21/04/2020
La madriguera del tlacuache

Una sopa de murciélago, pero con una corona

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo

“Nuestros conciudadanos eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; no creían en las plagas. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas”.

Mario Vargas Llosa, quien espero no me lea esta vez (…), protestaría por esa cita de la que él llama la peor novela de Albert Camus (La peste). Y aunque coincido en que es floja, puede servir como manual ahora que andamos de plaga y en una cuarentena similar a la que se sometieron sus personajes. Unos personajes primero incrédulos, luego asustados. Como nosotros.

Nosotros, que estos días de coronavirus, a punta de miedo, hemos transformado nuestro histórico egoísmo en una modestia y deferencia irreconocibles y estamos aprendiendo a ser humanos. Así venimos inspeccionando el sentido de la propia existencia y de la angustia que trae.

Paradójicamente, es esa angustia la que me ha permitido desplegarme a mis anchas. La certeza frente al desastre activó mi neurosis impunemente. Alguien advertía que hasta los paranoicos tienen enemigos reales. Parafraseando entonces: hasta los pesimistas enfrentamos infortunios.

Ese mi reservorio de pesimismo fue el que convirtió mi casa en un búnker casi el mismito día en que nos enteramos de que un ahora célebre chino sibarita había degustado una sopa de murciélago en el mercado de Wuhan. El que provocó que mi hijo dejara de ir a la escuela a las pocas semanas. Y el que hizo que yo pusiera a mi esposo en “aislamiento temporal” cada vez que volvía de alguna reunión realizada fuera de las fronteras de la provincia Murillo. En alguna ocasión, exagerado como es, se quejó de que no le había mandado desayuno a su habitación de confinamiento y que, habiendo pasado 20 horas sin comer, ya tenía algo de hambre, si no era mucha molestia.

El ingreso de cualquiera a mi casa, desde entonces, supone la aplicación de un código parecido al 2319. Ése que en la película infantil Monsters Inc. alertaba la peligrosa presencia de un niño humano en la fábrica y que obligaba a la desinfección inmediata del lugar por un superequipo de la Agencia CDA.

Mi zozobra no gira sólo en torno al contagio del Covid19. El virus ha desviado, además, el curso de mi tiempo. Mis días en cuarentena se llenan rápido: desayuno; periódicos; sesión de “zoomba” (zumba por Zoom); visita a las redes; asalto al refrigerador; videollamadas familiares; preparación de receta vía Facebook Live; lectura de libro; buceo en el cajón de los chocolates; aplauso a la distancia a la banda policial itinerante (con llanto incluido); reiki online; cena; noticias; buenas noches.

A ese cúmulo de actividades le sumo la revisión atenta, cada 10 minutos, del WhatsApp y su entrega a domicilio de extravagancias para comprar, antes ocultas, como arándanos congelados, quesos de cabra griegos, pan de centeno con corteza de semillas de amapola o huevos de chocolate que algún conejo –con permiso de circulación– escondería en los rincones de casa inexplorados, para mi hijo de tres años el Domingo de Pascua, previa lavada de manos.

Eso sí, siempre encuentro momentos para entristecerme. Para llorar mientras corren escenas como la del reportero en Guayaquil que quiebra su voz de dolor sin poder continuar su relato, en tanto la gente saca a sus muertos infectados por las ventanas y una iglesia dobla sus campanas de pena.

Luego recargo mi baja energía emocional vergonzosamente, con memes. Esas caricaturas (disculpen el término arcaico) insolentes, que aparecen con la desgracia y que, junto a tuiteros como @CoronaVid19 (que nos comunica que a él “le gusta conocer a las personas por dentro”), nos recuerdan que nuestra risa a veces le empata a nuestro miedo.

Además, siempre he sido aficionada a la información (toda una “news junkie”), cuidando eso sí de no imitar el trastorno que afecta a ese gran político mirista, inventor del “triple empate”, que –se dice– ve varias pantallas y oye Panamericana simultáneamente para no perderse un noticiero.

Más que nunca, intento estos días no saltarme una sola noticia. De ahí que me enteré de que la marcha feminista del pasado 8M en Madrid, promovida irresponsablemente por la ministra española de Igualad –muy activista ella–, fue un foco de infección. Que en Filipinas, el zafado Presidente ha ordenado “disparar a matar” a quien viole la cuarentena. Que en Nueva Jersey un hombre –acusado de amenaza terrorista– enfrenta una pena de siete años por toser adrede en los alimentos de un supermercado. Que la marca mexicana de cerveza Corona será descoronada por las pérdidas. Y que en Perú el presidente Vizcarra ha dispuesto los permisos de salida a las calles de acuerdo al género, tomando solo en cuenta (¡ay!) a hombres y mujeres, para enojo de los transgéneros, los agéneros, los demigenders y los otros 111 géneros a los que el mandatario dejó sin poder comprar tomates. En fin, si no he escuchado en las noticias a otros gobernantes hablar de los “contagiades”, por qué exigirle coherencia a nuestro vecino peruano. No estamos para ideales sociales y políticos tan exquisitos.   

Bajando yo mis estándares de exquisitez, ya en la política nacional, tiempo he tenido para deglutir las críticas a la candidatura de la presidenta Añez, que tienen más de idealización o molestia, que de cálculo. En el terreno más pragmático, esa candidatura sirve para esta guerra. Por las razones que fueran, esa candidata se esforzará por salir lo mejor parada de esta trágica circunstancia. No puede hacer promesas falsas sobre la adquisición de tests o respiradores, pues los resultados se verán en tres semanas (no en una remota próxima gestión). Sus anuncios no pueden arriesgarse a frustrar. Quien lidera nuestra batalla contra el coronavirus se juega su futuro. Si sale vencedora, será porque el daño –a diferencia de lo que ocurre en España o Italia–, no fue desastroso. Luego podremos no votar por ella. Por ahora, rezo para que su campaña electoral sea exitosa. A eso he llegado en este trance, a desdeñar los motivos enaltecedores y quedarme con los resultados.

No sé cuánto dure la cuarentena, desde la que escribo antes de revisar cómo van las curvas de contagios y muertos en Bolivia y el mundo. Sí sé, volviendo a Camus, que el virus suprimió el porvenir anotado en nuestras agendas.  Como alguien decía, “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Solo ruego que Dios no se ría mucho.

Daniela Murialdo L. es abogada.