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06/06/2021
La madriguera del tlacuache

¡Con mucho gusto!, hágalo usted

Daniela Murialdo
Daniela Murialdo


Con familia en Canadá y un inglés pobre, fui a estudiar el idioma por unos meses a Toronto. Lo que no me sirvió a corto plazo, pues Goni cayó a las pocas semanas de mi regreso y ya no era necesario entenderle.

El primer día de instituto debí fotocopiar un texto de verbos. Mientras esperaba que el “encargado” tomara el libro -para comenzar su trabajo- le consulté en qué momento debía volver. Respondió que cuando gustara. Fue entonces que me alegré de haber aterrizado en un país que no daba largas y que no practicaba lo que Vargas Llosa llama “el arte de mecer”. Pensé que detrás de alguna pared había diez empleados haciendo su efectiva labor. Dejé el ejemplar sobre el mostrador y le anuncié que regresaría una hora después. Él asintió y al verme salir me alertó de que olvidaba el libro. Con algo de impaciencia -que ningún canadiense merece- repetí que necesitaba fotocopiarlo. El señor -con una paciencia que yo no merecía- insistió en que con mucho gusto, que ahí estaban a mi disposición las máquinas, y que podía fotocopiar lo que quisiera en el instante que lo deseara, solo que, please, antes de las cinco. De ahí, quedaron dos opciones: comer solo sándwiches de mantequilla de maní durante una semana y comprar el texto original, o abandonar el curso. Aunque sentí uno que otro retortijón por el hambre, los sándwiches no estuvieron tan mal.

Hace unos días, con mi esposo y mi hijo mayor tuvimos que hacernos una prueba PCR en Estados Unidos. Si queríamos retornar a casa, debíamos demostrar nuestra negatividad. Lo que a estas alturas, con tanta desgracia, ya no resulta difícil. 

Acostumbrados a las distancias cortas, no imaginamos los cuarenta minutos que  tomaría llegar al estacionamiento en el que estaba instalada la casa rodante que hacía de improvisado laboratorio. Como aquel en el que Walter White y Jesse Pinkman cocinaban la metanfetamina de una pureza química del 99.1%.

Como los norteamericanos, cosa graciosa, se toman en serio la puntualidad, debíamos estar a la hora exacta de la cita. Llegamos derrapando, cuando los agotados especialistas empezaban a sacarse sus disfraces de astronautas que ya comienzan a parecernos overoles de funcionarios callejeros. Mi hijo pequeño se había quedado dormido en el trayecto, así que, aunque ninguno de los dos tiene el carácter para eso, les tocaba a mis compañeros de test rogar para que, pese al corto retraso, nos hicieran el examen, mientras yo cuidaba dentro del taxi al más chiquito. Lo que no conmovió al del laboratorio ambulante, quien, con sus dos metros cuadrados, me esperaba con notoria ansiedad.

Acepté entonces, con los ojos vidriosos llenos de prejuicios, la oferta del chofer venezolano –que como otros venezolanos intenta, pese al excesivo trabajo, recuperar algo de la dignidad perdida por su forzoso autoexilio- de quedarse con nuestro hijo velando su sueño.

Una vez entregado a cada uno su kit, el impaciente laboratorista, formado en West Point, comenzó a vociferar: ¡párense en línea recta!; ¡saquen el hisopo!; ¡introdúzcanlo en la garganta!: ¡que roce paladar y cachetes!; ¡cuento hasta 25!; ¡uno, dos!; ¡hisopo al tubo…! Creímos que después vendrían las polichinelas y que acabaríamos pecho a tierra. Pero por ese día, el entrenamiento había terminado. 

Hay variadas manifestaciones de choques culturales. Algunas agravian, pues ponen en evidencia nuestras inconscientes discapacidades. Tanto al amable canadiense, como al ríspido norteamericano les puse cara de ¡No pensará que yo puedo hacer esto sola! Afortunadamente, ambos prescindieron de mi candor y continuaron con sus cosas. Aún no sé fotocopiar muy bien, pero ya puedo hacerme una PCR hasta con los cotonetes con los que me seco las orejas. 

*Es abogada




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