12/09/2020
Otra vuelta

El país que imaginaron

Marco Gandarillas
Marco Gandarillas

Los planes de desarrollo irrumpieron en el siglo XX boliviano como una camisa de fuerza de los potenciales nacionales. Ataron los imaginarios de las élites gobernantes a ideales de país “desarrollado” y “urbanizado”, sostenido por la explotación del mayor número de recursos naturales disponibles.

El primero y más significativo, sin duda, el Plan Bohan (1943) de la misión económica de EEUU. Este plan propuso, entre otras cosas, “estudiar” aspectos de la economía boliviana para potenciar las comunicaciones (caminos y ferrocarriles), expandir y diversificar la producción agrícola, en particualr el desarrollo de productos tropicales para la exportación, y estimular la producción de estaño, tugsteno y otros minerales bolivianos de los mineros pequeños (ya que por entonces dominaban los barones).

El mapa que acompaña a este plan imaginaba al país retaceado en pequeños fragmentos de vocaciones extractivas. Santa Cruz, por ejemplo, se reducia a caña de azucar, algodón, soya, trigo, ganadería, madera y petróleo. Beni a castaña, madera, ganadería y pesca. En síntesis, la diversidad del país acotada a tan solo nueve minerales, 21 cultivos y cinco tipos de ganadería con potencial en los mercados externos.   

En el siglo XXI, estos imaginarios desarrollistas irrumpieron con mucha fuerza de la mano del progresismo del MAS. El primer plan de desarrollo 2006-2010 denominado “Bolivia digna, soberana, productiva y democrática, para Vivir Bien”, que de acuerdo con sus promotores sentaría las bases del “Modelo Económico Social Comunitario” retoma estos planteamientos con un leve giro.

La principal idea económica de este documento es que, hasta entonces, el país había exportado materias primas sin valor agregado, transfiriendo excedentes al exterior. El cambio propuesto consitía en exportar materias primas con mayor valor agregado, controlando y redistribuyendo estatalmente la renta. Un giro de los actores privados al estatal.

La apuesta fue que la renta extractiva se convierta en el pivote de la economía generando efectos benéficos en los demás sectores. A este fin señala: “La generación de rentas estatales de los sectores estratégicos de hidrocarburos, minería, energía eléctrica y ambiental contribuirá a la acumulación interna como soporte del desarrollo de los sectores generadores de empleo e ingresos” (Bolivia, 2006, p. 16).

No se trató, por tanto, de una propuesta alternativa al desarrollo sino de una forma de desarrollo alternativo (Gudynas) que el entonces Vicepresidente de Bolivia definió como “capitalismo andino-amazónico” (Garcia, 2006). Una forma de vestir de poncho a los viejos estilos de desarrollo basados en las materias primas.

La principal diferencia de esta senda con la orientación de la política económica hasta entonces vigente sería este rol estatal en la captura y distribución de la renta. Lo que derivó en que el Estado tendiera a promover mayor extracción y exportación de recursos naturales (empezando por el gas natural) para poder contar con una mayor renta.

Esa pareciera ser la razón profunda por la que constatamos una suerte de paradoja: el ciclo se inicia con mayores ingresos estatales por exportación de gas y desata, a la vez, un crecimiento sostenido de los egresos en inversiones hidrocarburíferas. Una suerte de serpiente comiendo su propia cola.

La consecuencia de esta política fue caer en la trampa de la maldición de la abundancia (Acosta). En el caso boliviano, la ruta fue la siguiente: El Estado pasó a capturar una mayor renta (en 2004 de 3,2 mil millones de bolivianos pasó en 2014 a 52,2 mil millones), para lo que precisó una mayor inversión para aumentar la extracción (YPFB demandó en 2004 de 1,4 mil millones de Bolivianos, en tanto que en 2014, 28,3 mil millones), lo que conllevó una merma de las reservas de hidrocarburos (en 2004 las reservas probadas de gas sumaban 26,75 TCF, en tanto que en 2014 cayeron a 10,43 TCF) que , a su vez, planteó la necesidad de ampliar la exploración (con nuevamente mayor inversión) extendiendo las áreas de interés hidrocarburífera (en 2005 YPFB tenía 256 mil hectáreas en áreas reservadas, en 2015 contaba con 29 millones de hectáreas).

El segundo plan de desarrollo vio la luz en 2016. Fue promulgado con la Ley No 786 del 09/03/2016 bajo el subtítulo de “en el marco del desarrollo integral para vivir bien (2016-2020)”. Ya por entonces el MAS se había rendido al desarrollismo y predicaba la consigna de vencer al extractivismo con aún más extractivismo. 

Es un plan soso, poco ambicioso, formulado por las burocracias. No aspira a ninguna transformación, por el contrario, se limita a una lista de proyectos tirados de los pelos de cada despacho. Cosas en las ya que se estaba despilfarrando la bonanza. 

Aunque se mencionan 13 pilares (que incluyen cuestiones como la recuperación del mar, la alegría y la felicidad) se concreta en un programa de inversiones (prevista de 48.574 millones de dólares)súperconcentrado en 79% en los sectores de hidrocarburos, minería y de construcción de infraestructura energética y caminera.

Fue presentado como la razón por la que Evo debía seguir siendo presidente, pero mostraba justamente lo contrario. Que un gobierno con ideas tan escasas y retrógradas no solo le hacía mal a la democracia, también a la economía. Su actual programa electoral es una copia y pega de lo mismo, del plan y los imaginarios de un país al que sus élites aspiran vender a pedacitos a cambio de divisas.   

Si el plan Bohan concebía una Bolivia retaceada en una multitud de recursos exportables, estos otros, los del progresismo masista, perfilan uno en el que solo caben extractivismos depredadores (Gudynas). Más zonas de hidrocarburos (commodities) y menos país.

Marco Gandarillas es sociólogo.