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Dos días antes de cumplir 85 años ha muerto el 30 de octubre Marcelo Quezada, un amigo especial desde los primeros años de la década de 1970, en el exilio parisino. En mi memoria se atropellan los momentos compartidos y muchas imágenes.

A mi llegada al exilio en Francia, con una mano adelante y otra atrás, una de las primeras muestras de solidaridad que recibí fue de “Freddy Terrazas”, como se hacía conocer Marcelo entre los exiliados. Freddy me cedió su “chambre de bonne” en la Rue le Verrier, a una cuadra del jardín de Luxemburgo, un bálsamo para vivir. La habitación de “empleada doméstica” era tan pequeña que al abrir la puerta raspaba la esquina de la cama. Tenía lavamanos con agua fría pero el baño y la ducha estaban al final del pasillo. Esa “piole” me hizo sentir ciudadano con derechos, y no me daba ninguna vergüenza invitar allí a mis primeras amigas francesas. Era “mía” porque podía pagar con mi trabajo de pintor de brocha gorda, los 140 Francos del alquiler mensual, casi nada.

Los estudiantes y exiliados bolivianos formamos durante la dictadura de Banzer el Comité Boliviano de Resistencia Antifascista para realizar varias actividades, pero quizás la más constante fue el boletín Resistencia, que llegó hasta el número 16. Al principio era un policopiado artesanal, pero los últimos números los imprimimos en offset, con fotos de nuestros entrevistados: el general Juan José Torres, Juan Lechín, Pipi Sélum… con quienes conversamos cuando estuvieron de paso por París.

Marcelo se percataba de la llegada de bolivianos y arreglaba los encuentros. Me acompañó también cuando filmé a Régis Debray y a Philip Agee para el documental Señores generales, señores coroneles, y para hablar sobre cine con Marcelo Quiroga Santa Cruz en un café cerca de la Sorbonne, en septiembre de 1976, un par de días después de la muerte de Mao.

Su vida casi clandestina en París era un resabio de su accionar urbano durante la guerrilla del Che, cuando era militante de la Juventud Comunista. Luego militó en el PCML boliviano y tuvo entrenamiento militar en China, pero a lo largo de su vida fue evolucionando hacia posiciones anarquistas, estimulado (como yo) por las conversaciones con nuestra querida Desirée Lieven y con Liber Forti durante su estadía en Francia, y lecturas de El viejo topo. Nunca fue un “soldado” a ciegas, no era un burócrata de aparato, pero mantuvo contactos con dirigentes de todos los partidos políticos y estuvo metido en conspiraciones y acciones concretas de las que apenas conocemos algunas. Las más son secretos que se llevó a la tumba.

Marcel, sin la “o” final, como se hizo conocer en años recientes quizás por su afinidad con Francia, era un diestro de la información, estaba al tanto de todo, era un papelómano compulsivo que acumulaba recortes, revistas y documentos, algunos que sólo él podía obtener. Tenía tinta de imprenta en la manos, un oficio típicamente anarquista que desempeñaba con fruición. Solía repartir fotocopias o folletos que él compilaba y producía, no sólo sobre temas bolivianos. Era un agudo conocedor de la coyuntura política internacional y su capacidad de investigador se tradujo en obras significativas como EZLN, la utopía armada (1998), Bolivia-China: desafíos en la nueva era mundial (en co-autoría con Ángel Zaballa y Julio Alvarado), un libro con su entrevista a Régis Debray (2017), y otro en preparación sobre tres mujeres.

El perfil de su figura solitaria era reconocible desde lejos. Caminaba con pasos cortos, sin prisa, con una cachucha y siempre, siempre, con ese maletín en el que llevaba libros, recortes, folletos, y a veces una pequeña botella de licor para compartir. Al abrir su maletín uno podía esperar una sorpresa editorial, que él vendía o generosamente distribuía a los amigos: dossiers de recortes sobre grandes temas, la colección de postales que imprimía a todo color con pensamientos de filósofos, políticos, escritores e incluso futbolistas (Maradona), o el folleto de homenaje a su padre, don Humberto Quezada.

Tuve el privilegio de conocer a don Humberto Quezada y a doña Delia Gambarte, maestros excepcionales como ya no hay en Bolivia. Estuve en su casa en Alto Obrajes, la misma donde falleció Marcelo. Conservo fotos de ambos fechadas el 15 de abril de 1979. A su hermano mayor, Guido, también lo conocí, pero falleció demasiado pronto, la vida no le dio tiempo de vivirla.

Su carácter progresista y su fe libertaria llevaron a Marcelo a confiar durante un corto periodo en Evo Morales, de cuyo gobierno fue embajador en Paraguay. Allí lo visité y supe que pronto iba a tomar distancia de los impostores. Cometió ese y otros errores políticos en su vida, pero siempre fue coherente y honesto en sus convicciones más profundas.

La última vez que me visitó en casa trajo ejemplares de un dossier bien impreso, con tapa en color y papel couché, Los dos franceses (2021): uno que hizo una investigación sobre las conexiones del narcotráfico con el gobierno de Evo Morales (Jean-François Barbieri), y otro que vino de turista y estuvo varios meses limpiando voluntariamente nuestros asquerosos ríos, lo cual lo convirtió en una celebridad (Alexis Dessard). Esa fue la última vez que conversamos.

Los amigos de Marcelo entenderán el título de este texto sin necesidad de explicaciones.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 



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