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Mundo | 15/05/2024

|OPINIÓN|Respuesta a “El punto sobre la jota” de Robert Brockmann|Oscar Romero|

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Oscar Romero

Brújula Digital|15|05|24|

Cuando el historiador Robert Brockman escribe en su columna (El punto sobre la jota) que no cree “ni una pizca en las cifras de víctimas que emita la organización terrorista Hamás hasta que sean contabilizadas por entidades independientes”, parece ignorar a propósito que hay numerosas corroboraciones sobre los más de 35.000 civiles fallecidos en Gaza.

La BBC investigó las cifras publicadas oficialmente a través de un extenso trabajo periodístico que incluye análisis de imágenes de satélite, contacto con diversas fuentes, recopilación bibliográfica y entrevistas. También el medio independiente Airwars confirmó la veracidad de la lista publicada por el Ministerio de Salud de Gaza, a pesar de la terrible dificultad que existe para generar estas estadísticas. La OMS y la Human Rights Watch declararon que no tienen razones para no creer en la cifra de decesos en Palestina. Incluso, Barbara Leaf, subsecretaria de Estado para Asuntos del Medio Oriente, explicó que existe la posibilidad que el número de muertes en Gaza sea mayor de la que se dice.

El texto de Robert es una respuesta llena de indignación a la columna “Mi causa palestina”, en la que el escritor Alfonso Gumucio sintetiza ideas clave para entender por qué la ocupación israelí en Palestina es en realidad una expansión violenta e ilegítima. Brockmann abre su columna diciendo “he desarrollado antenas finas para detectar el antisemitismo”, como acusando indirectamente a su rival de tener un prejuicio contra las personas judías.

Pero Gumucio señala varios elementos importantes de la coyuntura israelí que no tienen que ver con el ser judío, como que Israel es el único país de Medio Oriente al que se le permite tener armas nucleares, que bombardean hospitales o que Estados Unidos (a favor de este Estado) vetó en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el ingreso de Palestina como miembro pleno. Brockmann no tiene otra que evadir estos puntos. Es imposible hablar de la brutalidad con la que se atacó al pueblo palestino y, a su vez, defender a Israel. Esta es la razón por la que debe seleccionar minuciosamente sus conversaciones: el único terreno donde podría ganar un debate es en el emocional, desde la historia que el Estado Israelí está en una contienda interminable para defenderse del salvajismo árabe.

Pero incluso en esa retórica existe una disonancia demasiado impactante y terrible. El lado “terrorista” completamente destruido, sin agua potable, con civiles en estado de hambruna, sin medicamentos, atacados por drones, llorando porque sus familiares murieron aplastados, bombardeados o porque recibieron un disparo a quemarropa. Por otra parte, en el lado que se está “defendiendo”, vemos a mujeres soldado israelíes tomándose selfis con ciudades destruidas detrás, a soldados dándose banquetes en zonas bombardeadas, militares jugueteando con la lencería de mujeres palestinas; incluso a israelíes del otro lado de la franja de Gaza sentados en sillas de plástico, viendo caer los misiles y aplaudiendo cuando estos llegan a su objetivo.

No quiero negar ni justificar el angustiante y terrible ataque del 7 de octubre de 2023. Sin embargo, como diría Judith Butler, también hay que entender que este ataque fue un levantamiento armado producto de la subyugación y décadas de desplazamiento y violencia. Existe una dicotomía muy oscura ahí también: si Hamás se levanta en armas, son terroristas; pero si Israel se levanta, es porque se están defendiendo. Si Hamás comete crímenes, las potencias los condenan; pero si Israel hace algo 30 veces peor (en términos de decesos), lo protegen.

Por eso cuando Brockmann habla de antisemitismo en su texto es condescendiente al criticar el de Gumucio y elige de qué escandalizarse. Como cuando este escribe que el territorio fue “mañosamente cedido a judíos errantes”. De esa manera, Robert puede hablar del Holocausto y pintar la imagen de un pueblo israelí siempre herido. Para respaldar esto recurre a decir que Reino Unido no quería entregar el territorio palestino (aunque lo hizo de todas formas y por eso el argumento es irrelevante) o cuando habla que el mandato de la Declaración de Balfour contemplaba la protección de la población árabe cuando esta solo tiene una línea ambigua al respecto que de todas maneras ni se cumplió.

A su vez, cuando Brockmann afirma que Gumucio incurre en falacias cuando este último afirma que “Israel se fue apropiando del territorio mediante guerras sucesivas, arrinconando a los palestinos en el estrecho de Gaza y otros territorios ocupados”, nunca termina de refutar esta declaración y lo único que le queda es realizar acrobacias argumentativas e interpretar el pasado, siempre desde la perspectiva de que Israel solo se defiende de la hostilidad árabe.

Excepto que lo que dice Gumucio es un hecho. Solo hace falta ver cualquier mapa de la expansión israelí. En 1947, la superficie de las primeras colonias judías en el territorio no ocupaba ni el 10% de lo que era Palestina y Jerusalén. Hoy en día tiene una superficie de 22.145 km² (Gaza tiene apenas 365 km²).

¿Cómo lograron una expansión tan gigantesca? Pues gracias al apoyo constante de potencias occidentales como Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, quienes garantizaron sus fronteras, el desplazamiento de la población palestina y la toma de territorios a través de entrenamiento, conocimiento militar, tecnología avanzada y armamento. Brockmann decide obviar que Israel no solo tiene una de las fuerzas militares más poderosas del mundo, sino una de las agencias de espionaje más sofisticadas que existen.

Él usa términos como “la embrionaria Israel” para hablar de 1948 y también lanza ideas como “Israel, siempre en minoría numérica, lanzó un ataque preventivo contra Egipto y Jordania” para referirse a la Guerra de los Seis Días. Pero aquí hay un problema, ¿podría una “embrionaria” Israel vencer a cinco países árabes, prácticamente eliminar la Palestina árabe y desplazar a 900.000 palestinos en 1949? ¿Realmente estaban en “minoría numérica” cuando se enfrentaron de manera directa contra Egipto militarizado para conquistar Cisjordania, causando 10 veces más bajas egipcias que israelíes?

Hablando de Holocausto, Robert habla de un “hogar histórico”, recordando que, hace 2.000 años, existían asentamientos judíos en estas tierras y luego fueron expulsados siglos después por los romanos. Esto se incluye dentro del canon israelí porque de esta manera justifican que esa es la “tierra sagrada” que les confirió Dios. Sobre esto, el ensayista y arqueólogo Mikel Herrán Subiñas recuerda al arqueólogo de origen alemán muy popular en el siglo XX: Gustaf Kossinna, cuyas teorías sirvieron para que el nazismo construyese el imaginario de la cultura aria y la narrativa de que son una cultura (o una raza) que estuvo ahí desde tiempos inmemoriales y que era su derecho legítimo ocupar Europa. De una forma parecida, Israel justifica sus acciones diciendo que los judíos son el pueblo escogido de Dios, aunque solo es una excusa histórica.

Para finalizar su artículo de opinión, Brockmann elige los siguientes versos del cantautor uruguayo Jorge Drexler: “Yo soy un moro judío/ Que vive con los cristianos/ No sé qué dios es el mío/ Ni cuáles son mis hermanos”. Esta decisión en su texto es muy curiosa puesto que la canción también reza: “Y a nadie le di permiso/ Para matar en mi nombre”. Pero, ¿por qué cantar la canción completa cuando puedes tararear una parte?

Oscar Romero es comunicador social.



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