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Sociedad | 15/03/2024

|OPINIÓN|¿Biotecnología hecha en Bolivia?|María Mercedes Roca|

|OPINIÓN|¿Biotecnología hecha en Bolivia?|María Mercedes Roca|

Foto de CDC/Unsplash

Brújula Digital|15|03|24|

María Mercedes Roca

“Bolivia en la era de la industrialización con tecnología ELB (litio)”, reza la propaganda del Gobierno en el aeropuerto de Viru Viru en Santa Cruz. También hemos escuchado y leído en la prensa afirmaciones recientes de “biotecnología hecha en Bolivia”.

Todo esto parece poco realista considerando que en el país existe una normativa altamente hostil al desarrollo y uso de estas tecnologías, influenciada desde hace 30 años desde Europa por grupos antiglobalización, antiempresa privada y antitransgénicos.

Asimismo, la mayoría de los que deciden si se puede, o no, usar la biotecnología en Bolivia parecieran no entender cómo se desarrollan y funcionan estas útiles herramientas con aplicaciones en la medicina humana, veterinaria, producción de alimentos, bioenergía, biomateriales y para fines de conservación y biorremediación ambiental.

Por eso, no sabemos qué exactamente pretende hacer el Gobierno de Bolivia impulsando ahora estos anuncios, de temas que antes prohibía.

Lo que sí talvez todos sabemos es que estamos en crisis y que debemos avanzar en la dirección correcta para no caer al abismo. El uso responsable y con conciencia de las tecnologías biológicas y digitales como la biotecnología y la Inteligencia Artificial junto con otras tecnologías ya desarrolladas y las buenas prácticas agropecuarias sin quemas ni deforestación, pueden aportar considerablemente a que logremos “producir conservando y conservar produciendo”.

Esto significa producir “más con menos”, es decir producir más alimentos en menos tierra, con menos agua y menos agroquímicos. Para lograr esto necesitamos adoptar las tecnologías de ingeniería digitales, biológicas y de ingeniería ya disponibles.

“La tormenta perfecta” es un término acuñado por Sir John Beddington, asesor científico del Gobierno del Reino Unido, para describir la convergencia de factores como el cambio climático, el crecimiento demográfico, la contaminación ambiental y la pérdida de biodiversidad, que plantean desafíos significativos para la humanidad.

El informe fue publicado en 2009 y advierte sobre las posibles consecuencias catastróficas si estos problemas no se abordan de manera pronta y efectiva. Beddington enfatiza la necesidad urgente de actuar para mitigar el cambio climático, utilizando nuevas tecnologías para garantizar la seguridad alimentaria y gestionar de manera sostenible los recursos naturales, para evitar la crisis inminente descrita en el informe.

En 2018, el informe de Partha Dasgupta, economista de la Universidad de Cambridge, comisionado por el Gobierno británico para la Conferencia sobre el Cambio Climático COP26 en Glasgow, destacó la necesidad crítica de reconocer el valor intrínseco de la Naturaleza en la toma de las decisiones económicas y políticas. El informe insta a un cambio fundamental en el enfoque económico y político hacia una mayor valoración y preservación de los recursos naturales para garantizar un futuro sostenible. Dasgupta advierte que los sistemas económicos actuales no reflejan adecuadamente los límites finitos de los recursos naturales y los ecosistemas, lo que conlleva a la sobreexplotación y la degradación.

En otras palabras, estamos extrayendo de la tierra sin devolverle. La pérdida de biodiversidad se presenta como una amenaza existencial, con impactos significativos en la seguridad alimentaria y el bienestar humano, donde es imperativo y urgente hacer intervenciones que garanticen ahora la prosperidad de las generaciones futuras. Estamos en 2024, y aunque ya sentimos los estragos de la triple crisis del cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad, seguimos sin abordar los problemas de manera efectiva y urgente.

