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08/10/2023
La curva recta

Chile y Perú. Odiando a los vecinos

Agustín Echalar
Agustín Echalar

Lo que menos me gusta de ser boliviano es esa cuasi obligación que tenemos los nacidos en estas tierras de odiar a Chile. Las horas cívicas, la plañidera jornada del 23 de marzo, la ridícula y larguísima bandera, el himno del mar, todo lleva a que el boliviano común, para amar a su país, tenga que odiar, siquiera un poco, a Chile. Y ese sentimiento negativo creo que nos ha hecho más daño que bien, y no me refiero a nuestras relaciones con Chile, y a un potencial mejoramiento de nuestra realidad económica, si realmente llegáramos a acuerdos sensatos. A lo que me refiero es algo más profundo que eso; a nuestra alma, al espíritu nacional, ese rencor ha terminado por carcomerlos.

Esa cultura del rencor, del odio hacia el otro, puede ser que esté tan internalizada que también puede, nacionalismo y provincianismo de por medio, trasladarse a otra frontera, me refiero a Perú, país que es casi nuestro hermano siamés, con el que nos parecemos tanto que un foráneo difícilmente nos podría distinguir. No es una casualidad que el nombre que se le dio a estas tierras fuera originalmente “Alto Perú”. Lo que hoy es Bolivia fue parte de Perú desde antes de la existencia del Perú como entidad colonial, al haber sido integrante de ese conglomerado político llamado Tahuantinsuyo; pero los lazos son incluso anteriores, como por ejemplo los que hubo entre Tiwanaku y la cultura Moche, del norte del Perú y ni que decir con Chavín de Huántar. Todo eso pone en evidencia el desarrollo cultural común milenario que nos une.

En las últimas semanas me he topado con unas cuantas páginas que se dedican a denostar al Perú, llaman a ese país “ladrón”, han deformado el bello símbolo nazca que los peruanos utilizan para su marca país y lo han convertido en la cola de una rata; los insultos hacia nuestros vecinos siguen y suman de una manera ya morbosa. Una de esas páginas tiene más de 5.000 seguidores. Realmente me sorprende que la plataforma FB la tolere puesto que es un espacio que genuinamente fomenta odio.

Este odio a Perú se ha creado alrededor del supuesto plagio de danzas folklóricas, cuyo origen es en realidad español y común a buena parte de lo que fueron los dominios de ese increíble imperio. Uno hubiera creído que la música y las danzas tienen que unir a las personas, no enfrentarlas, que el baile es una actitud recreativa que denota felicidad, un ímpetu por vivir. Pero en este caso, la mezquindad, la pobreza de espíritu y la tacañería del alma están convirtiendo al folclore en argumento para enfrentar a hermanos que, como digo arriba, somos tan parecidos que hasta podríamos confundirnos.

Esta situación absurda creo que fue indirectamente alentada por esa un tanto ridícula idea llamada Patrimonio Inmaterial que se inventó la Unesco hace unos 30 años. Patrimonio Inmaterial es, dicho amablemente, un oxímoron, pero también un sinsentido, y en este caso, uno pernicioso.

Mal que les pese los diablos furibundos que tanto defienden la bolivianidad de esa danza, lo cierto es que el epicentro de la cultura andina, de nuestra cultura, no está en nuestras actuales fronteras. Como dijo Garcilaso, el cronista descendiente de Huayna Capac, el Cusco es como el ombligo del mundo. Para entendernos como bolivianos es importante hacer una pequeña peregrinación cultural al Cusco; al visitarla, con los ojos bien abiertos, se entenderá cuán absurdo es pelearse por un baile.

“El patriotismo es el último refugio de los canallas”, dijo Samuel Johnson hace más de 200 años. Busque Ud. las páginas a las que me refiero y le encontrará toda la razón. 



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