáticos, ellos no venden solo partes suyas como la dignidad, la integridad, el honor, la palabra, sino también venden partes del resto de la sociedad.

Carlos Armando Cardozo es economista, magister en Desarrollo Sostenible y Cambio Climático. 



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