En los años 60 se implementaron las tecnologías agrícolas de la Revolución Verde en algunas regiones del mundo, con un paquete tecnológico de semillas mejoradas, sistemas de riego, maquinaria agrícola y productos químicos para la protección de cultivos y fertilización. Estas intervenciones evitaron hambrunas y permitieron, entre otros factores, la gran migración de las zonas rurales hacia las ciudades en los países del sur global, incluyendo Bolivia. En Europa había ocurrido siglos antes con la Revolución Industrial.

El incremento en la producción agropecuaria fue tan exitoso, que en los años 80 se extendió la idea falaz de que el problema del hambre en el mundo estaba resuelto y que no existía un problema de producción, sino uno de distribución, que continúa siendo ampliamente repetido. Esta narrativa simplista y reduccionista desvía la atención de la necesidad de una producción agropecuaria sostenible y tecnológicamente avanzada. Sin tecnología moderna, y sin una conciencia responsable y equitativa que busque el bienestar común, la producción de alimentos, bioenergía, biomateriales, bioensayos y otra biomasa, no es sostenible.

Hoy, la mayoría de la población de Bolivia reside en áreas urbanas (el censo de 2024 nos dirá en qué porcentaje) y no produce su propio alimento. Los productores agropecuarios necesitan incrementar la productividad para una población que continúa creciendo, al tiempo de enfrentar desafíos cada vez más apremiantes como el incremento en sequías, inundaciones, nuevas plagas y enfermedades, resistencia a maleza y suelos degradados.

La adopción de buenas prácticas agrícolas y tecnologías modernas es un imperativo. Las Biotecnologías Integradas ofrecen un gran potencial, pero es necesario actualizar la normativa para su desarrollo y uso, dentro de un marco más amplio de una bioeconomía circular que proteja la biodiversidad, evitando la quema y la deforestación.

También es imperativo invertir en educación, infraestructura y en otros incentivos para el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Las Biotecnologías Integradas incluyen la biotecnología convencional y los cultivos transgénicos, además de tecnologías más recientes como los cultivos editados por CRISPR (herramientas precisas para editar el ADN de cualquier organismo), mosquitos genéticamente estériles para manejar el dengue sin insecticidas y muchas otras aplicaciones en la industria.

Sin embargo, para lograr un cambio significativo hacia un futuro sostenible debemos replantear nuestros objetivos y acciones. ¿Estamos dispuestos a sacrificar el futuro de nuestro planeta y de las generaciones venideras por intereses sectoriales y ganancias económicas a corto plazo, sin pensar en el bienestar común? Parecería que la respuesta es sí, y no nos sorprendamos de que la situación siga empeorando. Debemos tomar conciencia de que si seguimos haciendo las cosas como siempre, estaremos acercando a nuestros niños a un futuro muy incierto. Es nuestro deber formular las preguntas correctas hoy para planificar el futuro de nuestros descendientes.

Para no terminar en una nota negativa, recordemos la importancia de la esperanza, de una actitud positiva y de la confianza en nosotros mismos. En el ámbito de la biotecnología hecha en Bolivia, hay mucho talento en los jóvenes y razones para ser optimistas.

Bolivia será partícipe, por segunda vez, de la prestigiosa competencia internacional de biotecnología conocida como iGEM (International Genetically Engineered Machine. 

Es una competencia para estudiantes donde participan más de 40 países con 390 equipos de las más prestigiosas universidades del mundo.

En 2021, iGEM-Bolivia diseñó un biosensor para detectar aguas contaminadas con arsénico y en 2024 ampliará el proyecto a un biosensor dual que también detecta mercurio. El equipo de iGEM-Bolivia tiene estudiantes de universidades de La Paz, Santa Cruz, Cochabamba y Sucre, quienes en 2021 ganaron medallas de oro por su proyecto que incluyó videos de divulgación científica en quechua, aymara y guaraní. Los estudiantes, futuros biotecnólogos bolivianos, volverán a competir este año, con la esperanza de llevar su proyecto en persona a la competencia en París, Francia, en noviembre de 2024.

María Mercedes Roca es microbióloga titulada por el King’s College de Londres y PhD en fitopatología de la University College de esa ciudad.



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