02/11/2019
Columnista Invitado

¿A dónde conduce la radicalización en la protesta ciudadana?

Henry Oporto
Henry Oporto

Las extraordinarias movilizaciones ciudadanas en las ciudades del país, resistiendo la permanencia de Evo Morales en el poder, constituyen el acontecimiento político más importante desde la instalación de su régimen autocrático. En el país se escenifica una rebelión de las clases medias, y sobre todo de sectores juveniles, reflejada en la intransigente defensa en las calles del voto popular, que pone de manifiesto el despertar de la sociedad civil, por muchos años aletargada y desarticulada. Son hechos políticos y sociológicos trascendentes y con consecuencias de largo plazo para la sociedad boliviana y la política nacional.

Se entiende así que el régimen se halle contra las cuerdas y con su legitimidad cuestionada como nunca antes, con el estupor en los rostros, sin atinar a comprender lo que sucede y cómo reaccionar eficazmente sin ahondar la crisis política que ya se ha instalado y que, a no dudarlo, principia el fin de una etapa política; el fin del evismo como proyecto político dominante. ¿Ello significa la inminencia de su derrota y su caída? Intentemos ver las cosas con objetividad.

El emocionalismo en estado puro

Es verdad que Evo sale maltrecho de la contienda eleccionaria, tanto así que buena parte del país impugna su forzada reelección. No es menos cierto que Bolivia es un país partido en dos bloques más o menos equivalentes, antagónicos y polarizados y en el que cada cual reclama la legitimidad de sus banderas. Evo ha dejado de representar a la mayoría social, pero aún conserva la lealtad de una parte considerable de la población, y el MAS sigue siendo la primera fuerza política. Y si bien su resultado de las urnas es mucho menos de lo que necesitaba para reproducir el gobierno en condiciones de cierta solidez y estabilidad, retiene el control del aparato de Estado y maneja grupos organizados y con gran poder de fuerza y disuasión. En el plano internacional, su posición está más comprometida, pero cuenta con el respaldo de gobiernos aliados y otros poderes importantes.

Habida cuenta este escenario complejo, ¿tiene sentido el rumbo de radicalización que insinúan quienes resisten al gobierno, al pasar de la demanda de “segunda vuelta” a la exigencia de renuncia de Evo y la convocatoria inmediata de nueva elección, desestimando sin más la auditoría de la OEA? Los cabildos del día jueves 31, impresionantes por su concurrencia, han marcado al mismo tiempo un curso de incertidumbre: discursos incendiarios, apoteosis populista de espaldas a la realidad, posturas delirantes como si Bolivia fuese una isla y el mundo no existiera, la impaciencia por resultados inmediatos y definitivos.

El emocionalismo se apodera de las masas y los líderes de las concentraciones, mayormente novicios y de otros nostálgicos de la revolución. Además, con el principal partido opositor (CC), tomando distancia de estos eventos, y la ausencia de la recién creada “Coordinadora de Defensa de la Democracia”, dejando la impresión de una oposición ingobernable, y un vació de liderazgo y conducción política de la movilización social.

Que este proceso de radicalización tome vuelo en el occidente del país, no debe extrañar mucho. Al fin y al cabo, ello está en la memoria histórica de las masas populares de esta región, y que se activa al influjo de una retórica inflamada y cuando cunde la indignación ciudadana. Más sorprendente es ver que eso mismo ocurra en Santa Cruz (epicentro de la resistencia democrática), que tiene otra cultura política, de mayor moderación y con actores locales de contrapeso. Sería hasta cierto punto insólito que la sociedad cruceña, la que más enérgica y consistentemente ha plantado cara al caudillismo autoritario de Evo, se arroje ahora a los brazos de su propio caudillo mesiánico.  

Si la experiencia sirve de referencia, debiéramos recordar que, en 2008, cuando el movimiento autonomista de la “Media Luna” mantenía acorralado al gobierno, la oposición parlamentaria de la época creyó que había llegado la hora de asestarle el tiro de gracia y propició un referendo revocatorio de Evo Morales. Lo que su equívoca valoración política no previó es que Evo podía ganar esa consulta, que efectivamente se dio, con la consecuencia de que allí mismo comenzó la consolidación de su régimen por los siguientes once años.

Que nuestra primavera democrática no sea aplastada

La crisis actual connota una típica situación de empate político: el MAS gana por mayoría simple los comicios, pero sin los votos suficientes y legítimos para retener el gobierno; la oposición, por su parte, representada por Carlos Mesa, tiene la victoria moral de su lado y se ha ganado el derecho (reconocido incluso por la OEA y la Unión Europea) de disputar la segunda vuelta, que puede llevarle a la presidencia, pero que ahora debe pelear en las calles para hacer valer ese derecho. ¿Cómo se sale de una situación así, eludiendo un choque de trenes, y donde oposición lleva más las de perder, pero también el conjunto del país? La salida no puede ser otra que una solución política y pacífica. Por cierto, es la salida que Evo no quiere, pero que tal vez no pueda evitar si las cosas transcurren en una dirección determinada.  

Lo que no se acaba de entender, como está planteado el conflicto actual, es que el camino de la solución política debe contemplar cómo dirimir la cuestión del escrutinio de una manera tal que sea aceptable para las partes y también para la comunidad internacional. De ahí la importancia de la auditoría de la OEA; excluirse de este trabajo y, peor aún, descalificarlo, equivale a dispararse en el pie. Ahora más que nunca es crucial que la lucha democrática de los bolivianos sea reconocida como una causa legítima por gobiernos, organismos y la prensa internacional. 

Desde luego, el régimen apuesta por el desgaste de la resistencia ciudadana, que le facilitaría una solución de fuerza, pero también por la falta de cohesión y liderazgo en las filas opositoras y buscará escalar la violencia para justificar una intervención militar “pacificadora”. Si la movilización ciudadana cae en ese juego, arriesga frustrar la grandiosa acumulación de legitimidad y de poder que ha hecho renacer las esperanzas en un futuro mejor, con democracia, libertad, solidaridad y oportunidades para todos. Los candidatos y partidos de oposición tienen la responsabilidad, con lucidez, coraje y unidad, de viabilizar una salida que abra paso a una transición democrática ordenada y concertada y se evite el camino catastrófico de Venezuela y Nicaragua.

Henry Oporto es sociólogo.