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21/05/2023
La madriguera del tlacuache

El amor después del amor

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo

Normalmente no resisto la tentación de contestar esos tests que lo ayudan a uno a  descubrir aspectos que el psicoanálisis no alcanza. Gracias a esos sondeos -que no parecen tener margen de error- sé, por ejemplo, que mi personalidad gastronómica es alemana (si mi juez interior no fuera tan autoritario ni tan estrecho en sus juicios, comería charcutería y tomaría cerveza del desayuno a la cena). En cuanto a lo musical  -según los mismos tanteos-, nací, crecí y resido en Argentina. Y ahí no hay rastro de doble nacionalidad. La banda mexicana Café Tacvba hace que mi nostalgia esté siempre alerta, pero sin importar el lugar ni el momento, el rock argentino (no soy de tangos ni chacareras) produce una diálisis que filtra mis malos pensamientos. Hasta que aparece el siguiente noticiero claro, y todo el optimismo ganado se va al tacho.

Empecé a escuchar a Charly García cuando tenía unos nueve años. Lo internalice sí, mucho después. Serú Girán, Sui Generis... Desde ahí, Charly me ha acompañado como una fortuna inmerecida, pues lo poco que sé de música es el legado de dos matrimonios melómanos, y no de un esfuerzo personal. Aun así, lo busco en todas partes. En una de esas, oí que Clics modernos era el mejor álbum del rock argentino, pero que Piano Bar era el mejor disco de Charly García. Yo me quedo donde está Ojos de video tape.

Además de Charly, me han perseguido Cerati, Aznar, Spinetta, Calamaro y Fito Páez. Descubrí a Fito algo tarde, allá por el 92, pero una vez que lo encontré no lo solté por muchos años. Del 63 es un gran disco, pero el Giros es la joya. Aunque es Ciudad de pobres corazones el que traela canción del quiebre (la canción homónima). Una de esas piezas que se crean en el inframundo, donde las sombras cubren todo menos el dolor. Fito la compuso luego de que unos atracadores (uno de ellos compañero de escuela) entraran a su casa en Rosario -mientras él giraba con Charly en Río de Janeiro- y mataran a su abuela y su tía abuela, quienes lo habían criado y protegido desde que tenía pocos meses de vida, cuando a su madre se la llevaba un cáncer. Esos “pobres corazones” asesinados se llevaron también los latidos de Fito.

Esta historia está muy bien graficada en la reciente miniserie de televisión El amor después del amor, una biopic sobre el rosarino, que lleva el nombre del disco más vendido de la historia de la música popular argentina y que le compuso a Cecilia Roth, su amor después de su otro amor, Fabiana Cantilo.

No toda biografía es publicable; la de Fito Páez lo es. No tanto porque él sea un paradigma musical, sino porque su vida ha estado bordeando un abismo emocional desde que nació. Un abismo creado por otros. Aunque el programa es, sobre todo, un retrato de época que por momentos sobrepasa al protagonista. Se trata de una evocación a los 80, a Baglietto, Moura, Charly o Spinetta; y en la que la dictadura de Videla se asoma en alguna escena como un cameo. Y es que, a diferencia de bandas como Los Prisioneros, en Chile, cuyo canto nace de la protesta, las bandas gauchas de esa época no tenían pretensiones políticas (solo). Fueron la buena continuación de otras como Vox Dei de fines de los 60; o Almendra, Los Gatos o Los Abuelos de la Nada en los 70. A estos ochenteros les tocó convivir con los militares, dedicarles un par de temas y pasar de ellos sin tener que sobrevivir centros clandestinos de exterminio.

Caminé por la serie como si hubiese recorrido una etapa de mi propia vida. Lo canté, reí y lloré todo. Y es que Juan Pablo Kolodziej parece haber asaltado mis playlists antes de producirla. Me fue entregando de a poco pedazos de las canciones que más me han movido siempre. Escuchar Mirta, de regreso; Seminare; o D.L.G. me hizo reconstruir momentos vitales míos. A Fito lo he visto a pocas butacas de distancia en varias ocasiones. Una de ellas, en el Teatro al Aire Libre (que debe de estar buscando nuevo nombre desde que el alcalde paceño anunció que sería techado…), al que entré por una fila preferencial improvisada, pues cargaba una barriga de seis meses de embarazo.

Fito Páez canta mal, pero lo hace con cariño y con compromiso pisciano. Así ha sido desde el inicio. De ahí que lo frustrara tanto el desmandado Sabina, que aparecía al mediodía con su whisky en el estudio de grabación del disco conjunto Enemigos íntimos, cuando Páez llevaba ya encima cinco horas de laburo. La buena discografía de Fito se fue junto con el milenio anterior, pero sus letras y melodías de entonces alcanzarán para este siglo y quizás para algo más.

En los últimos años no escucho más que lo viejo de aquellos músicos argentinos, que hicieron todo lo que estaba bien. Si me pusiera a escribir sobre mis emociones con todos ellos no acabaría nunca. Puedo, sin embargo, contar que estos ocho episodios de El amor después del amor hicieron rebrotar gran parte de esas emociones. Las más edificantes. 

Daniela Murialdo es abogada y escritora 



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