16/03/2020
Sin Máscaras

¿El coronavirus cambiará la fisonomía del capitalismo?

Gregorio Lanza
Gregorio Lanza

El coronavirus está afectando la vida de millones de personas, sometiéndolas a controles nunca antes vistos, como es el caso de Corea del Sur donde por GPS se vigila la evolución de los infectados por el virus o, peor aún, en Wuhan, China, donde millones de personas vivieron en un virtual estado de sitio. Tampoco hay que olvidarse de la pesadilla que fue la vida en el transatlántico Diamond Princess, en el que varios pasajeros murieron y otros centenares quedaron infectados. Ahora incluso, tras la declaratoria por parte de la OMS de pandemia –virus que afecta al globo, ya está en 140 países y territorios– se suspenden los vuelos intercontinentales. Se prevé posponer los juegos olímpicos previstos para realizarse en Japón y los partidos de fútbol se juegan sin espectadores, los conciertos de música se han cancelado y los gobiernos le piden a la gente quedarse en casa.

De por medio, se lamenta la muerte de miles de personas y el temor que produce ser un número más de los incontables infectados; y lo que es peor, la rapidez con la que se expande el virus que, a pesar de no tener los niveles de mortalidad de otros, como la neumonía o la tuberculosis, siembra el pánico y pone al desnudo la precariedad de los servicios públicos para ofrecer atención a miles de personas al mismo tiempo.

Los impactos en la economía global ya se sienten: las caídas de los mercados, aeropuertos vacíos, líneas aéreas en serias dificultades, exportaciones declinantes. La demanda de petróleo ha caído en un 20% y el precio del barril está a 35 dólares, uno de los niveles más bajos en los últimos años. El FMI ha anunciado su disposición para un respaldo de 50.000 millones de dólares a los países e industrias afectadas, mientras el Banco Mundial y el Banco Europeo analizan cómo ayudar a recuperar la economía mundial.

En lo político, la expansión del virus en Estados Unidos podría tener como resultado la derrota en las elecciones de 2021 del presidente Donald Trump.

En el siglo XIV se produjo en el Viejo Continente la epidemia de la “peste negra” que quitó la vida a cerca de la mitad de la población, especialmente de Europa, lo que produjo cambios sustanciales en las formas de vida, de producción, de gobierno y de control del poder político. La falta de brazos fue un golpe demoledor al sistema feudal, que se basaba en la mano de obra de los siervos, a quienes además se les imponían altos impuestos, por el alquiler de las tierras que eran de propiedad del rey o los señores feudales. Esa situación permitió la rebelión de los vasallos, su tránsito a ser personales libres, el aumento de los salarios, la entrega de la tierra en propiedad y el impulso del comercio y la manufactura, base de la posterior revolución industrial.

Si no de esa magnitud, los impactos del coronavirus podrían llevar al debilitamiento de la globalización, en especial de las grandes empresas transnacionales, y a volver los ojos a economías más locales, que busquen nuevas formas de producción e intercambio con insumos regionales. Ello podría conducir a una nueva ola de inversión en la energía limpia y la producción local de alimentos.

En el caso de Bolivia, el ministro de economía, José Luis Parada, señaló que la situación va a afectar con toda seguridad las previsiones de crecimiento económico.

Y, por otro lado, el coronavirus parece ser el gatillador que vuelve a erizar la precaria convivencia entre bolivianos, erosionada por años de régimen autoritario (y también unas elites opositoras ancladas en el pasado) que ha generado un empoderamiento y faccionalismo que ha destruido la cohesión social, en los que la desconfianza y el temor –que pululan en cada esquina– hacen que se cierre el paso y el derecho a la vida a aquellos contagiados por el virus.

Gregorio Lanza es economista con maestrías en políticas públicas.