02/05/2020
Sin Máscaras

Breve descripción del sindicalismo boliviano y sus desafíos

Gregorio Lanza
Gregorio Lanza

El año 1973 conocí a varios dirigentes obreros que, unos desde el exilio, otros clandestinos y los más desde la mina o la fábrica, resistían a la dictadura de Banzer. Filemón Escobar fue mi puerta de entrada a ese mundo. Me acuerdo también de Cirilo Jiménez, un hombre de tez blanca, con un mostacho espectacular, de mirada profunda y una fornida espalda de perforista. De mi relación con los colonizadores de Caranavi tengo recuerdos tenues de Gerardo García, que después llego a ser dirigente del MAS. El año 1978, trabajando en interior mina, conocí a Artemio Camargo, al camba Emil Balcázar, a Ascencio Cruz y en los congresos mineros y de la COB, a muchos otros.

En esa época los dirigentes de la COB no tenían comisión, vivían a salto de mata y tenían que ser radicales para tomar el poder, como se intentó hacer posteriormente durante el gobierno de la UDP.

Después del fracaso del gobierno de Siles, debido a varios factores, entre ellos la existencia de un Parlamento mayoritariamente opositor, la baja de los precios del estaño de cinco a dos dólares la libra fina y ministros mediocres, se desató la hiperinflación. Esta requería de un ajuste, era inevitable, era el agotamiento del modelo estatista. Se aprobó el decreto 21060 que significaba entre otras medidas el despido de miles de trabajadores mineros, la columna vertebral del movimiento obrero.

Desde entonces la COB se debilitó, ya no existía su base material. El retorno de la democracia pactada se viabilizó a través de la reconstrucción de un sistema de pacto (MNR, ADN, MIR). Se cambió la forma de controlar al sindicalismo y al movimiento social; ya no era necesaria la represión sino hacer fluir recursos hacia los dirigentes sindicales; recibían su “cuota” los que ayudaban a “construir gobernabilidad”, cuyo monto variaba según la importancia del sector.

Por otro lado, esos fueron años de maduración y construcción de identidades del movimiento indígena. Aprendí y compartí con Rafael Puente su profundo compromiso con lo étnicocultural. Decenas de dirigentes –de la talla de Juan de la Cruz Wilca– pasaron por ese proceso de formación. Juan de la Cruz ganó la secretaria ejecutiva de la CSUTCB en el congreso de Potosí. Todavía en esa fecha, los asistentes al congreso venían en camiones, a lo mucho en flotas. Se alojaban en parroquias o colegios, dormían en el piso arropados por sus mantas y se conseguían víveres para la olla común.

A partir del año 2000, las movilizaciones aymaras y urbanas, como la “guerra del agua”, inyectaron energía al movimiento social. Allí se conformó un equipo de dirigentes campesinos que hicieron aprobar en un congreso la conformación del instrumento político y un programa de gobierno, que posteriormente se apropió Evo Morales. Así el año 2006 el MAS ganó las elecciones y se fue configurando como partido hegemónico, en realidad una alianza de movimientos sociales, donde cada uno de ellos pedía su cuota de poder (tampoco era algo nuevo, sucedió en 1952 y después con el pacto militar campesino).

Por eso se conformó el CONALCAM donde –en los hechos– la COB se subordinó al movimiento campesinos, cocalero y colonizador, bajo la jefatura de Evo Morales. Cada grupo corporativo recibió su cuota, Ministerio del Agua para los dirigentes de El Alto; Ministerio de Desarrollo Rural primero para los campesinos de oriente, después para los aymaras; Ministerio de obras y ABC para intelectuales del aparato de Linera; Correos para los ponchos rojos; Aduanas para los dirigentes urbanos; embajadas para los de clase media que apoyaron el proceso; YPFB para la cúpula del partido, como caja chica; el programa Evo Cumple y el Fondo Campesino, para manejar a discreción, especialmente en períodos electorales.

Ese proceso terminó por desbordarse con el boom de los precios del gas y los ingresos millonarios al Estado. La corrupción se institucionalizó y llevó al MAS, los sindicatos y movimientos sociales a su periodo de decadencia. Los dirigentes ya no defendían al gremio ni la comunidad; no tenían ideología o valores, solo les interesaba tener poder para enriquecerse.

Pasado el derroche, debido a la caída de los ingresos a partir de 2014, con reservas disminuidas, deuda, déficit fiscal y balanza de pago negativa, y con el impacto social y económico del coronavirus, el sindicalismo tendrá que tener otros actores y otra fisonomía. Ese tipo de organización faccional y de corruptelas ya no existirá más. Les corresponde a ellos y a las futuras generaciones diseñar ese nuevo camino.

Gregorio Lanza es economista con maestrías en políticas públicas.