13/09/2020
La madriguera del tlacuache

En busca de la salteña de mole

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo

Brújula Digital se complace en incorporar, a su equipo de columnistas, a la abogada Daniela Murialdo, que se destaca por su escritura fresca y creativa, además de un enfoque novedoso sobre los temas. ¡Bienvenida!

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Hace unos años leí un libro corto de ensayos escritos por Honoré de Balzac. El libro titula Dime cómo andas, te drogas, vistes y comes… y te diré quién eres. Fue solo el último de esos ensayos (Fisiología gastronómica) el que me llevó a inquirir sobre mi auténtica personalidad.

La primera aproximación a ese análisis introspectivo vendría con la pregunta: “¿Si fueras una cosa, qué cosa serías?”. Mi respuesta llegó de inmediato y sin ninguna duda ontológica: sería una hamburguesa clásica a la parrilla con doble queso (presumo que ustedes que me leen se ven en objetos menos profanos, en una lechuza o la Vía Láctea). Revelación que vino, sin embargo, acompañada de un halo de autoconciencia. Sería una hamburguesa no porque sea yo del gusto de todos los que me rodean (mi carácter fuerte y emocional hace que eso sea imposible), sino porque mi vida ha girado en torno a la comida y al modo casi frenético de acercarme a ella.

Esa obsesión me ha acompañado siempre. Mis padres tuvieron que acudir a un psicólogo infantil a la tercera vez que, a mis ocho meses de nacida, arranqué con mi boca la hoja de una revista cuya ilustración era (esa vez) una manzana. Quizás solo se trataba de la publicidad de algún disco de los Beatles o de un producto electrónico de la entonces recién fundada compañía de Steve Jobs, que no tuvo mejor idea que robarles a los ingleses la imagen de ese fruto, como si no existiesen 500 variedades de fruta. Pero mi antojo a esa corta edad no estaba para la crítica musical ni para la prospectiva tecnológica.

A mis dos años ya estaba a dieta y conocí los dulces mucho tiempo después. Y ahí de vuelta al psicólogo, pues dormí varios días con la primera bolsita de caramelos que me regalaron en la fiesta de algún amiguito. Y como todos somos el resultado de los traumas irresueltos de nuestra infancia, lidié con una adicción a los chocolates que me llevó al hospital –con la vesícula implorando no salirse– hace unos años. Y así como los ludópatas terminan robándoles dinero a sus propios hijos, me vi irrumpiendo los cajones de mi hijo mayor, esperando encontrar alguna golosina.

La comida me hace cometer ciertos pecados que, aunque solo capitales, no merecen indulgencias. Soy, básicamente, una egoísta alimentaria. No me gusta compartir mi comida. Mi plato es mi plato. De ahí que la sentencia de que “una verdadera madre se saca el bocado de la boca para dárselo a sus hijos” me haga cuestionar mis reales virtudes maternales. Tal vez en algún momento de necesidad (extrema) me vea obligada al sacrificio. Hasta que eso ocurra, defenderé, beligerante, el pedazo de queso que me corresponda.

No he tenido muchas parejas en mi vida, pero aquellos con los que he convivido (y convivo) resolvieron intentar una relación conmigo a pesar de verme devorar suculentos platillos en la primera cita. A lo mejor fue que algún gurú, como el que hechizó a Black Jack en la película políticamente incorrecta Amor ciego, los hizo ver solo mi “belleza interior”, sin preocuparse por el espacio que ocuparían los espaguetis en mi cuerpo.

Intento eludir el esnobismo de quienes rehúyen la comida chatarra por un asunto de distinción o clase. Así que igual puedo deleitarme con unas ostras que con unos anticuchos. Eso sí, mi habitual rigidez no tolera las heterodoxias. La hamburguesa es con queso cheddar, pepinillos y salsa kétchup. No con foie gras, champiñones y salsa de vino.

En un encuentro –que lamentablemente tuvo más que ver con mi profesión que con su música– con el “caminante” Pepe Murillo, el compañero eterno del compadre Palenque, aquél me miró y con su sonrisa de siempre me dijo, directo y casquivano como es, que yo era una salteña de mole. Él no lo supo, pero había dado un diagnóstico que ni mi psicoanalista coronó en años de terapia. No solo denunciaba la mezcla de mis culturas (mexicana y boliviana), sino que me convertía en cuestión de segundos, en un comestible.

En mis lecturas, me prendo rápidamente de las referencias culinarias que hacen los narradores. Me quedé oliendo la omelette a las finas hierbas que ordenaba siempre Pereira, el entrañable personaje de Antonio Tabucchi; y salivé con la dieta de buñuelos de mermelada, salchichas y palomitas de maíz del grotesco pero querible Ignatius Reilly, en La conjura de los necios, de ese autor con nombre y apellido de presidente norteamericano (John Kennedy, pero Toole). Y eso que hay novelas que son genuinos libros de cocina, como la emblemática Como agua para chocolate de Laura Esquivel, cuyo realismo mágico se traduce en la cadena de expresiones emocionales que provoca cada plato de comida que disfrutan los protagonistas mientras una revolución ocurre a su alrededor.

Mis bajones de ánimo no dan para profundas depresiones ni menos para autoinflingirme algún daño. Aun así, siempre he pensado que no acudiría ni al cianuro ni a la cuerda. De ser el caso, como que Quintana ganara la presidencia del Estado, reuniría a un grupo de desencantados políticos y gustosos comelones; y como en la película de Marco Ferreri La grande Bouffe(La gran comilona), nos refugiaríamos en algún lugar de Mecapaca o Samaipata para cometer un suicidio gastronómico colectivo. Comeríamos todo lo que alcanzara en esas pocas horas restantes de vida. Sería un innovador “cementerio de elefantes”.

Siempre que las Pititas no estuvieran bloqueando pacíficamente los caminos –intentando lograr que Quintana no se posesionara–, haría llevar a ese nuestro rincón final lo necesario para preparar koko de pollo y mondongo chuquisaqueños; mole poblano y tacos al pastor mexicanos; pupusas y nacatamales hondureños; “completos” (hot dogs, pero muy superiores) chilenos con mucha palta y mayonesa; arepas y sancocho colombianos; morcillas y bifes gauchos; hamburguesas gringas con doble queso; pizza de salamino picante; chocolates, galletas, panqueques. Y prevería que la inyección letal fuera un compuesto de helado de banana con dulce de leche.

Si a último momento algún chasqui llegara con la buena nueva del descubrimiento de un fraude (como el de hace casi un año), y que la presidencia quedara libre de asaltos, mis compañeros y yo estaríamos de vuelta, con muchos kilos encima, pero saciados. Ya Dios encontraría el modo de que le pagáramos por la gula y demás pecados cometidos. Por lo pronto, le pediré perdón por las cuatro salteñas que comí esta mañana. Con harto locoto.

Daniela Murialdo es abogada.