24/10/2019
H Parlante

El paro cardiaco del TSE

Rafael Archondo Q.
Rafael Archondo Q.
A las 19:40 del domingo 20 de octubre reciente, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) sufrió un súbito paro cardiaco. El sitio web administrado por la pandilla de vocales designados por la hoy desvanecida súper mayoría gubernamental, se congeló hasta el día siguiente.
La razón de tal parálisis ha sido al fin nítidamente identificada: el MAS había logrado el peor resultado electoral de su historia desde aquella histórica victoria inaugural suya, allá por diciembre de 2005, mientras la oposición rompía oronda la barrera del 30%, debajo de la cual ha vivido durante estos 14 años. 

No solo se esfumaban los dos tercios azules en el Congreso, sino que también se abrían las puertas para una segunda vuelta en la que Evo carga con todas las posibilidades de perder. Bolivia está formada hoy por una sólida mayoría anti-MAS, hastiada del sectarismo de Evo Morales, del apetito hegemónico de García Linera y de la arrogancia vacía de Juan Ramón Quintana.  El alineamiento de la gente apareció en las urnas de forma ágil, rauda y sorpresiva, así como ocurriera también el 21 de febrero de 2016. En esas circunstancias, el paro cardiaco era apremiante.

Los números fueron claros hasta el minuto en el que el corazón del TSE dejó de emitir señales.  Carlos Mesa había acertado. Tras meses de críticas a su campaña, al final, la gente terminó uniéndose alrededor suyo. Los datos de cada una de las regiones y lugares así lo señalan: Mesa es el único competidor del MAS, nadie más tiene la musculatura para sacar a Evo del Palacio. Las piedritas se colocaron en línea y dimos los saltos necesarios hasta llegar a la otra orilla.

Solo en siete de las 63 circunscripciones uninominales hubo choque entre las dos fuerzas de oposición, es decir, Comunidad Ciudadana (C.C.) y Bolivia Dijo No (BDN). Ocurrió en Santa Cruz y el Beni, los únicos espacios territoriales donde los candidatos de Ortiz entorpecieron el avance de Mesa, con lo cual, además, le dieron el triunfo al MAS, porque allí la oposición votó dividida.

El daño que Oscar Ortiz y la élite cruceña agrupada en “Demócratas” le hizo al plan de lograr la alternancia resultó siendo minúsculo. La gente en Santa Cruz fue más noble e inteligente que Carlos Valverde, José Pomacusi o Emilio Martínez, los directores de orquesta de la campaña oriental contra el candidato de C.C. Los cruceños no les hicieron caso y escalaron a Mesa al primer lugar en el departamento. Pobrecito yerno, don Mauricio Balcázar.

El expresidente y candidato de C.C. es hoy el líder de la Bolivia urbana. Ganó en todas las capitales, con la única excepción de El Alto. En cambio, Evo, el candidato del Secretario General de la OEA, representa ahora solo al voto rural, al que ha mimado de manera golosa en una década y media de entrega de obras municipales de dimensiones paquidérmicas. Estamos hablando de una base de apoyo añeja, pero también clientelar y sujeta a numerosos controles sindicales y corporativos. La pirámide remata en la Casa Grande del Pueblo y pende de la vertical mirada del caudillo subido en su inquieto helicóptero rojo. El MAS ya no rinde siquiera como aparato electoral, le toca depurarse y meditar.

Cuando el TSE volvió a registrar pulsaciones al día siguiente de las elecciones, ya respiraba asistido por la plaza Murillo. En menos de 24 horas, los vocales que han logrado rehabilitar con honores a la “banda de los cuatro” (1989), hicieron desaparecer la segunda vuelta. Monumental acto de magia.

Aunque no sería extraño que el peor desempeño del MAS en su historia de victorias haya alcanzado realmente a rozar el 46% de los votos, el problema es que ahora ya nadie les cree. Los que votaron contra el gobierno han dejado de confiar en las elecciones recientes y ni las lágrimas de María Eugenia Choque podrán ablandar el semblante de una población a la que ya le robaron su voto en 2016. El daño que se hizo el TSE a sí mismo es solo del tamaño de la vergonzante renuncia del vocal Antonio Costas, el fugitivo de la hora nona.

¿Un balance?, ya no importa. Me hubiera gustado seguir pensando por qué Achacachi volvió a votar por el MAS o por qué solo Chulumani se sumó a Mesa en Los Yungas, pero esas cifras no interesan. Lo único que puede sanar esta herida social es una segunda vuelta en diciembre. Si ésta no se realiza, a Evo Morales le espera una gestión como el tercero que encabezó Alberto Fujimori en Perú tras su segunda reelección amañada. Fugarse a una isla fue la solución del peruano-nipón. ¿Harás lo mismo, jefazo?

Rafael Archondo es periodista.