“Bolivia enfrenta una crisis económica que se caracteriza por la escasez de dólares, la inflación, la falta de combustible y conflictos sociales y políticos. La falta de divisas es la principal causa de la crisis económica. Las reservas nacionales se están agotando debido a la caída de las exportaciones, sobre todo del gas. La inflación ha superado los pronósticos oficiales. El desabastecimiento de combustibles se agudizó en 2024, se incrementó el volumen de importación. Conflictos sociales y políticos: Se registraron 563 en 2024, la mayoría por escasez de dólares y combustibles. Marchas de sectores como transportistas, comerciantes y amas de casa, por el alza de precios de los alimentos, la falta de divisas y combustibles. Bloqueos de caminos, huelgas y enfrentamientos. Riesgos para 2025: Mayor precariedad laboral, desempleo, conflictos políticos y sociales, caída del PIB, inversión y empleo, devaluación de la moneda, incremento de la pobreza”, es lo que dice la Inteligencia Artificial, respecto de la situación actual.
Ciertamente, lo que vivimos hoy no es, ni remotamente, lo esperado para el magno momento del festejo de todo un Bicentenario que debía provocar en nosotros emoción, optimismo, alegría, unidad y la fe en un futuro mejor, aunque, lamentablemente, no es así.
Desde el punto de vista social, tenemos un país dividido -por todo y por nada- y una sensación de inseguridad que va en aumento; en el plano de la política, enfrentamos un preocupante y dramático teatro, por decir lo menos, en el que tampoco hay unidad, ya que todos los actores creen ser los únicos salvadores de la Patria, exponiéndonos a una mayor inestabilidad futura; finalmente, un tema no menor, la economía, siendo que la mayor preocupación de la gente tiene que ver, ahora, con sucesos que afectan directamente a su bolsillo.
En un año donde el 17 de agosto de 2025 se debe celebrar las Elecciones Generales para elegir a los gobernantes del país para los próximos cinco años -Dios quiera que sea así- es casi imposible entender cómo es que hemos podido llegar a semejante complicación en los frentes ya comentados, cuando la mayor preocupación debió haber sido evitarla, así sea por motivos electorales.
A propósito de ello, recuerdo que en julio del 2013, en el “Foro Agroindustrial Productivo: Más inversión, más empleos” llevado a cabo en Santa Cruz de la Sierra, el sector agropecuario, agroindustrial y agroexportador cruceño, y las más representativas autoridades del gobierno nacional, se comprometieron con una visión de país y avizorando el largo plazo, al acople de la Agenda Patriótica 2025 con la Agenda Agroproductiva regional para invertir, producir y exportar más, y, con ello, bajar la pobreza al mínimo y festejar esto en el Bicentenario.
Para lograr tan loable objetivo se fijó como meta al 2025, triplicar la producción de alimentos desde 15 hasta 45 millones de toneladas, de las que 21 millones serían para la exportación con valor agregado, de tal forma que Bolivia no dependa ya del gas natural, sabiendo lo vulnerable que se torna una economía cuando el ingreso de divisas deriva de la explotación y exportación de recursos extractivos, perecederos, no renovables y sin agregación de valor.
La preclara visión del 2013 era convertir al país en un granero en Sudamérica, que Bolivia pasara a ser una gran y competitiva nación agroexportadora bajo la égida de un desarrollo “económicamente viable, ambientalmente sostenible y socialmente responsable”, creando, además, 1.000.000 de nuevos empleos de calidad, dignos y perdurables en el tiempo, esto, con la mira puesta en el Bicentenario.
Para hacer realidad tan hermoso sueño, lo único que pidió entonces el sector productivo fue que el gobierno garantizara las condiciones necesarias para invertir 13.000 millones de dólares hasta el 2025, de los que 10.000 millones se darían en el sector agropecuario y los restantes 3.000 millones en la agroindustria, siempre que hubiera seguridad jurídica (cero avasallamientos y estabilidad de las reglas de juego), seguridad de mercados (libre exportación y combate al contrabando) y la seguridad de contar con buenas políticas públicas (biotecnología, biocombustibles, puertos, logística).
Es triste decirlo, pero, al no darse las condiciones necesarias, no solo que avanzamos poco, sino que, en ciertos casos, retrocedimos.
Sin embargo, como yo no me rindo, viendo el enorme potencial inexplotado en el país, tengo fe que en un día no lejano, con la ayuda de Dios y el esfuerzo agroproductivo y exportador del sector privado, podremos lograr la Bolivia digna y soberana que no se pudo consagrar para el Bicentenario.
Gary Antonio Rodríguez es Economista y Magíster en Comercio Internacional