El subsidio es una perversión. Empieza como un acto solidario y termina minando las arcas fiscales y la moral pública. El control de precios es una tarea imposible. Ambos deben ser eliminados.
Brújula Digital|29|11|2025|
Gonzalo Flores
Una vez más los consumidores de pan están en vilo porque no pueden encontrar el pan de sus amores.
¿Qué está ocurriendo, por qué el pan aparece y desaparece de las tiendas de barrio?
Las razones son muy simples. En esencia obedecen a que no se quiere reconocer que el pan es una mercancía como cualquier otra. Los costos totales son diferentes en distintos lugares del país por el precio de los insumos empleados en su producción (harina, manteca, sal, energía, trabajo humano). Por tanto, el precio de venta no debería ser el mismo.
Pero a varios gobiernos se les ha ocurrido que todos debemos tener acceso al mismo tipo de pan y al mismo precio, sin importar dónde estemos. La idea misma es absurda.
Al pretender imponer un precio único uniforme, el gobierno pretende obligar a los productores más eficientes (que tienen los costos más bajos) a igualarse con los ineficientes (que tienen los costos más altos).
También, al querer que haya “el mismo pan para todos”, el gobierno frustra los deseos de los consumidores, que preferirían un pan de mejor calidad y los de aquellos que se contentarían con un pan de menor calidad.
Que yo sepa, nadie ha intentado calcular el cambio en los excedentes del productor y del consumidor, lo que permitiría saber qué grupo gana más (productores o consumidores) y si los ganadores estarían en condiciones de compensar a los perdedores, generando así las condiciones para una optimalidad. Esconder información tiene efectos negativos muy serios.
El control de precios es un esfuerzo en el que han fracasado centenares de gobiernos, en todas partes del mundo. Ni siquiera ejércitos enteros han podido contra la realidad del mercado: los precios deben reflejar la escasez de los bienes.
Para reforzarse, los gobiernos han instalado el subsidio al pan y a la harina. El subsidio tiene una larga historia en Bolivia. Se remonta a las donaciones de harina norteamericana, que llegaron con abundancia en los años de la Revolución Nacional y que fueron finalmente suspendidas en 1994.
Asustado con el alza de precios de alimentos 2008/2009, el gobierno del MAS decidió, en 2011, iniciar el subsidio con la finalidad de evitar el alza del precio del pan y otros derivados de la harina, especialmente a corto plazo. En la práctica, el subsidio se convirtió en política estable de los gobiernos masistas.
Desde el punto de vista financiero, una cosa era tener un pan con bajo precio porque EEUU donaba la harina. Otra cosa es tener un bajo precio, pero subsidiarlo con dinero propio. El segundo caso implica un drenaje creciente. Nunca el costo del subsidio dejó de crecer entre 2011 y 2025.
¿Cuánto dinero ha gastado el MAS en el subsidio a la harina? No hay una fuente confiable, es preciso estimar el monto total gastado. Una estimación moderada indica que ese gasto estuvo entre 2011 y 2025 entre Bs 3 000 y Bs 5 000 millones. Una estimación algo más fuerte señala que podría haber alcanzado Bs 6 000 y hasta Bs 8 000 millones o más. Estamos hablando fácilmente de mil millones de dólares. Ni un centavo de todo ese dinero pertenecía al MAS, ya que el gobierno, por definición, sólo es administrador. El dinero era de los bolivianos.
No se crea que el subsidio llega a todos por igual. El gobierno compra la harina a precios internacionales y la revende en el mercado doméstico a un precio inferior. La diferencia es el subsidio. Por tanto, el gobierno tiene que escoger a quién entregar la harina subsidiada. No puede evitar confeccionar listas de panaderías y establecimientos de transformación, a los que entregará la harina subsidiada en primer lugar. Y ahí el subsidio se mezcla con la corrupción. Los dueños de las panaderías con más contactos en el gobierno son los que tienen más posibilidades de conseguir la harina.
Naturalmente, pagarán el favor recibido. Con la harina a su disposición, podrán elaborar pan para venderlo a precio oficial, pero también venderlo a precio internacional, o reexportarlo, incluso al mismo país de origen, Argentina. De modo que los empresarios del pan son también aliados de la distorsión de precios.
El subsidio es una perversión. Empieza como un acto solidario y termina minando las arcas fiscales y la moral pública. El control de precios es una tarea imposible. Ambos deben ser eliminados. Hacerlo nos evitaría escaseces, paros, amenazas, bloqueos, malestar y un enorme malgasto de dinero, que se podría emplear en otros fines.
Cada panadero debe tener la libertad de decidir qué pan producir y a qué precio ofrecerlo. Los consumidores, con sus compras y abstenciones de compras, decidirán qué panaderías prosperarán y cuáles fracasarán.
En algunas regiones del país, donde no llega la harina subsidiada, la unidad de pan se vende a Bs 1 sin que se presenten los dramas que se puede ver cada día en las ciudades y centros mineros del occidente.
La madre del control de precios y de los subsidios es el intervencionismo, la creencia de que no se puede dejar al mercado que decida los precios y que el Estado, o el gobierno, debe intervenir para “corregir” la situación.
Lo verdadero es lo exactamente opuesto: es mucho mejor dejar al mercado esas decisiones. Muchas empresas fracasarán y perecerán; otras se ampliarán y desarrollarán; los consumidores modificarán sus preferencias. Todas esas señales generarán un conjunto nuevo de alimentos en el mercado, junto con nuevos precios, sin afectar a las arcas públicas.
Esos logros están fuera del alcance de todos los burócratas e inspectores del gobierno y las alcaldías.