17/05/2020
El Tejo

Con una semana de retraso

Juan Cristóbal Soruco
Juan Cristóbal Soruco

El domingo pasado, 10 de mayo, se celebró el Día del Periodista, y periodista como soy, decidí expresamente no referirme al oficio que practico desde hace varias décadas, porque quería saber, antes, quiénes nos festejaban y homenajeaban.

Sin duda estadística, los que más nos festejamos fuimos nosotros mismos. Nos hemos felicitado, nos hemos elogiado, nos hemos, nos hemos, nos hemos…

A continuación, siguieron las felicitaciones y homenajes de operadores activos en alguna función estatal, política, institucional, gremial, cívica y empresarial (esta vez pocos del ámbito sindical), cuyas actuaciones son tema central en la cobertura de las noticias. Dudo, con la mano en el corazón, que la gran mayoría de esas felicitaciones y homenajes hayan sido sinceros.

Hasta aquí, comprenderán estimados lectores hombres y mujeres, que en nuestro oficio no es difícil perder la sana autopercepción. A veces caemos en la tentación de ceder ante la adulación, y terminamos creyéndonos que somos lo que nos decimos que somos, entre nosotros, o nos dicen quienes están interesados en influir en nuestro trabajo.

Recuerdo cómo divertía a José Gramunt comentar el cambio en los gestos de algunos colegas cuando, en el acto de recepción del Premio Nacional de Periodismo, dijo que hay una diferencia entre Dios y los periodistas: Dios sabe que no es periodista…

Pero, cabe una aclaración. El crecimiento de nuestra elevada autopercepción no sólo se debe a la zalamería. Es, sobre todo porque hay espacios vacíos que vamos copando, intencionalmente o no. Como sucede cuando fiscales y jueces trafican con la justicia y los afectados recurren a los medios como único mecanismo de defensa; cuando el burócrata comete corrupción y no hay quién denuncie y tienen que hacerlo los periodistas a través de los medios de comunicación; cuando las agrupaciones políticas (es difícil ahora hablar de partidos políticos) recurren a conocidos locutores de medios audiovisuales (pocos, si alguno, periodistas de medios impresos) para tentarlos con candidaturas y confiarles el destino de sus propuestas; cuando empresarios, políticos, dirigentes gremiales se “entregan” a entrevistadores que creen que su oficio es agredirlos… y un largo etcétera que abona el terreno para que salgamos permanentemente de la línea que separa nuestra profesión de ser fieles mensajeros.

Esta autocomplacencia, además, ha aumentado con las redes sociales donde muchos periodistas, convertidos en influencers, sentencian sobre lo que se debe hacer o no, sobre lo que está bien y está mal, sobre lo divino y lo humano, sobre el cambio climático...

Sin embargo, más allá de estas caídas en tentación, la dura realidad nos enseña, no más, cuál debe ser nuestro papel en la sociedad. Por un lado, informar correctamente a la ciudadanía que confía en nosotros sin ni siquiera habernos elegido. Por el otro, defender la libertad de expresión e información, no sólo porque son básicas para cumplir adecuadamente nuestro oficio, sino porque es un derecho ciudadano que se convierte en un pilar del sistema democrático.

En esa línea, hay que recordar que tres días antes del 10 de mayo (se me ocurre que por una lamentable coincidencia) se promulgó el DS 4231, con una malhadada “disposición adicional única” modificando dos decretos anteriores con el siguiente texto: “II. Las personas que inciten el incumplimiento del presente Decreto Supremo o difundan información de cualquier índole, sea en forma escrita, impresa, artística y/o por cualquier otro procedimiento que pongan en riesgo o afecten a la salud pública, generando incertidumbre en la población, serán pasibles a denuncias por la comisión de delitos tipificados en el Código Penal”.

Obviamente, los primeros en rechazar la disposición fueron los dirigentes de nuestros gremios, a los que se sumaron, cuándo no, algunos operadores políticos. Nadie les hizo caso y se tuvo que esperar a que sea la Conferencia Episcopal Boliviana la que hiciera comprender a las autoridades que se trataba de un artículo írrito y sin sentido, para que recién el Gobierno (mostrando una característica más que lo diferencia de la anterior gestión) decidiera derogarlo, luego, empero, de que muchos de sus voceros lo defendieran a capa y espada.

Esta anécdota muestra nuestra vulnerabilidad. Quienes nos elogian un día, mañana si pudieran nos encarcelarían.

Por eso, creo que lo único que nos permite defendernos es seguir cumpliendo con rigor y humildad nuestro trabajo: informar de la mejor manera a la ciudadanía para que sea ésta la que decida cómo actuar en su vida cotidiana. Ni más ni menos. Y esto implica recordar que somos periodistas no jueces, no fiscales, no actores políticos ni, ahora, médicos… Y ser periodistas, si queremos hacerlo bien, nos toma gran parte de nuestro tiempo y hace que merezcamos un día específico para resaltar nuestra labor.

Juan Cristóbal es periodista.