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Política | 30/08/2025   02:10

|OPINIÓN|Elecciones nacionales y teorías de conspiración|Pedro Portugal|

La masa vulnerable al elogio engañoso y la promesa fácil es un fenómeno en vías de desaparición. La extravagancia en el proyecto PDC no puede sino favorecer la candidatura de Tuto Quiroga.

El candidato del PDC, Rodrigo Paz, emitiendo su voto en las elecciones del 17 de agosto. Foto APG
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Brújula Digital|30|08|25|

Pedro Portugal 

Steven Novella en su libro Guía del universo para escépticos ofrece una definición de las teorías de conspiración: “…un sistema de creencias que tiene como elemento central la afirmación de que un grupo enormemente poderoso está perpetrando un engaño contra el público para lograr sus propios fines malvados”. 

Bolivia es terreno propicio para ese tipo de teorías, especialmente en el campo político: nos encanta desenmascarar de manera ficticia a los poderosos que engañan y dominan, aun cuando manejar esas conjeturas inhiben y destruyen lo que deberían ser ideas y procesos sociales liberadores. 

En Bolivia las teorías de conspiración son recurso ordinario. El curso de los acontecimientos generalmente las desmiente, pero no elimina la fatalidad de volver a recurrir a ellas. Para varios analistas y comentadores las divisiones al interior al MAS, entre Evo Morales y Luis Arce, era tramoya urdida y destinada a desmovilizar y engañar a la oposición: Esperen –decían– y veremos cómo terminan dándose un abrazo.

Empero, la división entre Evo y Luis se agravó, arrastrando a otros personajes de ese partido en la vorágine de enfrentamiento y difamaciones: Álvaro García Linera, Andrónico Rodríguez, Mariana Prado, Susana Bejarano…, hasta culminar con la participación de varios frentes en las últimas elecciones y su fracaso colectivo en ella. 

¿El apelar a teorías de conspiración será inherente a la clase política criolla en Bolivia? Es su faceta más jocosa en una realidad de diversas manifestaciones. Alguien me refería haber escuchado a Sergio Almaraz declarar en una reunión: la maniobra es dulce. Por la configuración de nuestra estructura social esas taras influyen en el comportamiento de otros estratos: cholos e indios. Reflexión oportuna en momentos en que la incursión en el asunto público de estos dos últimos estratos adquiere relevancia especial.

Indudablemente, el fenómeno Evo Morales es un jalón en el trascurso político en Bolivia, pero no como ruptura o innovación, como algunos lo presentan; sino como exacerbación de prácticas y conductas siempre presentes en nuestra historia. En todo capítulo de nuestra historia estuvo presente la función –en determinados momentos preponderante– de lo indígena.

No tomar en cuenta esa continuidad condujo a considerar el fenómeno del MAS como ruptura e innovación, cuando es continuidad y repetición... con la inédita característica –es cierto– de tener un indígena como Presidente.

Empero, es quizás ahora que se presentan oportunidades creativas y de alteración que corren el riesgo de frustrase por la permanencia de vicios de conducta política, en la que sobresalen el recurrir a estas teorías de conspiración.

En la novedad política –el triunfo en la primera vuelta de Rodrigo Paz y Edman Lara– sobresalieron las famosas teorías como explicación: que el MAS se infiltró en la estructura del PDC, que Edman Lara negoció directamente con Evo Morales, que –a espaldas de Rodrigo– Oscar Eid mercadeó el presente y el futuro del hijo de Jaime Paz…

En realidad, todo lo sucedido puede ser entendido en el marco de las prácticas políticas en Bolivia. Busquemos ahí las razones del triunfo de quien las encuestas presentaban como marginal competidor.

En momentos electorales no importan qué oficina de cualquier partido político se llena de indios y plebeyos que buscan de ser tomados en cuenta. Es expresión de la situación colonial que todavía vivimos. Para la dirigencia de esos partidos ello es “natural” y los integran de manera supletoria y siempre subsidiaria, práctica que solo toma en cuenta la holgura de quienes están al mando y disfrutan de su poder hacia esos “otros”.

Esos grupos políticos se llenan, en esa práctica, de gorrones y sablistas, pero no les interesa: creen que representan “al pueblo” y que de esa manera ganarán. La aproximación conceptual a lo indígena, a lo popular, lo hacen por intermediación de élites que reproducen los discursos de moda. Seguramente Samuel Doria Medina creyó que los indígenas iban a votar por él cuándo anunció que juraría delante de la wiphala en caso de ser elegido presidente: solo se alejó aún más del electorado cruceño.

Otros ni perciben las circunstancias oportunas. Cuando Tuto Quiroga fue candidato a la Presidencia en las elecciones de 2005 escogió como candidata a la vicepresidencia a la presentadora de televisión María René Duchen. Algunos ponderábamos elegiría a la quechua Tomasa Yarhui: Felipe Quispe había marcado con su impronta los acontecimientos de entonces y Evo Morales iniciaba su carrera con apoyo de ONG y de la cooperación internacional. Eran los umbrales de una nueva época y algunos ni se dieron cuenta de ello.

En estas elecciones se repitieron esos desaciertos. La excepción fue el PDC de Rodrigo Paz. Quizás por lucidez, pero seguramente más constreñido por las circunstancias, su candidatura albergó a dos personalidades que trabajaron su triunfo en la primera vuelta: Edman Lara y Edgar Morales. Sin embargo, aun cuando implique éxitos iniciales una integración no razonada ni entendida en márgenes cabales puede también terminar siendo desastrosa. El PDC muestra esa original interacción de lo criollo, con lo cholo y lo indígena que puede llegar a ser paradigmática, pero también señalar la razón de un fiasco final: la vocinglería chola arriesga desacreditar la hegemonía criolla y desleír el aporte indígena.

Lo indígena contemporáneo implica la emergencia de nuevos segmentos y estamentos sociales y también de un nuevo discurso para entender a Bolivia. La masa vulnerable al elogio engañoso y la promesa fácil es un fenómeno en vías de desaparición. La extravagancia en el proyecto PDC no puede sino favorecer la candidatura de Tuto Quiroga.



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