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Quienes han nacido en las últimas décadas quizás no comprendan el título de este texto. Los que llegamos a escuchar algún sencillo en discos de vinilo, sabemos que su lado A tenía mejor futuro. Que era el de la canción principal, la canción de las giras radiales. Mientras que el lado B escondía la canción secundaria. En esa medida, el lado B, si sobrevivía, era menospreciado.

Aunque nuestras pretensiones intelectuales más íntimas nos fuercen a negarlo, casi todos nuestros gustos tienen un lado B, que no exponemos en tanto nuestras primeras opciones no hayan sido aceptadas por el resto que, además, nos evalúa y estima por estas.

Mis lados B, despojados como están de la melancolía de los lados A, suponen casi su opuesto. 

Por ejemplo, mi película de cabecera es Los puentes de Madison. Cada vez que veo a esa Meryl Streep justificando con dificultad a su errático amante (Clint Eastwood) la “vida de detalles” que lleva junto a su “limpio” marido, se me consume todo el oxígeno y quedo exhausta. Es entonces que me apresuro a buscar el lado B, donde está la comedia romántica inglesa -muy inglesa- Notting Hill. En la que el sexy pero cohibido dueño de una pequeña librería (hacia la que dicho sea de paso, emprendimos una excursión familiar de varias cuadras para terminar topándonos en el preciso lugar, con una tienda de souvenirs, de las que abundan en esa zona de Londres, donde además vivió George Orwell) y su grupo de estrafalarios amigos, me hacen recuperar el aliento, reír y olvidar al fotógrafo de la National Geographic parado bajo la lluvia, esperando que su amada Francesca (Streep) baje por fin la manija a la que se aferra, abra la puerta de su camioneta  y corra hacia él.

En el lado A de mi música se escucha Moonlight Mile de los Rolling Stones. La letra refleja la soledad de Mick Jagger durante una gira a principios de los 70. La melodía acompaña una desesperación que parece avanzar hacia el despeñadero. Aunque en verdad, esa desesperación es una añoranza del hogar. De la vida, no de la muerte. La canción toma gran velocidad y nos va elevando a un clímax que finalmente llega. Como no fumo, siempre necesito un vodka para después. Al día siguiente, es el otro hemisferio de mi cabeza el que exige atención. No escucho ni cumbia ni reguetón, no porque ocasionaría un divorcio (lo que ciertamente ocurriría), ni porque los mandatos cultos me obliguen a escuchar solo música excelsa (lo que no sucede), sino porque no son géneros que puedan acompañar mis faenas un tanto apacibles. Pero disfruto sí, las clases mañaneras de baile, que llegan con una versión salsera de la ya gozosa I want you back de los Jackson 5. Sin esos registros caribeños mi ánimo sería otro. Y mis temores de estos meses habrían conocido ya algún puente.

Siempre recordaré los momentos en que leí Los miserables. Fue como recibir una catequesis novelada, impregnada de poesía y dramaturgia. Todo lo que Victor Hugo pudo brindarnos, nos lo brindó. Sin embargo, si debo regalar un libro, opto por mi Lado B, La conjura de los necios de John Kennedy Toole.  La vida del inadaptado pero entrañable Ignatius J. Reilly, tan grotesco como anacrónico, provoca -si somos pacientes con el personaje- risotadas y gusto por el relato genialmente escrito.

Pienso si esta pandemia no tiene también dos lados que ofrecer a su público. El A, que como Jagger, nos hace transitar por la soledad y la añoranza (pero sin ningún éxtasis esperándonos); y el B, que escarbando el poco optimismo que queda, nos invita a bailar.

Daniela Murialdo es abogada.



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