02/09/2019
Tinku Verbal

El diario de fuego de un animal

Andrés Gómez V.
Andrés Gómez V.

Escribo hoy porque quiero capturar en la memoria de los animales el fuego prendido por una mano criminal que acaba nuestro hábitat. Los animales también escribimos, más aún en estos momentos trágicos. Tomo la pluma de un ave en días de ecocidio; en días de matanza de la vida vegetal y de especies nuestras; en días de fuego que arrasa en horas lo que la naturaleza tardó en hacer en miles de años; en días de llamas asesinas que achicharran indefensos cuerpos de pájaros, chanchos, caimanes, osos, lagartos. 

¿Qué se podía esperar de los humanos si fueron capaces de esclavizarse y matarse entre ellos? ¿Qué se podía esperar de ellos que son capaces de matar sólo por gusto? Nosotros sólo matamos para comer o para defendernos, y no obligamos a nadie a acelerar su tiempo de vida como los humanos a las gallinas, que tenían un promedio natural de existencia de 7 años y sufrieron la reducción de su reloj biológico a tres meses.  

Estos días fueron de mucho sufrimiento por todo lo que vi en la Amazonia y la Chiquitania y por todas las informaciones que me llegaron. Los humanos creen que nosotros no nos comunicamos, pues, están equivocados. Verbigracia: los cerdos domesticados se comunican a través de señales vocales y olfativas. La madre chancha reconoce los chillidos de sus crías y éstas a sus dos días ya diferencian los gruñidos de su mamá.

Por eso, se me desgarró el alma cuando me enteré, a través de un periodista llamado Pablo Ortiz, cómo el fuego, provocado por los humanos, mató en Ñembi Guasu a una osa bandera y su cría justo en el momento más mágico de la naturaleza: el nacimiento de otro ser. 

Confirmado, el ser humano es el animal más depredador, el único que inventa armas para aniquilar a su semejante y, obviamente, a nosotros. El único que se muere por comer mucho. 

Desde que los humanos pusieron un pie en la tierra, nuestra suerte fue muy desgraciada porque inventaron una actividad criminal llamada caza. 

Aquí van algunas pruebas: Cuando los homo sapiens llegaron hace 16.000 años a América (dice Yuval Noah Harari) en estas tierras había mamuts, mastodontes, roedores inmensos, caballos, camellos, leones gigantes, felinos de dientes de sable, perezosos terrestres gigantes, reptiles, aves.

En 2.000 años, los humanos acabaron casi con todas las especies. Norteamérica tenía 47 géneros de mamíferos grandes, aniquilaron 34. Sudamérica tenía 60, extinguieron 50.  

Procedieron del mismo modo en Australia, hace 45.000 años. Acabaron casi con todos los animales que vivían en paz: canguros de dos metros, leones marsupiales gigantes, koalas inmensas, lagartos con forma de dragón y serpientes de hasta cinco metros. En pocos miles de años, de las 24 especies de animales gigantes que había allá, 23 desaparecieron.    

El día que descubrieron la agricultura y se volvieron sedentarios fue el día que sellaron nuestro infausto destino porque utilizaron el fuego para quemar bosques y pastizales, y sembrar y reproducirse como conejos. 

En aquel entonces, apenas eran cinco millones de homo sapiens que vagaban por el mundo, hoy suman 7.000 millones. Ellos cada día son más y más, y nosotros menos.  

Culparon al cambio climático sin saber que muchos de nuestros antepasados resistieron enfriamientos y calentamientos de la tierra. 

Durante el Holoceno no era tan peligrosa la vida animal. En cambio hoy, en el antroceno, es brutal. El depredador destruye cada día nuestro hábitat a tal punto que ya puso en la lista de defunción anticipada al gorila de montaña (pariente muy cercano de los humanos), al oso polar, al rinoceronte blanco, al elefante, al tigre, al leopardo, al león africano, al oso panda y a otros que no recuerdo en este momento. 

¿Qué se podía esperar del humano que es capaz de incendiar su propia casa para satisfacer su ambición? 

Sin embargo, tengo cierta esperanza en los humanos ecologistas que han logrado movilizar fuerzas naturales, preocupadas de la existencia propia de los mismos humanos, contra la dominación del productivismo salvaje. Ojalá triunfen por su propia salvación.  

Empero, escribo en estos días que anuncian que el reinado humano tiene los años contados porque al aniquilar árboles y a nosotros, los animales, se aniquila él mismo. 

Todo humano debe saber hoy, antes de irse a la cama, que el fuego que incendió el futuro de sus hijos y nietos comenzó estos días y en 50 años habrá consumido toda esperanza.

Bosque agonizante.

Un animal al que los humanos llaman salvaje.

Andrés Gómez Vela es periodista.